|
El corazón de
las tinieblas
Joseph Conrad 1857-1924
Primera edición: 1902
Título original: Heart of Darkness

Basada en una
aventura del propio autor en África en 1890, El corazón de las
tinieblas es la más brillante de sus obras. Elocuente, audaz,
experimental, con tendencia a mirar atrás, satírica, pero
profundamente humana, desde que se inició su publicación por
entregas en 1899, ha seguido provocando controversias y mereciendo
análisis. Charles Marión, uno de los personajes «transtextuales» de
Conrad porque aparece también otras obras del autor, narra a un
grupo de amigos británicos su viaje a una zona de África central
identificable como el «Estado Libre del Congo», a la sazón propiedad
privada de Leopoldo II, rey de los belgas. Marión recuerda los
absurdos y las atrocidades de que ha sido testigo: el bombardeo del
continente por parte de un barco de guerra francés, el trato cruel a
los trabajadores negros esclavizados, y la rapacidad sin escrúpulos
de los colonos blancos movidos por el deseo de lucrarse con el
marfil. Está deseando conocer al señor Kurtz,que tiene fama de ser
un hombre de gran talento y un comerciante europeo idealista; pero
cuando llega adonde está Kurtz en su lecho de muerte, descubre que
el idealista se ha transformado en un hombre trastornado y
depravado: virtualmente en un dios salvaje que resume su concepto de
los africanos en una frase: «¡Exterminad a todos esos animales!».
Así comprendemos que el «corazón de las tinieblas» no es meramente
la jungla que ocupa el centro del «Continente Negro»: es, también,
el corazón corrompido de Kurtz y acaso el propio imperialismo
europeo. «Toda Europa contribuyó a forjar a Kurtz», y Londres
aparece como el centro de una inquietante oscuridad.
Escrita cuando
el imperialismo era lo «politicamente correcto», este brillante
alegato antiimperialista y en buena parte antirracista, muestra a un
Conrad en la cumbre de su talento como audaz innovador de ideas y
técnicas. El corazón de las tinieblas ha demostrado tener una
influencia inmensa; entre sus numerosas adaptaciones se cuenta la
película Apocalypse Now, cuya acción trascurre en Vietnam, de
Francis Ford Coppola.
El corazón de
las tinieblas - Fragmento
La tierra
parecía algo no terrenal. Nos hemos acostumbrado a verla bajo la
imagen encadenada de un monstruo dominaado, pero allí... allí
podía vérsela como algo monstruoso y libre. No terrenal y los
hombres eran... No, no se podía decir inhumanos. Era algo peor,
sabéis, esa sospecha de que no fueran inhumanos. La idea surgía
lentamente en uno. Aullaban, saltaban, se colgaban de las
lianas, hacían muecas horribles, pero lo que en verdad producía
estremecimiento era la idea de su humanidad, igual que la de
uno, la idea del remoto parentesco con aquellos seres salvajes,
apasionados y tumultuosos. Feo, ¿no? Sí, era algo bastante feo.
Pero si uno era lo suficientemente hombre debía admitir
precisamente en su interior una débil traza de respuesta a la
terrible franqueza de aquel estruendo, una tibia sospecha de que
aquello tenía un sentido en el que uno (uno, tan distante de la
noche de los primeros tiempos) podía participar. ¿Por qué no? La
mente del hombre es capaz de todo, porque todo está en ella,
tanto el pasado como el futuro. ¿Qué había allí, después de
todo? Alegría, miedo, tristeza, devoción, valor, cólera...
¿Quién podía saberlo?... Pero había una verdad, una verdad
desnuda de la capa del tiempo.
Que el necio
se asombre y se estremezca... El hombre sabe y puede mirar
aquello sin pestañear. Pero tiene que ser por lo menos tan
hombre como los que había en la orilla. Debe confrontar esa
verdad con su propia y verdadera esencia... con su propia fuerza
innata. Los principios no bastan. Adquisiciones, ropas, bonitos
harapos... harapos que volarían a la primera sacudida. No, lo
que se requiere es una creencia deliberada. ¿Hay allí algo que
me llama, en esa multitud demoniaca? Muy bien. La oigo, lo
admito, pero también tengo una voz y para bien o para mal no
puedo silenciarla. Por supuesto, un necio, aunque esté muy
austado y lleno de buenos sentimientos, está siempre a salvo.
