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1984
George Orwell 1903-1950
Primera edición: 1949
1984 es una de
las novelas de Orwell de mayor carga política, una advertencia
contra los peligros de una sociedad totalitaria. Nos presenta un
mundo dividido en tres grandes superpotencias: Oceanía, Eurasia y
Asia Oriental. La primera de ellas comprende América, Australia,
Gran Bretaña y el sur de África. Eurasia es el resultado de la
absorción de Europa por parte de la Unión Soviética. Asia Oriental
comprende China, Japón e Indochina. El resto del planeta padece una
guerra interminable que enfrenta a las tres potencias, en un
cambiable ir y venir de alianzas y quebrantamientos de alianzas. Al
iniciarse la novela, Oceanía está en guerra con Eurasia, siempre ha
estado en guerra con Eurasia, y está aliada con Asia Oriental.
Winston Smith es
un miembro insignificante del partido que gobierna en Londres; todos
sus movimientos son monitorizados por telepantallas. Vaya a donde
vaya, es observado por el omnisciente lider del partido, el Gran
Hermano. El partido está tratando de erradicar cualquier posibilidad
de rebelión política mediante la eliminación del idioma de todas las
palabras que se refieren a ella, y creando una «neolengua»
expurgada. El «crimental» o pensamiento criminal, entendiendo por
tal los pensamientos de rebeldía, es ilegal. Winston, que trabaja en
el Ministerio de la Verdad dedicado a alterar los datos históricos
en beneficio del partido, se siente frustrado y oprimido por las
continuas prohibiciones relativas al pensamiento libre, el sexo y la
individualidad. Compra ilegalmente un diario para anotar en él sus
pensamientos, y se pasa las veladas errando por las zonas pobres
donde viven los «proles», relativamente libres de la monitorización.
Inicia una aventura ilícita con Julia, una empleada y compañera del
partido, pero los dos son descubiertos por un espía del partido y,
en la Habitación 101, Winston se enfrenta a su peor temor: debe
renunciar a Julia para recuperar la libertad, y lo hará con el
espíritu roto y con una completa sumisión al partido.
En 1949, en los
inicios de la era atómica y antes de que la televisión se
popularizara, el universo monitorizado creado por Orwell a tan corta
distancia en el futuro era aterrador. Estamos ante una novela
importante no solo por su advertencia contra una autoridad abusiva
-y su irónica contribución a la televisión actual-, sino por sus
intuiciones sobre la manipulación del lenguaje, la historia y la
psicología del control y del miedo, cuestiones estas aún más
pertinentes hoy que cuando Orwell la escribió.
1984 - Fragmento
Era un día
luminoso y frío de abril y los relojes daban las trece. Winston
Smith, con la barbilla clavada en el pecho en su esfuerzo por
burlar el molestísimo viento, se deslizó rápidamente por entre
las puertas de cristal de las Casas de la Victoria, aunque no
con la suficiente rapidez para evitar que una ráfaga polvorien-ta
se colara con él.
El vestíbulo
olía a legumbres cocidas y a esteras viejas. Al fondo, un cartel
de colores, demasiado grande para hallarse en un interior,
estaba pegado a la pared. Representaba sólo un enorme rostro de
más de un metro de anchura: la cara de un hombre de unos
cuarenta y cinco años con un gran bigote negro y facciones
hermosas y endurecidas. Winston se dirigió hacia las escaleras.
Era inútil intentar subir en el ascensor. No funcionaba con
frecuencia y en esta época la corriente se cortaba durante las
horas de día. Esto era parte de las restricciones con que se
preparaba la Semana del Odio. Winston tenía que subir a un
séptimo piso. Con sus treinta y nueve años y una úlcera de
várices por encima del tobillo derecho, subió lentamente,
descansando varias veces. En cada descansillo, frente a la
puerta del ascensor, el cartelón del enorme rostro miraba desde
el muro. Era uno de esos dibujos realizados de tal manera que
los ojos le siguen a uno adonde-quiera que esté. EL GRAN HERMANO
TE VIGILA, decían las palabras al pie.
Dentro del
piso una voz llena leía una lista de números que tenían algo que
ver con la producción de lingotes de hierro. La voz salía de una
placa oblonga de metal, una especie de espejo empañado, que
formaba parte de la superficie de la pared situada a la derecha.
Winston hizo funcionar su regulador y la voz dismi-nuyó de
volumen aunque las palabras seguían distinguiéndose. El
instrumento (llamado telepantalla) podía ser amortiguado, pero
no había manera de cerrarlo del todo. Winston fue hacia la
ventana: una figura pequeña y frágil cuya delgadez resultaba
realzada por el «mono» azul, uniforme del Partido. Tenía el
cabello muy rubio, una cara sanguínea y la piel embastecida por
un jabón malo, las romas hojas de afeitar y el frío de un
invierno que acababa de terminar.
