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El Aleph
Jorge Luis Borges 1899-1986
Primera edición: 1949
A lo largo de
toda su producción, Borges creó un mundo fantástico, metafísico y
totalmente subjetivo. Su obra, exigente con el lector y de no fácil
comprensión, debido a la simbología personal del autor, ha
despertado la admiración de numerosos escritores y críticos
literarios de todo el mundo. Describiendo su producción literaria,
el propio autor escribió: "No soy ni un pensador ni un moralista,
sino sencillamente un hombre de letras que refleja en sus escritos
su propia confusión y el respetado sistema de confusiones que
llamamos filosofía, en forma de literatura".
El Aleph es una
obra en la que Borges incide en sus temas favoritos dándoles un
imprevisto y deslumbrante planteamiento. En cada uno de los
diecisiete relatos y un Epílogo que la componen, proporciona una
nueva visión del universo fantástico. El libro se cierra con El
Aleph, obra maestra del género. En la historia, los personajes
quienes discuten sobre literatura y exponen sus propias teorías. En
este sentido lo teórico y lo literario se encuentran hilvanados
formando un dibujo de hermosa factura. En cuanto al argumento, del
que se han escrito infinitas interpretaciones, la obra empieza con
una pequeña alusión al amor que sintió el narrador por Beatriz y que
podría hacernos pensar en una historia romántica, continua con la
relación literaria entre los dos personajes principales, hasta la
aparición de el Aleph, objeto extraordinario que trasforma el texto
en un cuento fantástico, y finaliza con un canto al tiempo y el amor
perdido.
- El
inmortal
- El muerto
- Los teólogos
- Historia del guerrero y de la cautiva
- Biografía de Tadeo Isidoro Cruz (1829-1874)
- Emma Zunz
- La casa de Asterión
- La otra muerte
- Deutsches Requiem
- La busca de Averroes
- El Zahir
- La escritura del dios
- Abenjacán el Bojarí, muerto en su laberinto
- Los dos reyes y los dos laberintos
- La espera
- El hombre en el umbral
- El Aleph
- Epílogo
El Aleph -
Fragmento
No me
resultó muy difícil compartir su congoja. Ya cumplidos los
cuarenta años, todo cambio es un símbolo detestable del pasaje
del tiempo; además, se trataba de una casa que, para mí, aludía
infinitamente a Beatriz. Quise aclarar ese delicadísimo rasgo;
mi interlocutor no me oyó. Dijo que si Zunino y Zungri
persistían en ese propósito absurdo, el doctor Zunni, su
abogado, los demandaría ipso facto por daños y perjuicios y los
obligaría a abonar cien mil nacionales.
El nombre de
Zunni me impresionó; su bufete, en Caseros y Tacuarí, es de una
seriedad proverbial. Interrogué si éste se había encargado ya
del asunto. Daneri dijo que le hablaría esa misma tarde. Vaciló
y con esa voz llana, impersonal, a que solemos recurrir para
confiar algo muy íntimo, dijo que para terminar el poema le era
indispensable la casa, pues en un ángulo del sótano había un
Aleph. Aclaró que un Aleph es uno de los puntos del espacio que
contienen todos los puntos.
– Está en el
sótano del comedor –explicó, aligerada su dicción por la
angustia–. Es mío, es mío: yo lo descubrí en la niñez, antes de
la edad escolar. La escalera del sótano es empinada, mis tíos me
tenían prohibido el descenso, pero alguien dijo que había un
mundo en el sótano. Se refería, lo supe después, a un baúl, pero
yo entendí que había un mundo. Bajé secretamente, rodé por la
escalera vedada, caí. Al abrir los ojos, vi el Aleph.
– ¿El Aleph? –repetí.
– Sí, el lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares
del orbe, vistos desde todos los ángulos. A nadie revelé mi
descubrimiento, pero volví. ¡El niño no podía comprender que le
fuera deparado ese privilegio para que el hombre burilara el
poema! No me despojarán Zunino y Zungri, no y mil veces no.
