|
Alicia en el
País de las Maravillas
Lewis Carroll 1832-1898
Título original: Alice's Adventures in Wonderland

Libro clave de
la literatura no sólo infantil sino también para adultos, pues según
Carroll, para entrar en el terreno de la fantasía y el ingenio, no
existe distinción de edades. La historia comienza con la imagen de
una niña de siete años llamada Alicia, sentada en un banco al aire
libre aburrida junto a su hermana. Repentinamente, aparece junto a
ella un conejo blanco, vestido de chaqueta, que corre murmurando que
llega tarde, mirando su reloj de bolsillo. Alicia se interesa por él
y decide seguirlo e incluso entrar a su madriguera, por donde cae
durante mucho tiempo recordando cosas que aprende en su escuela y
preguntándose si algún día llegará al suelo. Tras hacerlo, entra en
un mundo de absurdos y paradojas lógicas. Se encuentra con una
pequeña botella, la primera de varias que encontraría en su
aventura, que sólo dice «Bébeme», lo que Alicia hace atraída por la
curiosidad. Después de crecer varios metros por efecto de la poción
comienza a llorar de desesperación, y sus lágrimas inundan toda la
habitación donde se encuentra. Consigue otra botella que la encoje
hasta menos de su tamaño habitual, y así nada en sus propias
lágrimas a través de una pequeña puerta para salir de la habitación
y llegar al exterior. Aquí se encuentra con animales que están a la
intemperie en el mar que han creado las lágrimas de Alicia.
Su aventura continúa con más extraños sucesos:
queda atrapada en la casa del conejo; conoce a un bebé que llora
constantemente y que de pronto se convierte en un cerdo; ve, entre
el follaje de un árbol, la sonrisa que desaparece de un extraño
gato. Se encuentra con personajes que la felicitan por ser éste el
día de su no-cumpleaños, el Ratón que chapotea en el «Charco de
Lágrimas», cuyo relato se representa tipográficamente en forma de
sinuosa cola, la Oruga que fuma en narguile, la horripilante
duquesa, que acuna a un cerdo, la desesperante sonrisa del Gato de
Cheshire, el Sombrerero Loco y la Liebre de Marzo, que beben té y
meten al lirón en una tetera y la lastimera Falsa Tortuga, que le
enseña el Baile de las Langostas. Finalmente llega a la corte de la
Reina de Corazones, que la juzga por haber robado algunas tartas, y
por ello insiste en que cuando sea declarada culpable se le corte la
cabeza. Cuando el juicio llega a su fin la corte entera se sume en
un gran desorden y en el punto más alto de la historia, Alicia
despierta confundida bajo un árbol, junto a su hermana: todo se
trataba de un sueño. Siempre en su papel de remilgada ingenua,
Alicia intenta enfrentarse a la locura con la lógica, en una
historia que critica con amabilidad el poco comprensivo puritanismo
de la educación burguesa victoriana. Hay que leer el libro con las
ilustraciones originales de Tenniel. Alicia puede que sea un viaje
refinado, radicalmente inglés, aun país onírico, pero no carece de
lado oscuro.

Alicia en el
País de las Maravillas - Fragmento
- Léelo, ordenó
el Rey al Conejo Blanco. El Conejo Blanco se puso las gafas.
- ¡Por dónde debo empezar, con la venia de Su Majestad?, preguntó.
- Empieza por el principio, dijo el Rey con gravedad, y sigue hasta
llegar al final; allí te paras. Se hizo un silencio de muerte en la
sala, mientras el Conejo Blanco leía los siguientes versos:
Dijeron que fuiste a verla
y que a él le hablaste de mí:
ella aprobó mi carácter
y yo a nadar no aprendí.
Él
dijo que yo no era
(bien sabemos que es verdad):
pero si ella insistiera
¿qué te podría pasar?
Yo
di una, ellos dos,
tú nos diste tres o más,
todas volvieron a ti, y eran
mías tiempo atrás.
Si
ella o yo tal vez nos vemos
mezclados en este lío,
él espera tú los libres
y sean como al principio.
Me
parece que tú fuiste
(antes del ataque de ella),
entre él, y yo y aquello
un motivo de querella.
No
dejes que él sepa nunca
que ella los quería más,
pues debe ser un secreto
y entre tú y yo ha de quedar.
- ¡Ésta es la
prueba más importante que hemos obtenido hasta ahora! --dijo el Rey,
frotándose las manos--. Así pues, que el jurado proceda a...