Afuera,
incluso a través de los ventanales cerrados, el mundo parecía
frío. Calle abajo se formaban pe-queños torbellinos de viento y
polvo; los papeles rotos subían en espirales y, aunque el sol
lucía y el cielo estaba intensamente azul, nada parecía tener
color a no ser los carteles pegados por todas partes. La cara de
los bigotes negros miraba desde todas las esquinas que dominaban
la circulación. En la casa de enfrente había uno de estos
cartelones. EL GRAN HERMANO TE VIGILA, decían las grandes
letras, mientras los sombríos ojos miraban fijamente a los de
Winston. En la calle, en línea vertical con aquél, había otro
cartel roto por un pico, que flameaba espasmódicamente azotado
por el viento, descubriendo y cubriendo alternativamente una
sola palabra: INGSOC. A lo lejos, un autogiro pasaba entre los
tejados, se quedaba un instante colgado en el aire y luego se
lanzaba otra vez en un vuelo curvo. Era de la patrulla de
policía encargada de vigilar a la gente a través de los balcones
y ventanas. Sin embargo, las patrullas eran lo de menos. Lo que
importaba verdaderamente era la Polilla del Pensamiento.
A la espalda
de Winston, la voz de la telepantalla seguía murmurando datos
sobre el hierro y el cumpli-miento del noveno Plan Trienal. La
telepantalla recibía y transmitía simultáneamente. Cualquier
sonido que hiciera Winston superior a un susurro, era captado
por el aparato. Además, mientras permaneciera dentro del radio
de visión de la placa de metal, podía ser visto a la vez que
oído. Por supuesto, no había manera de saber si le contemplaban
a uno en un momento dado. Lo único posible era figurarse la
frecuencia y el plan que empleaba la Policía del Pensamiento
para controlar un hilo privado. Incluso se concebía que los
vigilaran a todos a la vez. Pero, desde luego, podían intervenir
su línea de usted cada vez que se les antojara. Te-nía usted que
vivir -y en esto el hábito se convertía en un instinto- con la
seguridad de que cualquier sonido emitido por usted sería
registrado y escuchado por alguien y que, excepto en la
oscuridad, todos sus movimientos serían observados.
Winston se
mantuvo de espaldas a la telepantalla. Así era más seguro;
aunque, como él sabía muy bien, incluso una espalda podía ser
reveladora. A un kilómetro de distancia, el Ministerio de la
Verdad, donde trabajaba Winston; se elevaba inmenso y blanco
sobre el sombrío paisaje. «Esto es Londres», pensó con una
sensación vaga de disgusto; Londres, principal ciudad de la
Franja aérea 1, que era a su vez la tercera de las provincias
más pobladas de Oceanía. Trató de exprimirse de la memoria algún
recuerdo infantil que le dijera si Londres había sido siempre
así. ¿Hubo siempre estas vistas de decrépitas casas
decimonónicas, con los costados revestidos de madera, las
ventanas tapadas con cartón, los techos remendados con planchas
de cinc acanalado y trozos sueltos de tapias de antiguos
jardines? ¿Y los lugares bombardeados, cuyos restos de yeso y
cemento revoloteaban pulverizados en el aire, y el césped
amontonado, y los lugares donde las bombas habían abierto claros
de mayor extensión y habían surgido en ellos sórdidas colonias
de chozas de madera que parecían gallineros? Pero era inútil, no
podía recordar: nada le quedaba de su infancia excepto una serie
de cuadros brillantemente iluminados y sin fondo, que en su
mayoría le resultaban ininteli-gibles.
El
Ministerio de la Verdad -que en neolengua se le llamaba el
Miniver- era diferente, hasta un extremo asombroso, de cualquier
otro objeto que se presentara a la vista. Era una enorme
estructura piramidal de cemento armado blanco y reluciente, que
se elevaba, terraza tras terraza, a unos trescientos metros de
altu-ra. Desde donde Winston se hallaba, podían leerse,
adheridas sobre su blanca fachada en letras de elegante forma,
las tres consignas del Partido:
LA GUERRA ES
LA PAZ
LA LIBERTAD ES LA ESCLAVITUD
LA IGNORANCIA ES LA FUERZA
Se decía que
el Ministerio de la Verdad tenía tres mil habitaciones sobre el
nivel del suelo y las corres-pondientes ramificaciones en el
subsuelo. En Londres sólo había otros tres edificios del mismo
aspecto y tamaño. Éstos aplastaban de tal manera la arquitectura
de los alrededores que desde el techo de las Casas de la
Victoria se podían distinguir, a la vez, los cuatro edificios.
En ellos estaban instalados los cuatro Ministerios entre los
cuales se dividía todo el sistema gubernamental. El Ministerio
de la Verdad, que se dedicaba a las noticias, a los
espectáculos, la educación y las bellas artes. El Ministerio de
la Paz, para los asuntos de guerra. El Ministerio del Amor,
encargado de mantener la ley y el orden. Y el Ministerio de la
Abundancia, al que correspondían los asuntos económicos. Sus
nombres, en neolengua: Miniser, Minipax, Minimor y Minindancia.