¿Quién protesta? ¿Os preguntáis si también bajé a la orilla para
aullar y danzar? Pues no, no lo hice. ¿Nobles sentimientos,
diréis? ¡Al diablo con los nobles sentimientos! No tenía tiempo
para ellos. Tenía que mezclar albayalde con tiras de mantas de
lana para tapar los agujeros por donde entraba el agua. Tenía
que estar al tanto del gobierno del barco, evitar troncos, y
hacer que marchara aquella caja de hojalata por las buenas o por
las malas. Esas cosas poseen la suficiente verdad superficial
como para salvar a un hombre sabio. A ratos tenía, además, que
vigilar al salvaje que llevaba yo como fogonero. Era un
espécimen perfeccionado; podía encender una caldera vertical.
Allí estaba, debajo de mí y, palabra de honor, mirarlo resultaba
tan edificante como ver a un perro en una parodia con pantalones
y sombrero de plumas, paseando sobre sus patas traseras. Unos
meses de entrenamiento habían hecho de él un muchacho realmente
eficaz.
Observaba el
regulador de vapor y el carburador de agua con un evidente
esfuerzo por comprender, tenía los dientes afilados también,
pobre diablo, y el cabello lanudo afeitado con arreglo a un
modelo muy extraño, y tres cicatrices ornamentales en cada
mejilla. Hubiera debido palmotear y golpear el suelo con la
planta de los pies, y en vez de ello se esforzaba por realizar
un trabajo, iniciarse en una extraña brujería, en la que iba
adquiriendo nuevos conocimientos. Era útil porque había recibido
alguna instrucción; lo que sabía era que si el agua desaparecía
de aquella cosa transparente, el mal espíritu encerrado en la
caldera mostraría su cólera por la enormidad de su sed y tomaría
una venganza terrible. Y así sudaba, calentaba y observaba el
cristal con temor (con un talismán improvisado, hecho de trapos,
atado a un brazo, y un pedazo de hueso del tamaño de un reloj,
colocado entre la encía y el labio inferior), mientras las
orillas cubiertas de selva se deslizaban lentamente ante
nosotros, el pequeño ruido quedaba atrás y se sucedían millas
interminables de silencio... Y nosotros nos arrastrábamos hacia
Kurtz. Pero los troncos eran grandes, el agua traidora y poco
profunda, la caldera parecía tener en efecto un demonio hostil
en su seno, y de esa manera ni el fogonero ni yo teníamos tiempo
para internarnos en nuestros melancólicos pensamientos.
A unas
cincuenta millas de la estación interior encontramos una choza
hecha de cañas y, sobre ella, un mástil inclinado y melancólico,
con los restos irreconocibles de lo que había sido una bandera
ondeando sobre él, y al lado un montón de leña, cuidadosamente
apilado. Aquello constituía algo inesperado. Bajamos a la
orilla, y sobre la leña encontramos una tablilla con algunas
palabras borrosas. Cuando logramos descifrarlas, leímos: 'Leña
para ustedes. Apresúrense. Deben acercarse con precauciones.
Había una firma, pero era ilegible. No era la de Kurtz. Era una
palabra mucho más larga. Apresúrense. ¿Adónde? ¿Remontando el
río? ¿Acercarse con precauciones? No lo habíamos hecho así. Pero
la advertencia no podía ser para llegar a aquel lugar, ya que
nadie tendría conocimiento de su existencia. Algo anormal
encontraríamos más arriba. ¿Pero qué, y en qué cantidad? Ése era
el problema. Comentamos despectivamente la imbecilidad de aquel
estilo telegráfico. Los arbustos cercanos no nos dijeron nada, y
tampoco nos permitieron ver muy lejos.
