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D. H. (David
Herbert) Lawrence
El amante de Lady Chatterley - 1928

Es la novela más famosa
escrita por el autor inglés D. H. Lawrence. Constance Reid tiene 23
años cuando se casa con Clifford Chatterley, un elegante teniente
del ejército británico. Corre el año 1917 y Clifford se va a luchar
en el frente de la batalla de Flandes, de donde regresa con una
parálisis irreversible. La joven pareja se asienta en una casa
situada en las tierras de la familia de él. Lady Chatterley es una
joven educada fuera de los tabúes y de la ocultación social de las
relaciones imperante en la sociedad en la que vivía. En la
universidad ella era libre y experimentaba, junto a su hermana, las
infinitas sensaciones e impulsos sexuales. Cuando su juventud pasa,
su vida da un giro y transcurre junto a su marido paralítico en un
pueblo minero, entre conversaciones y días monótonos. El amor deja
paso al respeto y la compresión y desaparece completamente la
pasión… hasta que Connie -Lady Chatterley- decide tomar las riendas
de su vida de nuevo y dejar de ser simplemente la compañera y
enfermera de Sir Clifford. Abandonándose a sí misma, triste e
indiferente, Constance Chatterley se refugia en la pasión erótica
que le otorga Parkin, el guardabosques de la zona, que vive aislado
tras la separación de su mujer... lo que supondrá el despertar a la
sensualidad para ella, y la vuelta a la vida y sus placeres para él.
Nunca antes en
la literatura se había descrito de una manera tan erótica las
relaciones sexuales, sin perder una gran sensibilidad en el trazo
que plasmaba bellamente las emociones sentidas en el acto amoroso
por la pareja y los escenarios naturales en que se desarrolla la
acción, descritos a menudo de manera un tanto afectada. En la
sencilla e intensa relación adúltera, con una conclusión un tanto
insulsa, se abordan los temas preferentes en Lawrence, el choque de
clases, las distintas sensibilidades entre hombre y mujer, con la
emancipación, descubrimiento y la liberación sexual femenina, el
contraste entre el mundo natural y el mundo "civilizado", y se
establece una sombría perspectiva sobre el futuro del ser humano,
ausente de valores y sentimientos, y preocupado principalmente por
el dinero y el bienestar material.
La novela,
perseguida por el puritanismo, prohibida en EE.UU. y en Inglaterra
durante más de 30 años, acusada de escandalosa e inmoral, relata con
extremada minuciosidad y rigor las relaciones libres entre hombres y
mujeres, sin escatimar en detalles las sensaciones y emociones que
van surgiendo entre los amantes. Pero no fueron estas descripciones
detalladas de los actos eróticos lo que revolucionó la crítica y la
moral de la sociedad anglosajona del siglo XX sino la trasgresión
social, puesto que el amante de Lady Chatterley no pertenece a su
clase.
David Herbert
aborda temas inusualmente tratados, el de la mezcla de clases y el
de la liberación sexual femenina, no es que Lady Chatterley pudiese
serle infiel a su marido en el bosque, es que lo hace con un obrero.
La historia nos ayuda a meternos de lleno en la conciencia de
aquella sociedad marcada por los tabúes y la moral, sociedad
burguesa que cerraba los ojos y se escandalizaba ante las relaciones
sexuales y la pasión. No es de extrañar que la primera semana en que
se permitió su publicación la novela vendió más de un millón de
ejemplares.
El amante de
Lady Chatterley - Fragmento:
Ella y
Michaelis estaban sentados en ese momento a ambos lados de
la chimenea y conversaban. Ella le preguntó por sí mismo, su
madre, su padre, sus hermanos:..; los demás siempre le
interesaban y cuando se despertaba su simpatía perdía por
completo el sentido de clase. Michaelis hablaba con
franqueza sobre sí mismo, con toda franqueza, sin
afectación, poniendo simplemente al descubierto su alma
amarga e indiferente de perro callejero y mostrando luego un
reflejo de orgullo vengativo por su éxito.
- Pero
¿por qué es usted un ave tan solitaria? le preguntó Connie;
y él volvió a mirarla con su mirada avellana, intensa,
interrogante.
- Algunas aves son así -contestó él.
Y luego,
con un deje de ironía familiar:
- Pero, escuche, ¿y usted misma? ¿No es usted algo así como
un ave solitaria también?
Connie,
algo sorprendida, lo pensó un momento y . luego dijo:
- ¡Sólo en parte! ¡No tanto como usted!
- ¿Soy yo un ave absolutamente solitaria? -preguntó él con
su extraña mueca risueña, como si tuviera dolor de muelas;
era tan retorcida, y sus ojos eran tan perennemente
melancólicos, o estoicos, o desilusionados, o asustados...
- ¿Por qué? -dijo ella, faltándole un tanto el aliento
mientras le miraba-. Sí que lo es, ¿no?
Se
sentía terriblemente atraída hacia él, hasta el punto de
casi perder el equilibrio.
- ¡Sí, tiene usted razón! -dijo él, volviendo la cabeza y
mirando a un lado, hacia abajo, con esa extraña inmovilidad
de las viejas razas que apenas se encuentra en nuestros
días. Era aquello lo que le hacía a Connie
perder su capacidad de verlo como algo ajeno a ella misma.
- Es muy amable que se preocupe por mí -dijo él
lacónicamente.