- Si alguno de vosotros es capaz de explicarme este galimatías, dijo
Alicia (había crecido tanto en los últimos minutos que no le daba
ningún miedo interrumpir al Rey), le doy seis peniques.
- Yo estoy convencida de que estos versos no tienen pies ni cabeza.
Todos los miembros del jurado escribieron en sus pizarras: «Ella
está convencida de que estos versos no tienen pies ni cabeza», pero
ninguno de ellos se atrevió a explicar el contenido del escrito.
- Si el poema no tiene sentido, dijo el Rey, eso nos evitará muchas
complicaciones, porque no tendremos que buscárselo. Y, sin embargo,
siguió, apoyando el papel sobre sus rodillas y mirándolo con ojos
entornados, me parece que yo veo algún significado... Y yo a nadar
no aprendi... Tú no sabes nadar, ¿o sí sabes? añadió, dirigiéndose
al Valet.
El Valet sacudió
tristemente la cabeza.
-¿Tengo yo aspecto de saber nadar?, dijo.
(Desde luego no lo tenía, ya que estaba hecho enteramente de
cartón.)
- Hasta aquí
todo encaja, observó el Rey, y siguió murmurando para sí mientras
examinaba los versos: Bien sabemos que es verdad... Evidentemente se
refiere al jurado... Pero si ella insistiera... Tiene que ser la
Reina... ¿Qué te podria pasar?... ¿Qué, en efecto? Yo di una, ellos
dos... Vaya, esto debe ser lo que él hizo con las tartas...
- Pero después sigue todas volvieron a ti, observó Alicia.
-Claro, y aquí están! exclamó triunfalmente el Rey, señalando las
tartas que había sobre la mesa. Está más claro que el agua. Y más
adelante... Antes del ataque de ella... ¿Tú nunca tienes ataques,
verdad, querida?, le dijo a la Reina.
- ¡Nunca!, rugió la Reina furiosa, arrojando un tintero contra la
pobre Lagartija.
(La infeliz Lagartija había renunciado ya a escribir en su pizarra
con el dedo, porque se dio cuenta de que no dejaba marca, pero ahora
se apresuró a empezar de nuevo, aprovechando la tinta que le caía
chorreando por la cara, todo el rato que pudo.)
- Entonces las
palabras del verso no pueden atacarte a ti, dijo el Rey, mirando a
su alrededor con una sonrisa.
Había un silencio de muerte.
- ¡Es un juego
de palabras!, tuvo que explicar el Rey con acritud.
Y ahora todos rieron.
- ¡Que el jurado considere su veredicto!, ordenó el Rey, por
centésima vez aquel día.
- ¡No! ¡No!, protestó la Reina. Primero la sentencia... El veredicto
después.
- ¡Valiente idiotez!, xclamó Alicia alzando la voz. ¡Qué ocurrencia
pedir la sentencia primero!
- ¡Cállate la boca!, gritó la Reina, poniéndose color púrpura.
- ¡No quiero!, dijo Alicia.
- ¡Que le corten la cabeza!, chilló la Reina a grito pelado.
Nadie se movió.
- ¡Quién le va a hacer caso?,dijo Alicia (al llegar a este momento
ya había crecido hasta su estatura normal. ¡No sois todos más que
una baraja de cartas!
Al oír esto la baraja se elevó por los aires y se precipitó en
picada contra ella. Alicia dio un pequeño grito, mitad de miedo y
mitad de enfado, e intentó sacárselos de encima... Y se encontró
tumbada en la ribera, con la cabeza apoyada en la falda de su
hermana, que le estaba quitando cariñosamente de la cara unas hojas
secas que habían caído desde los árboles.
- ¡Despierta ya,
Alicia!, le dijo su hermana. ¡Cuánto rato has dormido!
- ¡Oh, he tenido un sueño tan extraño!, dijo Alicia.
Y le contó a su hermana, tan bien como sus recuerdos lo permitían,
todas las sorprendentes aventuras que hemos estado leyendo. Y,
cuando hubo terminado, su hermana le dio un beso y le dijo:
- Realmente, ha sido un sueño extraño, cariño. Pero ahora corre a
merendar. Se está haciendo tarde.
Así pues, Alicia
se levantó y se alejó corriendo de allí, y mientras corría no dejó
de pensar en el maravilloso sueño que había tenido. Pero su hermana
siguió sentada allí, tal como Alicia la había dejado, la cabeza
apoyada en una mano, viendo cómo se ponía el sol y pensando en la
pequeña Alicia y en sus maravillosas aventuras. Hasta que también
ella empezó a soñar a su vez, y éste fue su sueño:
Primero, soñó en la propia Alicia, y le pareció sentir de nuevo las
manos de la niña apoyadas en sus rodillas y ver sus ojos brillantes
y curiosos fijos en ella. Oía todos los tonos de su voz y veía el
gesto con que apartaba los cabellos que siempre le caían delante de
los ojos. Y mientras los oía, o imaginaba que los oía, el espacio
que la rodeaba cobró vida y se pobló con los extraños personajes del
sueño de su hermana.