Una cortina
destrozada de sarga roja colgaba a la entrada de la cabaña, y
rozaba tristemente nuestras caras. El interior estaba
desmantelado, pero era posible deducir que allí había vivido no
hacía mucho tiempo un blanco. Quedaba aún una tosca mesa, una
tabla sobre dos postes un montón de escombros en un rincón
oscuro y, cerca de la puerta, un libro que recogí
inmediatamente. Había perdido la cubierta y las páginas estaban
muy sucias y blandas, pero el lomo había sido recientemente
cosido con cuidado, con hilo de algodón blanco que aún
conservaba un aspecto limpio. El título era Una investigación
sobre algunos aspectos de náutica, y el autor un tal Towsen o
Towson, capitán al servicio de su majestad. El contenido era
bastante monótono, con diagramas aclaratorios y múltiples
láminas con figuras. El ejemplar tenía una antigüedad de unos
sesenta años. Acaricié aquella impresionante antigualla con la
mayor ternura posible, temeroso de que fuera a disolverse en mis
manos. En su interior, Towson o Towsen investigaba seriamente la
resistencia de tensión de los cables y cadenas empleados en los
aparejos de los barcos, y otras materias semejantes. No era un
libro apasionante, pero a primera vista se podía ver una unidad
de intención, una honrada preocupación por realizar seriamente
el trabajo, que hacía que aquellas páginas, concebidas tantos
años atrás, resplandecieran con una luminosidad no provocada
sólo por el interés profesional. El sencillo y viejo marino, con
su disquisición sobre cadenas y tuercas, me hizo olvidar la
selva y los peregrinos, en una deliciosa sensación de haber
encontrado algo inconfundiblemente real. El que un libro
semejante se encontrara allí era ya bastante asombroso, pero aún
lo eran más las notas marginales, escritas a lápiz, con
referencia al texto. ¡No podía creer en mis propios ojos!
Estaban escritas en lenguaje cifrado. Sí, aquello parecía una
clave. Imaginad a un hombre que llevara consigo un libro de esa
especie a aquel lugar perdido del mundo, lo estudiara e hiciera
comentarios en lenguaje cifrado. Era un misterio de lo más
extravagante.

Joseph Conrad,
cuyo verdadero nombre era Józef Teodor Konrad Korzeniowski, nació en
Berdichev, Polonia, actualmente en Ucrania. Fue educado en la
Polonia ocupada por Rusia. Su padre, un noble polaco empobrecido y
escritor, fue arrestado por sus actividades por los ocupantes rusos
y condenado a trabajos forzados en Siberia. Poco después, su madre
murió de tuberculosis en el exilio, y también su padre cuatro años
después a pesar de que se le había permitido volver a Cracovia. De
su padre heredó el amor a la literatura. Quedó huérfano a los 12
años, y a los 16 abandonó la Polonia ocupada por los rusos y se
trasladó a Marsella. Durante los siguientes cuatro años navegó en
barcos mercantes franceses, también luchó en España en las guerras
carlistas en las tropas de don Carlos y vivió una historia de amor
que lo llevó al borde del suicidio. Posteriormente se puso al
servicio de la Marina mercante inglesa y obtuvo la nacionalidad
británica en 1886; al cabo de unos años cambió su nombre para que
sonara más inglés. Durante la década siguiente navegó mucho, sobre
todo por Oriente. Las experiencias de Conrad, especialmente en el
archipiélago malayo y en el río Congo durante 1890, se reflejan en
sus relatos, escritos en inglés, que era su cuarta lengua tras el
polaco, el ruso y el francés. Publicó su primera novela y se casó
con Jessie George en 1895.
Conrad escribió
13 novelas, dos libros de memorias y 28 relatos cortos, pese a que
escribir le resultaba difícil y doloroso, como refleja este
comentario suyo tras completar la novela Nostromo (1904),
considerada por muchos críticos como su obra maestra: "un triunfo
por el que mis amigos podrán felicitarme como si hubiera salido de
una grave enfermedad". Además del esfuerzo de escribir, sobrellevó
el sufrimiento que le producía la gota, así como la parálisis de su
mujer y los exiguos ingresos que obtenía de su trabajo. La vida en
el mar y en puertos extranjeros constituye el telón de fondo de casi
todos sus relatos, pero su obsesión fundamental fue la condición
humana y la lucha del individuo entre el bien y el mal. Con
frecuencia el narrador es un marino retirado -posiblemente el alter
ego de Conrad, puesto que algunas de sus novelas se consideran
autobiográficas. Su estilo es rico y vigoroso, y su técnica
narrativa se sirve con habilidad de las interrupciones en el
discurso cronológico. La construcción de sus personajes es sólida y
eficaz. Conrad murió en 1924 de un ataque al corazón en
Bishopsbourne y fue enterrado en el cementerio de Canterbury, con
tres errores en su nombre en la tumba.

|