Código en mano, el doctor Zunni probará que es inajenable mi
Aleph.
Traté de
razonar.
– Pero, ¿no es muy oscuro el sótano?
– La verdad no penetra en un entendimiento rebelde. Si todos los
lugares de la tierra están en el Aleph, ahí estarán todas las
luminarias, todas las lámparas, todos los veneros de luz.
– Iré a verlo inmediatamente.
Corté, antes
de que pudiera emitir una prohibición. Basta el conocimiento de
un hecho para percibir en el acto una serie de rasgos
confirmatorios, antes insospechados; me asombró no haber
comprendido hasta ese momento que Carlos Argentino era un loco.
Todos esos Viterbo, por lo demás... Beatriz (yo mismo suelo
repetirlo) era una mujer, una niña de una clarividencia casi
implacable, pero había en ella negligencias, distracciones,
desdenes, verdaderas crueldades, que tal vez reclamaban una
explicación patológica. La locura de Carlos Argentino me colmó
de maligna felicidad; íntimamente, siempre nos habíamos
detestado.
En la calle
Garay, la sirvienta me dijo que tuviera la bondad de esperar. El
niño estaba, como siempre, en el sótano, revelando fotografías.
Junto al jarrón sin una flor, en el piano inútil, sonreía (más
intemporal que anacrónico) el gran retrato de Beatriz, en torpes
colores. No podía vernos nadie; en una desesperación de ternura
me aproximé al retrato y le dije:
– Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz Elena Viterbo, Beatriz
querida, Beatriz perdida para siempre, soy yo, soy Borges.
Carlos entró
poco después. Habló con sequedad; comprendí que no era capaz de
otro pensamiento que de la perdición del Aleph.
– Una copita del seudo coñac –ordenó– y te zampuzarás en el
sótano. Ya sabes, el decúbito dorsal es indispensable. También
lo son la oscuridad, la inmovilidad, cierta acomodación ocular.
Te acuestas en el piso de baldosas y fijas los ojos en el
decimonono escalón de la pertinente escalera. Me voy, bajo la
trampa y te quedas solo. Algún roedor te mete miedo ¡fácil
empresa! A los pocos minutos ves el Aleph. ¡El microcosmo de
alquimistas y cabalistas, nuestro concreto amigo proverbial, el
multum in parvo!
Ya en el comedor, agregó:
– Claro está que si no lo ves, tu incapacidad no invalida mi
testimonio... Baja; muy en breve podrás entablar un diálogo con
todas las imágenes de Beatriz.
Bajé con
rapidez, harto de sus palabras insustanciales. El sótano, apenas
más ancho que la escalera, tenía mucho de pozo. Con la mirada,
busqué en vano el baúl de que Carlos Argentino me habló. Unos
cajones con botellas y unas bolsas de lona entorpecían un
ángulo. Carlos tomó una bolsa, la dobló y la acomodó en un sitio
preciso.
– La almohada es humildosa –explicó–, pero si la levanto un solo
centímetro, no verás ni una pizca y te quedas corrido y
avergonzado. Repantiga en el suelo ese corpachón y cuenta
diecinueve escalones.
Cumplí con
sus ridículos requisitos; al fin se fue. Cerró cautelosamente la
trampa; la oscuridad, pese a una hendija que después distinguí,
pudo parecerme total. Súbitamente comprendí mi peligro: me había
dejado soterrar por un loco, luego de tomar un veneno. Las
bravatas de Carlos transparentaban el íntimo terror de que yo no
viera el prodigio; Carlos, para defender su delirio, para no
saber que estaba loco, tenía que matarme. Sentí un confuso
malestar, que traté de atribuir a la rigidez, y no a la
operación de un narcótico. Cerré los ojos, los abrí. Entonces vi
el Aleph.