- ¿Por qué no iba a hacerlo? -dijo ella, faltándole casi el
aliento para hablar.
El rió
con aquella risa torcida, rápida, sibilante. -Ah, siendo
así... ¿Puedo cogerle la mano un segundo?- preguntó él
repentinamente, clavando sus ojos en ella con una fuerza
casi hipnótica y dejando emanar una atracción que la
afectaba directamente en el vientre.
Le miró fijamente, deslumbrada y transfigurada, y él se
acercó y se arrodilló a su lado, apretó sus dos pies entre
las manos y enterró la cabeza en su regazo; así permaneció
inmóvil. Ella estaba completamente fascinada y
transfigurada, mirando la tierna forma de su nuca con una
especie de confusión, sintiendo la presión de su cara contra
sus muslos. Dentro de su ardiente abandono no pudo evitar
colocar su mano, con ternura y compasión, sobre su nuca
indefensa, y él tembló con un profundo estremecimiento.
Luego él
levantó la mirada hacia ella con aquel terrible atractivo en
sus intensos ojos brillantes. Ella era absolutamente incapaz
de resistirlo. De su pecho brotó la respuesta de una inmensa
ternura hacia él; tenía que darle lo que fuera, lo que
fuera. Era un amante curioso y muy delicado, muy delicado
con la mujer, con un temblor incontrolable y, al mismo
tiempo, distante, consciente, muy consciente de cualquier
ruido exterior. Para ella aquello no significaba nada,
excepto que se había entregado a él. Y después él dejó de
estremecerse y se quedó quieto, muy quieto. Luego, con dedos
suaves y compasivos, le acarició la cabeza reclinada en su
pecho.
Cuando
él se levantó besó sus manos, luego sus pies en las
pantuflas de cabritilla y, en silencio, se alejó hacia el
extremo de la habitación; allí se detuvo de espaldas a ella.
Hubo un silencio de algunos minutos. Luego se volvió y se
acercó de nuevo a ella, sentada en el sitio de antes, junto
a la chimenea.
- ¡Y ahora supongo que me odiará! -dijo él de una forma
tranquila e inevitable.
Ella
alzó rápidamente los ojos hacia él. -¿Por qué? preguntó.
- Casi todas lo hacen -dijo; luego se corrigió-. Quiero
decir... es lo que pasa con las mujeres.
- Nunca tendría menos motivos que ahora para odiarle -dijo
ella recriminándole.
- ¡Lo sé! ¡Lo sé! ¡Así debiera ser! Es usted terriblemente
buena conmigo... gimió él miserablemente.
Ella no
entendía por qué se sentía desgraciado.

D. H. Lawrence
nació el 11 de septiembre de 1885 en un pueblo llamado Eastwood,
Nottinghamshire (Inglaterra). Era el cuarto hijo de Arthur Lawrence,
un minero casi analfabeto y aficionado a la bebida, y de Lydia
Beardsall, una mujer, antigua maestra, amante de la cultura, hecho
que provocaría el interés por la pintura y la lectura del pequeño
David, quien desde niño sufrió de frágil salud. La diferencia
cultural entre sus padres fue un elemento clave en la psicología de
Lawrence, quien sufrió en su niñez el enfrentamiento habitual entre
sus progenitores. Gracias a una beca, asistió a la Nottingham High
School y a la Universidad de la misma ciudad. Finalizados sus
estudios comenzó a publicar sus primeros textos y a dar clases desde
1908 en la Davidson Road School de Croydon. Un año después se
publicaron, gracias a la mediación de Ford Madox Ford, sus primeros
poemas en la revista "The English Review".
En 1910 su
madre, enferma de cáncer, falleció, auxiliada en su muerte por su
propio hijo, quien le ayudó a ingerir una sobredosis de somníferos.
En 1912 Lawrence inició una relación sentimental con Frieda von
Richtofen, mujer del profesor Ernest Weekley y familiar del famoso
piloto Barón Rojo, Manfred von Richthofen. Frieda abandonó a su
esposo e hijos para convivir con el joven David Herbert en Bavaria
(Alemania). Ambos, que viajarían con frecuencia por bastantes
países, se casarían en 1914. En 1915, en plena guerra mundial y
residiendo en Inglaterra, D. H. Lawrence publicó "El arco iris", su
primer libro en ser censurado por obscenidad sexual. A raíz de esta
censura, varios personajes, de talante liberal, mostraron su apoyo a
Lawrence, como Lady Ottoline Morrell, Aldous Huxley o Bertrand
Russell.
Tras la
publicación de "Mujeres enamoradas", una de sus mejores obras, D. H.
Lawrence se trasladó a Taormina, en Italia, donde escribió "La niña
perdida", un texto que vuelve a incidir en los vínculos amorosos
entre personas de distinta clase social. En la década de los 20, D.
H. Lawrence viajó por Australia, Asia, Estados Unidos y Europa.
Asentado de nuevo en Italia, cerca de Florencia, escribió su título
más popular, "El amante de Lady Chatterley", un libro acusado de
nuevo de obsceno que narraba de manera explícita la relación sexual
entre una mujer culta y adinerada y un guardabosques al servicio de
su esposo aristócrata. D. H. Lawrence Falleció a causa de la
tuberculosis a los 44 años, el 2 de marzo de 1930 en Vence, Francia.
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