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El extranjero
Albert Camus 1913-1960
Premio Nóbel 1957
Primera edición: 1942
Título original: L'étranger
El extranjero es
una novela absolutamente plana. Los eventos que narra, a pesar de
tratar sobre un crimen y el subsiguiente juicio, parecen no tener
ningún peso en sí mismos, como si meramente pasaran flotando por las
páginas. Esto, como se ve, resulta completamente esencial tanto para
lo que pretende el relato, como para su muy discutida relación con
la filosofía del existencialismo y, curiosamente, para su
legibilidad. La escrupulosa simplicidad de Camus fundamenta la
historia a la vez en la cotidianeidad y en la fábula.Y se deja al
lector la tarea de resolver su ambigüedad.
Es esta una
novela que exhibe una inflexible disciplina a la hora de exponer una
vida en la que se realiza un trabajo de zapa del control
convencional del propio ser. No hay ninguna sagacidad técnica en la
ilustración de los temas que aborda: se nos ofrece, simplemente, un
periodo de tiempo de la vida de un hombre gris llamado Meursault, un
proscrito social que elige llevar una vida privada y solitaria. En
ese tiempo ocurren en su vida varios hechos significativos —como son
la muerte de su madre, el asesinato de un hombre y un juicio en el
que Meursault es condenado a muerte—, pero ninguno de ellos provoca
la respuesta emocional que cabría esperar de él. Se han enciontrado
ciertos paralelismos con Kafka: en la sugerencia de grandes
complejidades tras un estilo visiblemente parco y en el
distanciamiento onírico que lo rodea. Pero aquí no hay nada
surrealista: todo es mundano en el universo de Meursault, aunque él
apenas tiene control sobre ello. Dislocado tanto de los otros como
de su propia vida, el personaje de Meursault es una prueba de la
falta de sentido de la vida, más allá del sentido que uno quiera
darle. Comprobar y resignarse a esta esencial carencia de sentido es
lo que constituye, para Camus, el absurdo: un tema que desarrollará
más aún en obras posteriores.

El extranjero -
Fragmento
El sacerdote
miró alrededor y respondió con voz que me pareció súbitamente
muy vencida: «Sé que todas estas piedras sudan dolor. Nunca las
he mirado sin angustia. Pero, desde lo hondo del
corazón, sé que los más desdichados de ustedes han visto surgir
de su oscuridad un rostro divino. Se le pide a usted que vea ese
rostro.»
Me animé un
poco. Dije que hacía meses que miraba estas murallas. No existía
en el mundo nada ni nadie que conociera mejor. Quizá, hace mucho
tiempo, había buscado allí un rostro. Pero ese rostro tenía el
color del sol y la llama del deseo: era el de María. Lo había
buscado en vano. Ahora, se acabó. Y, en todo caso, no había
visto surgir nada de este sudor de piedra. El capellán me miró
con cierta tristeza. Yo estaba ahora completamente pegado a la
muralla y el día me corría sobre la frente. Dijo algunas
palabras que no oí y me preguntó rápidamente si le permitía
besarme. «No», contesté. Se volvió, caminó hacia la pared y la
palpó lentamente con la mano. «¿Ama usted esta tierra hasta ese
punto?», murmuró. No respondí nada. Quedó vuelto bastante
tiempo. Su presencia me pesaba y me molestaba. Iba a decirle que
se marchara, que me dejara, cuando gritó de golpe en una especie
de estallido, volviéndose hacia mí: «¡No, no puedo creerle!
¡Estoy seguro de que ha llegado usted a desear otra vida!» Le
contesté que naturalmente era así, pero no tenía más importancia
que desear ser rico, nadar muy rápido, o tener una boca mejor
hecha. Era del mismo orden. Me interrumpió y quiso saber cómo
veía yo esa otra vida. Entonces, le grité: «¡Una vida en la que
pudiera recordar ésta!», e inmediatamente le dije que era
suficiente. Quería aún hablarme de Dios, pero me adelanté hacia
él y traté de explicarle por última vez que me quedaba poco
tiempo. No quería perderlo con Dios. Ensayó cambiar de tema
preguntándome por qué le llamaba «señor» y no «padre». Esto me
irritó y le contesté que no era mi padre: que él estaba con los
otros. «No, hijo mío», dijo poniéndome la mano sobre el hombro.
«Estoy con usted. Pero no puede darse cuenta porque tiene el
corazón ciego. Rogaré por usted.»
Entonces, no
sé por qué, algo se rompió dentro de mí. Me puse a gritar a voz
en cuello y le insulté y le dije que no rogara y que más le
valía arder que desaparecer. Le había tomado por el cuello de la
sotana. Vaciaba sobre él todo el fondo de mi corazón con
impulsos en que se mezclaban el gozo y la cólera. Parecía estar
tan seguro, ¿no es cierto? Sin embargo, ninguna de sus certezas
valía lo que un cabello de mujer. Ni siquiera estaba seguro de
estar vivo, puesto que vivía como un muerto. Me parecía tener
las manos vacías. Pero estaba seguro de mí, seguro de todo, más
seguro que él, seguro de mi vida y de esta muerte que iba a
llegar. Sí, no tenía más que esto. Pero, por lo menos, poseía
esta verdad, tanto como ella me poseía a mí. Yo había tenido
razón, tenía todavía razón, tenía siempre razón. Había vivido de
tal manera y hubiera podido vivir de tal otra. Había hecho esto
y no había hecho aquello. No había hecho tal cosa en tanto que
había hecho esta otra. ¿Y después? Era como si durante toda la
vida hubiese esperado este minuto... y esta brevísima alba en la
que quedaría justificado. Nada, nada tenía importancia, y yo
sabía bien por qué. También él sabía por qué. Desde lo hondo de
mi porvenir, durante toda esta vida absurda que había llevado,
subía hacia mí un soplo oscuro a través de los años que aún no
habían llegado, y este soplo igualaba a su paso todo lo que me
proponían entonces, en los años no más reales que los que estaba
viviendo.