Arribo,
ahora, al inefable centro de mi relato; empieza, aquí, mi
desesperación de escritor. Todo lenguaje es un alfabeto de
símbolos cuyo ejercicio presupone un pasado que los
interlocutores comparten; ¿cómo transmitir a los otros el
infinito Aleph, que mi temerosa memoria apenas abarca? Los
místicos, en análogo trance, prodigan los emblemas: para
significar la divinidad, un persa habla de un pájaro que de
algún modo es todos los pájaros; Alanus de Insulis, de una
esfera cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en
ninguna; Ezequiel, de un ángel de cuatro caras que a un tiempo
se dirige al Oriente y al Occidente, al Norte y al Sur. (No en
vano rememoro esas inconcebibles analogías; alguna relación
tienen con el Aleph.) Quizá los dioses no me negarían el
hallazgo de una imagen equivalente, pero este informe quedaría
contaminado de literatura, de falsedad. Por lo demás, el
problema central es irresoluble: la enumeración, siquiera
parcial, de un conjunto infinito. En ese instante gigantesco, he
visto millones de actos deleitables o atroces; ninguno me
asombró como el hecho de que todos ocuparan el mismo punto, sin
superposición y sin transparencia. Lo que vieron mis ojos fue
simultáneo: lo que transcribiré, sucesivo, porque el lenguaje lo
es. Algo, sin embargo, recogeré.
En la parte
inferior del escalón, hacia la derecha, vi una pequeña esfera
tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la creí
giratoria; luego comprendí que ese movimiento era una ilusión
producida por los vertiginosos espectáculos que encerraba. El
diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el
espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa
(la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo
claramente la veía desde todos los puntos del universo. Vi el
populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de
América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra
pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables
ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos
los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio
de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi
en el zaguán de una casa en Fray Bentos, vi racimos, nieve,
tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos
ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness
a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo
cuerpo, vi un cáncer en el pecho, vi un círculo de tierra seca
en una vereda, donde antes hubo un árbol, vi una quinta de
Adrogué, un ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio, la
de Philemon Holland, vi a un tiempo cada letra de cada página
(de chico, yo solía maravillarme de que las letras de un volumen
cerrado no se mezclaran y perdieran en el decurso de la noche),
vi la noche y el día contemporáneo, vi un poniente en Querétaro
que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala, vi mi
dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de Alkmaar un globo
terráqueo entre dos espejos que lo multiplican sin fin, vi
caballos de crin arremolinada, en una playa del Mar Caspio en el
alba, vi la delicada osatura de una mano, vi a los
sobrevivientes de una batalla, enviando tarjetas postales, vi en
un escaparate de Mirzapur una baraja española, vi las sombras
oblicuas de unos helechos en el suelo de un invernáculo, vi
tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las
hormigas que hay en la tierra, vi un astrolabio persa, vi en un
cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas
obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a
Carlos Argentino, vi un adorado monumento en la Chacarita, vi la
reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido Beatriz
Viterbo, vi la circulación de mi oscura sangre, vi el engranaje
del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde
todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, y en la tierra otra
vez el Aleph y en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras,
vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían
visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los
hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible
universo.
Sentí
infinita veneración, infinita lástima.
– Tarumba habrás quedado de tanto curiosear donde no te llaman
–dijo una voz aborrecida y jovial–. Aunque te devanes los sesos,
no me pagarás en un siglo esta revelación. ¡Qué observatorio
formidable, che Borges!
Los zapatos
de Carlos Argentino ocupaban el escalón más alto. En la brusca
penumbra, acerté a levantarme y a balbucear:
– Formidable. Sí, formidable.
La indiferencia de mi voz me extrañó. Ansioso, Carlos Argentino
insistía:
– ¿Lo viste todo bien, en colores?
