Italo
Calvino
El barón
rampante es el segundo libro de una trilogía formada también
por El vizconde demediado y El caballero inexistente. El
protagonista es Cosimo Piovasco di Rondò, de doce años e
hijo mayor y heredero de la baronía de Rondò, un territorio
situado en la frondosa Liguria del siglo XVIII. Como actitud
rebelde ante el mundo de los mayores, se niega a comer un
plato de caracoles preparado por su hermana, aunque en
realidad, a lo que se niega es a compartir mesa y mantel con
los mayores, y deja a su familia con tres palmos de narices:
su hermana mayor, su hermano pequeño, cronista "imparcial"
en primera persona de esta historia; su padre, un
sinsustancia eclipsado por su mujer, una prusiana de modales
prusianos; su tío, un abogado e inventor que residió en el
Imperio otomano y que siempre viste a la turca... Contra
este estado de cosas clama Cosimo encaramándose a un árbol y
adoptando la decisión de no bajarse jamás. Lo que cumple
escrupulosamente. El protagonista se erige en amo y señor de
los bosques de la zona, y queda marcado por un temprano amor
platónico, más tarde carnal, la rubita Viola Ondariva, que
le hace reafirmarse en su idea de permanecer por siempre
jamás en lo alto de los árboles.

Un
aspecto destacable de la historia es que, a diferencia de
"El buen salvaje" de Rousseau, Cosimo permanece
completamente integrado en su sociedad, en su comunidad. La
población aprende a aceptar las excentricidades del joven
barón, que no deja de ser el mismo que organiza un servicio
de extinción de incendios, que salva a sus súbditos, de una
manera tan involuntaria como cómica, de un temible bandido,
que repele una invasión pirata y, en fin, que introduce en
la región los saberes enciclopédicos y la francmasonería.
Desde lo alto de los árboles, Cosimo se asea, caza, ama,
lee, diserta: es uno más. Esta es la gran aportación de la
novela, que crea un arquetipo nuevo en una época en la que
ya todos los arquetipos parecían estar creados: la del
rebelde activo, que desde su supuesto aislamiento lucha por
la mejora de sus semejantes. Una narración con momentos
rayanos en el realismo mágico, con un final apoteósico, pero
coherente, y una trepidante novela de aventuras. La obra
ofrece una perfecta visión de la historia de la aún
inexistente Italia, como nación, desde mediados del siglo
XVIII hasta la década de 1820, un compendio de la formación
de su espíritu nacional utilizando como hilo conductor al
personaje de Cosimo. Incluso se permite el lujo de crear un
fabuloso encuentro entre Cosimo y Napoleón Bonaparte.