El
Ministerio del Amor era terrorífico. No tenía ventanas en
absoluto. Winston nunca había estado dentro del Minimor, ni
siquiera se había acercado a medio kilómetro de él. Era
imposible entrar allí a no ser por un asunto oficial y en ese
caso había que pasar por un laberinto de caminos rodeados de
alambre espinoso, puertas de acero y ocultos nidos de
ametralladoras. Incluso las calles que conducían a sus salidas
extremas, estaban muy vigiladas por guardias, con caras de
gorila y uniformes negros, armados con porras.
Winston se
volvió de pronto. Había adquirido su rostro instantáneamente la
expresión de tranquilo opti-mismo que era prudente llevar al
enfrentarse con la telepantalla. Cruzó la habitación hacia la
diminuta cocina. Por haber salido del Ministerio a esta hora
tuvo que renunciar a almorzar en la cantina y en seguida
comprobó que no le quedaban víveres en la cocina a no ser un
mendrugo de pan muy oscuro que debía guardar para el desayuno
del día siguiente. Tomó de un estante una botella de un líquido
incoloro con una sencilla etiqueta que decía: Ginebra de la
Victoria. Aquello olía a medicina, algo así como el espíritu de
arroz chino. Winston se sirvió una tacita, se preparó los
nervios para el choque, y se lo tragó de un golpe como si se lo
hubieran recetado.
Al momento,
se le volvió roja la cara y los ojos empezaron a llorarle. Este
líquido era como ácido nítrico; además, al tragarlo, se tenía la
misma sensación que si le dieran a uno un golpe en la nuca con
una porra de goma. Sin embargo, unos segundos después,
desaparecía la incandescencia del vientre y el mundo empezaba a
resultar más alegre. Winston sacó un cigarrillo de una cajetilla
sobre la cual se leía: Cigarrillos de la Victoria, y como lo
tenía cogido verticalmente por distracción, se le vació en el
suelo. Con el próximo pitillo tuvo ya cuidado y el tabaco no se
salió. Volvió al cuarto de estar y se sentó ante una mesita
situada a la izquierda de la telepantalla. Del cajón sacó un
portaplumas, un tintero y un grueso libro en blanco de tamaño
in-quarto, con el lomo rojo y cuyas tapas de cartón imitaban el
mármol....


Eric Arthur
Blair, conocido como George Orwell, nació en 1903 en Montihari,
India. Hijo de un funcionario del gobierno imperial británico, fue
enviado a Inglaterra, donde su madre, de origen anglofrancés,
estimula su afición a la literatura. A los cinco años compone un
poema. Tras su paso por la escuela de St. Cyprien obtiene una beca
para estudiar en el colegio de Eton, en el que Aldous Huxley fue su
profesor de francés durante un curso. Su origen humilde le granjea
problemas en ambos centros, siempre en el punto de mira de sus
compañeros más clasistas: es su primer contacto con la lucha de
clases. Renuncia a seguir estudios universitarios y en 1922 se
enrola en la Policía Imperial, a la que sirve en Birmania durante
cinco años. Su renuncia a la Policía va acompañada por otra doble
renuncia: a su nombre que pasará a ser George Orwell; George, por
San Jorge, patrón de Inglaterra; Orwell, por un río que conoció en
su infancia, y a su clase social: pasa diez años al borde de la
indigencia, alternando la escritura con la vida entre las clases más
humildes.
Tras contraer
matrimonio con Eileen O'Shaughnessy, viaja a España. Lo hace como
periodista pero se afilia a una milicia del POUM, el Partido Obrero
de Unificación Marxista de Andreu Nin y Joaquín Maurín, de raíz
trotskista. El libro resultante, Homenaje a Cataluña. Herido en el
frente, Orwell regresa a Barcelona. Durante su convalecencia,
presencia un conato de guerra civil dentro de la guerra civil. Los
enfrentamientos armados entre el ejército regular republicano y las
milicias anarquista-trotskistas dan lugar a una auténtica purga y
conllevan el desarme de las milicias. Las convicciones de Orwell
sufren un duro revés. El comunismo ortodoxo, según él, es otra forma
de dictadura equiparable al nazismo, dos caras de una misma moneda
que no hacen sino despojar a las clases trabajadoras. La
manipulación informativa y propagandística puede obviar los hechos
de Barcelona como si no hubiesen existido. Nada diferencia al
capitalismo del fascismo del estalinismo.
Cuando fallece Eileen, su mujer en 1945, y sus
problemas de tuberculosis se acentúan, postrándolo en hospitales,
acomete su obra más conocida, su testamento literario, la novela que
ha marcado el devenir de la literatura fantástica de carácter
político en la segunda mitad del siglo XX: 1984. Tras su publicación
en 1949, Orwell entra en estado terminal. Fallece el 21 de enero de
1950, recién desposado con Sonia Brownel. Orwell ya había dicho
cuanto tenía que decir.
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