En ese
instante concebí mi venganza. Benévolo, manifiestamente
apiadado, nervioso, evasivo, agradecí a Carlos Argentino Daneri
la hospitalidad de su sótano y lo insté a aprovechar la
demolición de la casa para alejarse de la perniciosa metrópoli,
que a nadie ¡créame, que a nadie! perdona. Me negué, con suave
energía, a discutir el Aleph; lo abracé, al despedirme, y le
repetí que el campo y la serenidad son dos grandes médicos.
En la calle, en las escaleras de Constitución, en el
subterráneo, me parecieron familiares todas las caras. Temí que
no quedara una sola cosa capaz de sorprenderme, temí que no me
abandonara jamás la impresión de volver. Felizmente, al cabo de
unas noches de insomnio, me trabajó otra vez el olvido.

Jorge Luis
Borges nació el 24 de agosto de 1899 en Buenos Aires, a los ocho
meses de gestación, Jorge Luis Borges. Su padre, Jorge Guillermo
Borges, abogado y profesor de psicología, y su madre, Leonor Acevedo
de Borges, cuentan en su ascendencia con militares de renombre como
el célebre coronel Isidoro Suárez, que intervino heroicamente en la
batalla de Junín, en Perú. Ambos se desenvuelven perfectamente en
inglés y Georgie, ese es el apodo familiar, disfrutará de una
educación perfectamente bilingüe en la que intervendrá también su
abuela paterna, originaria de Northumberland, en Inglaterra, cuya
expresión concisa, según el autor, influirá en el desarrollo de su
propio estilo literario.
Norah, hermana
dos años menor que él, será la principal amiga de Borges en esta
primera etapa. Jorge Luis y Norah disfrutan de los patios y el
jardín de la casa familiar, de esporádicas visitas al Zoo, donde el
futuro autor descubre su interés por los tigres, y de la extensa
biblioteca del padre, cuyos volúmenes se cuentan por miles, y que,
en palabras del autor, se convertirá en "el principal hecho" de su
vida. Jorge Guillermo Borges, abogado y profesor de psicología,
inicia a su primogénito en el placer de la poesía y de la filosofía.
En la década de 1930, debido a una enfermedad hereditaria, comenzó a
perder la visión hasta quedar completamente ciego. A pesar de ello
continuó trabajando. Conoce a Adolfo Bioy Casares y publica con él
Antología de la literatura fantástica. A partir de 1955 fue profesor
de literatura inglesa en la Universidad de Buenos Aires. Durante
esos años, fue abandonando la poesía en favor de los relatos breves
por los que ha pasado a la historia. En 1955 fue nombrado académico
de su país y en 1960 su obra era valorada universalmente como una de
las más originales de América Latina. A partir de entonces se
suceden los premios y los homenajes. En 1961 comparte el Premio
Fomentor con Samuel Beckett, y en 1980 el Cervantes con Gerardo
Diego.
En 1975, a los
99 años, muere su madre, doña Leonor Acevedo, y a partir de este
momento Borges realizará sus viajes en compañía de María Kodama, que
había ido a sus conferencias y que le asistirá como secretaria y
acompañante hasta el final de sus días. El vértigo de viajes y
homenajes sigue llevando al escritor de un lado al otro del planeta
aunque no pierda el contacto con la realidad política de su país, en
el que publica en 1980 y 1983 sendas declaraciones a favor de los
desaparecidos y de la vigencia del Estado de Derecho. A pesar de
estas tomas de posición y de su talante crítico aunque conservador,
la aceptación de la Orden Bernardo O'Higgins del gobierno de la
dictadura chilena y de un doctorado honoris causa de la universidad
en 1976 le separan del Premio Nobel, que le será negado siempre. En
1986, un año después de publicar su última obra poética "Los
conjurados", Borges se casa con María Kodama por poder en Paraguay y
ambos se instalan en Ginebra, donde el escritor fallece el 14 de
junio de 1986, víctima de un cáncer hepático. Obedeciendo su última
voluntad sus restos yacen en el cementerio de Plainpalais.
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