La alta hierba
se agitó a sus pies cuando pasó corriendo el Conejo Blanco; el
asustado Ratón chapoteó en un estanque cercano; pudo oír el tintineo
de las tazas de porcelana mientras la Liebre de Marzo y sus amigos
proseguían aquella merienda interminable, y la penetrante voz de la
Reina ordenando que se cortara la cabeza a sus invitados; de nuevo
el bebé-cerdito estornudó en brazos de la Duquesa, mientras platos y
fuentes se estrellaban a su alrededor; de nuevo se llenó el aire con
los graznidos del Grifo, el chirriar de la tiza de la Lagartija y
los aplausos de los «reprimidos» conejillos de indias, mezclado todo
con el distante sollozar de la Falsa Tortuga.
La hermana de
Alicia estaba sentada allí, con los ojos cerrados, y casi creyó
encontrarse ella también en el País de las Maravillas. Pero sabía
que le bastaba volver a abrir los ojos para encontrarse de golpe en
la aburrida realidad. La hierba sería sólo agitada por el viento, y
el chapoteo del estanque se debería al temblor de las cañas que
crecían en él. El tintineo de las tazas de té se transformaría en el
resonar de unos cencerros, y la penetrante voz de la Reina en los
gritos de un pastor. Y los estornudos del bebé, los graznidos del
Grifo, y todos los otros ruidos misteriosos, se transformarían (ella
lo sabía) en el confuso rumor que llegaba desde una granja vecina,
mientras el lejano balar de los rebaños sustituía los sollozos de la
Falsa Tortuga.
Por último, imaginó cómo
sería, en el futuro, esta pequeña hermana suya, cómo sería Alicia
cuando se convirtiera en una mujer. Y pensó que Alicia conservaría,
a lo largo de los años, el mismo corazón sencillo y entusiasta de su
niñez, y que reuniría a su alrededor a otros chiquillos, y haría
brillar los ojos de los pequeños al contarles un cuento extraño,
quizás este mismo sueño del País de las Maravillas que había tenido
años atrás; y que Alicia sentiría las pequeñas tristezas y se
alegraría con los ingenuos goces de los chiquillos, recordando su
propia infancia y los felices días del verano.
Lewis Carroll 1832-1898
- Charles Lutwidge Dodgson -
Carroll nació en
Daresbury, Cheshire, el 27 de enero de 1832, y estudió en Rugby y en
Christ Church, Oxford. Fue profesor de la Universidad de Oxford
durante casi 50 años, así como reconocido poeta, fotógrafo
aficionado y apasionado de las matemáticas, además de padre de 11
hijos y conocido principalmente por su inmortal creación Alicia en
el país de las maravillas. El excéntrico profesor Charles L. Dogson,
que redactaba complicados manuales científicos, también formulaba
divertidos enigmas, adivinanzas y poesías absurdas. De este modo, el
científico se alejaba de la seriedad de sus clases en la Universidad
de Oxford y se entregaba a la fantástica aventura de lo imposible.
El 4 de julio de 1862,
Carroll y el reverendo Robinson Duckworth, amigo y compañero suyo en
el Trinity College de Oxford, llevaron a las tres hermanas Liddell,
hijas del decano, Henry George Liddell, también amigo suyo, a una
excursión en barca por el Támesis. Las niñas le pidieron que les
contara un cuento, y el poeta empezó a contar: jugaba con las
palabras, con las canciones populares inglesas, con las frases
hechas, con las imágenes y los sonidos, hasta llegar al máximo de
comicidad y absurdo. Así nació Alicia, bautizada con el nombre de
una de ellas, Alice, de 10 años. Tanto divertió el cuento a las tres
niñas, que no paraban de pedir que lo volviera a contar una y otra
vez. Por fin acabó escribiéndolo para Alice Liddell, -fue su regalo
de Navidad para ella- pero no se atrevió a firmarlo con su nombre, y
utilizó el seudónimo de "Lewis Carroll". El sorprendente viaje de la
joven Alicia se desenvuelve entre misterios incomprensibles,
adivinanzas absurdas e historias interminables. Carroll murió en
Guilford, Surrey, el 14 de enero de 1898.

|