El barón
rampante - Fragmento
Al día
siguiente, cuando bajamos a la bodega a examinar los
efectos de nuestro plan, a la luz de una vela
inspeccionamos las paredes y los corredores. «¡Aquí
hay uno! ¡Aquí otro! ¡Mira éste hasta dónde ha
llegado!» Ya una hilera de caracoles sin grandes
claros recorría el suelo y las paredes, del tonel al
ventanuco, siguiendo nuestra pista. «¡Rápido,caracoles!
¡De prisa, escapad!», no pudimos contenernos de
decirles, viendo los animalillos andar lentamente,
no sin desviarse en inútiles rodeos por las
desconchadas paredes de la bodega, atraídos por
ocasionales depósitos y mohos y grumos; pero la
bodega estaba oscura, abarrotada, accidentada;
esperábamos que nadie pudiera descubrirlos, que
todos tuvieran tiempo de escapar.
En
cambio, aquel alma sin paz de nuestra hermana
Battista de noche recorría toda la casa a la caza de
ratones, sosteniendo un candelabro, y con la
escopeta bajo el brazo. Aquella noche pasó por la
bodega, y la luz del candelabro iluminó un caracol
perdido en el techo, con la estela de baba argéntea.
Retumbó un disparo. Todos en las camas nos
sobresaltamos, pero enseguida volvimos a hundir la
cabeza en la almohada, acostumbrados como estábamos
a las cacerías nocturnas de la monja doméstica. Pero
Battista, destruido el caracol y desplomado un trozo
de revoque con aquel escopetazo irrazonable, comenzó
a gritar con su vocecilla estridente: «¡Socorro! ¡Se
escapan todos!¡Socorro!» Acudieron los criados medio
desnudos, nuestro padre armado con un sable, el
abate sin peluca, y el caballero abogado, aún antes
de entender nada, por miedo a incordios, escapó al
campo y se fue a dormir a un pajar.
Al claror
de las antorchas todos se pusieron a dar caza a los
caracoles por la bodega,aunque a nadie le importaran
gran cosa, pero ahora ya estaban despiertos y no
querían admitir, por el amor propio de siempre, que
se habían molestado para nada. Descubrieron el
agujero en el tonel y comprendieron en seguida que
habíamos sido nosotros. Nuestro padre vino a
calentarnos a la cama, con el látigo del cochero.
Acabamos recubiertos de estrías violetas en la
espalda, las nalgas y las piernas, encerrados en un
triste cuartucho a modo de prisión.
Nos
tuvieron allí tres días, a pan, agua, ensalada y
sopa fría (que, por suerte, nos gustaba). Después,
la primera comida en familia, como si nada hubiese
ocurrido, todos de maravilla, aquel mediodía del 15
de junio; ¿y qué había preparado nuestra hermana
Battista, encargada de la cocina? Sopa de caracoles
y guiso de caracoles. Cósimo no quiso tocar ni
siquiera un caparazón. «¡Comed u os volvemos a
encerrar de inmediato en el cuartucho!» Yo cedí, y
empecé a tragarme los moluscos. (Fue un poco una
bajeza por mi parte, que hizo que mi hermano se
sintiera más solo, por lo que en su abandonarnos
había también una protesta contra mí, que lo había
decepcionado; pero sólo tenía ocho años, y además
¿de qué sirve comparar mi fuerza de voluntad, o
mejor, la que podía tener de niño con la obstinación
sobrehumana que marcó la vida de mi hermano?)
- ¿Y eso?
- dijo nuestro padre a Cósimo.
- ¡No y no! - dijo Cósimo, y rechazó el plato.
- ¡Fuera de esta mesa! Pero Cósimo ya nos había
vuelto las espaldas y estaba saliendo del comedor.
- ¿Adónde vas? Lo veíamos por la puerta de cristales
mientras cogía su tricornio y su espadín en el
vestíbulo.
- ¡Lo sé yo! - y corrió hacia el jardín.
Al cabo
de un momento, por las ventanas, vimos que trepaba
por la encina. Iba vestido y acicalado con gran
pulcritud, tal como nuestro padre quería que viniese
a la mesa, pesea sus doce años: cabellos empolvados
con lazo en la coleta, tricornio, corbata de encaje,
frac verde con colas, calzones de color malva,
espadín, y polainas altas de piel blanca hasta medio
muslo, única concesión a una forma de vestir más
acorde con nuestra vida campestre. (Yo, como sólo
tenía ocho años, estaba dispensado de los polvos en
los cabellos, salvo en las ocasiones de gala, y del
espadín, que en cambio me habría gustado llevar).
Así que subía por el nudoso árbol, moviendo brazos y
piernas por las ramas con la seguridad y rapidez que
se debían a la larga práctica llevada a cabo
conjuntamente.
Ya he
dicho que en los árboles pasábamos horas y horas, y
no por algún motivo provechoso como hacen tantos
chicos, que suben a ellos sólo para buscar fruta o
nidos de pájaros, sino por el placer de salvar
salientes del tronco y horcaduras, y llegar lo más
arriba posible, y encontrar sitios adecuados donde
entretenernos mirando el mundo allá abajo, y poder
gastar bromas a quien pasara por debajo. Consideré
pues natural que el primer pensamiento de Cósimo, en
aquel injusto ensañarse contra él, hubiese sido el
de trepar a la encina, árbol que nos era familiar, y
que teniendo las ramas a la altura de las ventanas
del comedor, imponía su actitud desdeñosa y ofendida
a la vista de toda la familia.
-
Vorsicht! Vorsicht! Pobre, ¡se va a caer! - exclamó
ansiosa nuestra madre, que nos habría visto de buena
gana a la carga bajo los cañonazos, en tanto que se
inquietaba por todos nuestros juegos.
Cósimo
subió hasta la horquilla de una gruesa rama en donde
podía estar cómodo, y se sentó allí, con las piernas
que le colgaban, cruzado de brazos con las manos
bajo los sobacos, la cabeza hundida entre los
hombros, el tricornio calado sobre la frente.
Nuestro padre se asomó al antepecho.
- ¡Cuando
te canses de estar ahí ya cambiarás de idea! - le
gritó.
- Nunca cambiaré de idea - dijo mi hermano desde la
rama.
- ¡Ya verás, en cuanto bajes!
- ¡No bajaré nunca más! Y mantuvo su palabra.

Italo Calvino nació en 1923 en Santiago de las Vegas, Cuba,
1923. Su padre era ingeniero agrónomo. Finalizado su trabajo
en la isla, la familia se trasladó de San Remo, donde había
tracurrido la mayor parte de su infancia, a Turín, ciudad en
la que inició los mismos estudios que su padre pero que
enseguida abandonó a causa de la guerra, durante la que
luchó como partisano contra el fascismo. En 1944 se afilió
al Partido Comunista Italiano. Tres años más tarde
publicaba, gracias a la ayuda de Cesare Pavese, su primera
novela, Los senderos de los nidos de araña, en la que
relataba su experiencia en la resistencia. A la conclusión
de la guerra, colaboró en unos cuantos periódicos y revistas
y siguió estudios literarios en la Universidad de Turín, en
la que se licenció con una tesis sobre Joseph Conrad. Fue
durante este período de su vida cuando se puso en contacto
con Cesare Pavese, que consiguió que fuese contratado por la
editorial Einaudi como asesor. Realizó además varios viajes
a Francia. Tras publicar algunas antologías de relatos, de
tipo fabulístico, con las cuales se alejaba de la escritura
realista de sus inicios, escribió la trilogía Nuestros
antepasados, integrada por El vizconde demediado, El barón
rampante y El caballero inexistente, narración fantástica y
poética, cuajada de elementos maravillosos, en la que
planteaba el papel del escritor comprometido políticamente.
Por esa época, su relación con el PCI estaba ya muy
degradada, hasta que, en 1957, acabó por desvincularse de él
por completo. Falleció en Siena, Italia, en 1985.
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