¡Qué me
importaban la muerte de los otros, el amor de una madre! ¡Qué me
importaban su Dios, las vidas que uno elige, los destinos que
uno escoge, desde que un único destino debía de escogerme a mí y
conmigo a millares de privilegiados que, como él, se decían
hermanos míos! ¿Comprendía, comprendía pues? Todo el mundo era
privilegiado. No había más que privilegiados. También a los
otros los condenarían un día. También a él lo condenarían. ¿Qué
importaba si acusado de una muerte lo ejecutaban por no haber
llorado en el entierro de su madre? El perro de Salamano valía
tanto como su mujer. La mujercita autómata era tan culpable como
la parisiense que se había casado con Masson, o como María, que
había deseado casarse conmigo. ¿Qué importaba que Raimundo fuese
compañero mío tanto como Celeste, que valía más que él? ¿Qué
importaba que María diese hoy su boca a un nuevo Meursault?
Comprendía, pues, este Condenado, que desde lo hondo de mi
porvenir... Me ahogaba gritando todo esto. Pero ya me quitaban
al capellán de entre las manos y los guardianes me amenazaban.
Sin embargo, él los calmó y me miró en silencio. Tenía los ojos
llenos de lágrimas. Se volvió y desapareció.
En cuanto
salió, recuperé la calma. Me sentía agotado y me arrojé sobre el
camastro. Creo que dormí porque me desperté con las estrellas
sobre el rostro. Los ruidos del campo subían hasta mí. Olores a
noche, a tierra y a sal me refrescaban las sienes. La
maravillosa paz de este verano adormecido penetraba en mí como
una marea. En ese momento y en el límite de la noche, aullaron
las sirenas. Anunciaban partidas hacia un mundo que ahora me era
para siempre indiferente. Por primera vez desde hacía mucho
tiempo pensé en mamá. Me pareció que comprendía por qué, al
final de su vida, había tenido un «novio», por qué había jugado
a comenzar otra vez. Allá, allá también, en torno de ese asilo
en el que las vidas se extinguían, la noche era como una tregua
melancólica. Tan cerca de la muerte, mamá debía de sentirse allí
liberada y pronta para revivir todo. Nadie, nadie tenía derecho
de llorar por ella. Y yo también me sentía pronto a revivir
todo. Como si esta tremenda cólera me hubiese purgado del mal,
vaciado de esperanza, delante de esta noche cargada de presagios
y de estrellas, me abría por primera vez a la tierna
indiferencia del mundo. Al encontrarlo tan semejante a mí, tan
fraternal, en fin, comprendía que había sido feliz y que lo era
todavía. Para que todo sea consumado, para que me sienta menos
solo, me quedaba esperar que el día de mi ejecución haya muchos
espectadores y que me reciban con gritos de odio.

Albert Camus
nació el 7 de noviembre de 1913 en Mondovi, actualmente Drean,
Argelia, en una familia de colonos franceses (pieds-noirs). Era de
origen español por parte de madre, concretamente menorquín. Su
padre, Lucien Camus trabajaba en una finca vinícola, para un
comerciante de vinos de Argel. Fue ahí, en el departamento de
Constantina, donde nació el escritor. Un año más tarde el padre
muere en la primera batalla del Marne, durante la I Guerra Mundial,
y la familia se muda a Argel. Estudió en la universidad pero sus
estudios se interrumpieron pronto debido a una tuberculosis. Formó
una compañía de teatro de aficionados que representaba obras a las
clases trabajadoras; también trabajó como periodista y viajó mucho
por Europa. En 1939, publicó Bodas, un conjunto de artículos que
incluían reflexiones inspiradas por sus lecturas y viajes. En 1940,
se trasladó a París y formó parte de la redacción del periódico
Paris-Soir. Durante la II Guerra Mundial fue miembro activo de la
Resistencia francesa y de 1945 a 1947, director de Combat, una
publicación clandestina. Argelia sirve de fondo a la primera novela
que publicó Camus, El extranjero, y a la mayoría de sus narraciones
siguientes.
Considerado uno
de los escritores más importantes posteriores a 1945, su obra,
caracterizada por un estilo vigoroso y conciso, refleja la filosofía
del absurdo, la sensación de alienación y desencanto junto a la
afirmación de las cualidades positivas de la dignidad y la
fraternidad humana. Camus, que obtuvo en 1957 el Premio Nobel de
Literatura, murió en un accidente de coche en Villeblerin, Francia,
el 4 de enero de 1960.
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