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León Tolstoi
1828-1910
Anna Karenina
Primera edición: 1877
En 1872, la
mujer de un rico terrateniente se arrojó a las vías del tren cerca
de la casa donde vivía León Tolstoi. Este suceso le proporcionó al
escritor el punto de partida para la que muchos consideran la mejor
novela de todos los tiempos, Anna Karenina, la historia de una mujer
que, casada con el ministro de gobierno de San Petersburgo, madre de
un hijo, y admirada ampliamente por su círculo social, parece
tenerlo todo pero no tiene nada. Su vida, tan vacía, se llena de un
sentimiento claro e inevitable cuando conoce a un joven oficial, el
conde Alekséi Vrónsisi. Perdida y desesperadamente enamorada, Anna
está atrapada entre la moralidad y la pasión, la culpa y la
fugacidad de los sentimientos. Entre la realidad y el deseo, dos
mundos que apenas se rozan, que difícilmente se confunden y que, al
final, suelen alejarse de manera brusca y dolorosa.
Muchos afirman
que Anna Karenina es la mejor novela de todos los tiempos. Sea o no
el caso, es uno de los mejores ejemplos de novela psicológica del
siglo XIX. Tolstoi analiza la motivación de los actos de los
personajes, pero sin entrar en juicios morales. Junto con la
narración omnisciente, Tolstoi emplea con frecuencia el monólogo
interior, una innovación estilística en la novela que le permite
presentar los pensamientos y sentimientos de sus personajes con
íntimo detalle.
La rebelde Anna sucumbe a su atracción por un apuesto oficial y
abandona su matrimonio carente de amor para embarcarse en una
apasionada relación, condenada al fracaso desde el principió. Al
hacerlo, sacrifca a su hija y se somete a la condenación de la alta
sociedad rusa. La trágica historia de Anna se entreteje con el
relato del
noviazgo y matrimonio de Konstantin Levin y Kitty Sherbatskaia, que
recuerda al de Tolstoi y su esposa. En busca de la verdad, Levin
expresa opiniones sobre la sociedad, la política y la religión
contemporáneas, que a menudo son las del autor.

Anna Karenina -
Fragmento
Todas las
familias felices se parecen unas a otras; pero cada familia
infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgraciada. En
casa de los Oblonsky andaba todo trastrocado. La esposa acababa
de enterarse de que su marido mantenía relaciones con la
institutriz francesa y se había apresurado a declararle que no
podía seguir viviendo con él. Semejante situación duraba ya tres
días y era tan dolorosa para los esposos como para los demás
miembros de la familia. Todos, incluso los criados, sentían la
íntima impresión de que aquella vida en común no tenía ya
sentido y que, incluso en una posada, se encuentran más unidos
los huéspedes de lo que ahora se sentían ellos entre sí.
La mujer no
salía de sus habitaciones; el marido no comía en casa desde
hacía tres días; los niños corrían libremente de un lado a otro
sin que nadie les molestara. La institutriz inglesa había tenido
una disputa con el ama de llaves y escribió a una amiga suya
pidiéndole que le buscase otra colocación; el cocinero se había
ido dos días antes, precisamente a la hora de comer; y el
cochero y la ayudante de cocina manifestaron que no querían
continuar prestando sus servicios allí y que sólo esperaban que
les saldasen sus haberes para irse.
El tercer
día después de la escena tenida con su mujer, el príncipe
Esteban Arkadievich Oblonsky –Stiva, como le llamaban en
sociedad–, al despertar a su hora de costumbre, es decir, a las
ocho de la mañana, se halló, no en el dormitorio conyugal, sino
en su despacho, tendido sobre el diván de cuero. Volvió su
cuerpo, lleno y bien cuidado, sobre los flexibles muelles del
diván, como si se dispusiera a dormir de nuevo, a la vez que
abrazando el almohadón apoyaba en él la mejilla. De repente se
incorporó, se sentó sobre el diván y abrió los ojos.
¿Cómo era?, pensó, recordando su sueño. A ver, a ver... Alabin
daba una comida en Darmstadt... Sonaba una música americana...
El caso es que Darmstadt estaba en América... ¡Eso es! Alabin
daba un banquete, servido en mesas de cristal... Y las mesas
cantaban: "Il mio tesoro"..: Y si do era eso, era algo más
bonito todavía. Había también unos frascos, que luego resultaron
ser mujeres...
Los ojos de
Esteban Arkadievich brillaron alegremente al recordar aquel
sueño. Luego quedó pensativo y sonrió. ¡Qué bien estaba todo!.
Había aún muchas otras cosas magníficas que, una vez despierto,
no sabía expresar ni con palabras ni con pensamientos. Observó
que un hilo de luz se filtraba por las rendijas de la persiana,
alargó los pies, alcanzó sus zapatillas de tafilete bordado en
oro, que su mujer le regalara el año anterior con ocasión de su
cumpleaños, y, como desde hacía nueve años tenía por costumbre,
extendió la mano hacia el lugar donde, en el dormitorio
conyugal, acostumbraba tener colocada la bata. Sólo entonces se
acordó de cómo y por qué se encontraba en su gabinete y no en la
alcoba con su mujer; la sonrisa desapareció de su rostro y
arrugó el entrecejo.
–¡Ay, ay, ay! –se lamentó, acordándose de lo que había sucedido.
Y de nuevo
se presentaron a su imaginación los detalles de la escena
terrible; pensó en la violenta situación en que se encontraba y
pensó, sobre todo, en su propia culpa, que ahora se le aparecía
con claridad.
–No, no me perdonará. ¡Y lo malo es que yo tengo la culpa de
todo. La culpa es mía, y, sin embargo, no soy culpable. Eso es
lo terrible del caso! ¡Ay, ay, ay! –se repitió con
desesperación, evocando de nuevo la escena en todos sus
detalles.
Lo peor
había sido aquel primer momento, cuando al regreso del teatro,
alegre y satisfecho con una manzana en las manos para su mujer,
no la había hallado en el salón; asustado, la había buscado en
su gabinete, para encontrarla al fin en su dormitorio examinando
aquella malhadada carta que lo había descubierto todo.
Dolly, aquella Dolly, eternamente ocupada, siempre llena de
preocupaciones, tan poco inteligente, según opinaba él, se
hallaba sentada con el papel en la mano, mirándole con una
expresión de horror, de desesperación y de ira.
–¿Qué es
esto? ¿Qué me dices de esto? –preguntó, señalando la carta.
Y ahora, al recordarlo, lo que más contrariaba a Esteban
Arkadievich en aquel asunto no era el hecho en sí, sino la
manera como había contestado entonces a su esposa.
Le había sucedido lo que a toda persona sorprendida en una
situación demasiado vergonzosa: no supo adaptar su aspecto a la
situación en que se encontraba.
Así, en vez
de ofenderse, negar, disculparse, pedir perdón o incluso
permanecer indiferente ––cualquiera de aquellas actitudes habría
sido preferible–, hizo una cosa ajena a su voluntad («reflejos
cerebrales» , juzgó Esteban Arkadievich, que se interesaba mucho
por la fisiología): sonreír, sonreír con su sonrisa habitual,
benévola y en aquel caso necia.
Aquella necia sonrisa era imperdonable. Al verla, Dolly se había
estremecido como bajo el efecto de un dolor físico, y, según su
costumbre, anonadó a Stiva bajo un torrente de palabras duras y
apenas hubo terminado, huyó a refugiarse en su habitación.
Desde aquel momento, se había negado a ver a su marido. ¡Todo
por aquella necia sonrisa!, pensaba Esteban Arkadievich. Y se
repetía, desesperado, sin hallar respuesta a su pregunta: ¿Qué
hacer, qué hacer?...

Lev Nikoláyevich
Tolstoi, uno de los grandes de la literatura rusa del siglo XIX,
nació el 28 de agosto de 1828 en Yásnaia Poliana, en la provincia de
Tula en el seno de una familia perteneciente a la más antigua
nobleza rusa. Su madre descendía de los antiguos príncipes de
Volkonsky y su padre, Nikoláy Ilich Tolstoi, era conde. Tenía tres
hermanos y una hermana: Serguéy, Nikoláy, Dmitri y María; el
nacimiento de ésta le costó la vida de su madre cuando aún no
cumplía los dos años y su padre muere de un ataque de apoplejía en
1838, Tolstói acababa de cumplir 10 años. Los hermanos se trasladan
a Kazán, a la residencia de un tío paterno, Vladímir Ivánovich
Yuskhov, donde Tolstói reside gran parte de su juventud estudiando
en la Universidad de Kazán lenguas orientales, pero abandona sus
estudios en 1847. Los termina en San Petersburgo en la escuela de
Derecho.
Se traslada a
Moscú con intención de buscar un empleo o un casamiento conveniente.
En aquél período de indecisiones, acosado de deudas contraídas en el
juego se declara la guerra con Turquía y su hermano Nikolái,
teniente de artillerìa, lo insta a ir con él al Cáucaso. Al llegar
al asentamiento de los cosacos, Tolstoi se desilusiona y se
arrepiente de su viaje, pocos dìas después acompaña a su hermano que
debía escoltar un convoy de enfermos hasta el fuerte de Stari-Yurt.
Cruzan las fuentes termales de Goriachevodsk donde Tolstoi, algo
reumático, aprovecha para tomar baños termales y conoce a la cosaca
Márenka.
Tolstoi no
pertenecía al ejército, pero en una de las campañas se conduce con
gran valor, el comandante repara en él y tras unos exámenes Tolstoi
ingresa en la brigada de artillería, en la misma batería que su
hermano, como suboficial. Tiempo después consigue permiso para una
cura reumática en las aguas termales en Piatigorsk, donde aburrido
de pasar largas horas encerrado en su habitación se pone a escribir.
Poco después de ser testigo de tantos sacrificios y heroìsmo en la
campaña de Sebastópol se reintegra a la frívola vida de San
Petersburgo, sintiendo un gran vacío e inutilidad. Tras ver la
contradicción de su vivir cotidiano con su ideología, decidió dejar
los lujos y mezclarse con los campesinos de Yásnaia Polyana. No
obstante, no obligó a su familia a que lo siguiese y continuó
viviendo junto a ellos en una gran parcela, lugar al cual con
frecuencia sólo llegaba a dormir, gastando la mayor parte del día en
el oficio de zapatero. Intentó renunciar a sus propiedades en favor
de los pobres, aunque su familia, en especial su esposa, lo
impididieron. Intentando huir de su casa murió en la estación
ferroviaria de Astápovo el 20 de noviembre de 1910.
Sus más famosas
obras son Guerra y Paz y Ana Karénina, obra que Tolstoi consideró su
primera verdadera novela. El personaje de Anna parece que se inspiró
en parte, en Maria Hartung, la hermana mayor del poeta ruso
Alexander Pushkin.
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