|
El guardián
entre el centeno
J.D. Salinger - 1919
Primera edición: 1951
Titulo original: The Catcher in the Rye
El guardián
entre el centeno presenta la deslumbrante autobiografía ficticia de
un adolescente estadounidense, Holden Caulfield, un tipo de
dieciséis años es expulsado del cuarto colegio porque suspende
demasiadas asignaturas. Se va a Nueva York y permanece allí
acumulando experiencias durante dos días, sin atreverse a ir a casa,
mientras una serie de "flashbacks" conectan y explican los problemas
y la manera de pensar de Holden. Estos acontecimientos de escasa
relevancia sirven, no obstante, para dar un repaso completo a los
defectos de la condición humana y a la hipocresía inherente a la
dimensión social del hombre.
Ensombrecido por
angustias apocalípticas («Hasta me alegro de que hayan inventado la
bomba atómica. Si hay otra guerra, me voy a sentar justo encima de
ella»), es también un extraordinario estudio de un duelo negado o
imposible, el de Holden por Allie,su hermano menor muerto. Una vez
que le preguntaron «quién era el mejor poeta de la guerra, Rupert
Brooke o Emily Dickinson», Allie dijo que Dickinson. La novela de
Salinger es también una especie de poesía bélica. Está en guerra
contra los valores «falsos» de los adultos estadounidenses (ricos,
de clase media, blancos, patriarcales), pero también consigo mismo.
Holden ridiculiza brillantemente a los que le rodean, pero al
hacerlo, inevitablemente, se ridiculiza a sí mismo.
Divertida y
turbadora, satírica y extrañamente conmovedora a la vez, El guardián
entre el centeno, está escrita en un estilo engañosamente sencillo y
coloquial: «Lo que me flipa en un libro es que, cuando has acabado
de leerlo, te gustaría que el autor fuera un gran amigo tuyo y
pudieras llamarlo por teléfono siempre que quisieras». Las novelas
que hay que necesariamente hay que leer son novelas así. ¿Hasta qué
punto es falso ese teléfono? La voz de Salinger está enigmáticamente
oculta en la de Holden. Está presente la seductora facilidad e
intimidad de alguien que nos habla directamente. Al mismo tiempo, el
lector tiene la sensación de que quizá el tono de toda la obra solo
sea audible de verdad para el hermano muerto.
El guardian
entre el centeno - Fragmento
No debí
dormir mucho porque eran como las diez cuando me desperté. En
cuanto me fumé un cigarrillo sentí hambre. No había tomado nada
desde las hamburguesas que había comido con Brossard y con
Ackley cuando fuimos a Agerstown para ir al cine. Y desde
entonces había pasado mucho tiempo. Como cincuenta años. Había
un teléfono en la mesilla y estuve a punto de llamar para que me
subieran el desayuno, pero de pronto se me ocurrió que a lo
mejor me lo mandaban con el tal Maurice. Como no me seducía la
idea de verle de nuevo, me quedé en la cama un rato más y fumé
otro cigarrillo. Pensé en llamar a Jane para ver si estaba ya en
casa, pero no me encontraba muy en vena.
Lo que hice en cambio fue llamar a Sally Hayes. Sabía que estaba
de vacaciones porque iba al colegio Mary Woodruff y porque me lo
había dicho en una carta. No es que me volviera loco, pero la
conocía hacía años. Antes yo era tan tonto que la consideraba
inteligente porque sabía bastante de literatura y de teatro, y
cuando alguien sabe de esas cosas cuesta mucho trabajo llegar a
averiguar si es estúpido o no. En el caso de Sally me llevó años
enteros darme cuenta de que lo era: Creo que lo hubiera sabido
mucho antes si no hubiéramos pasado tanto tiempo besándonos y
metiéndonos mano. Lo malo que yo tengo es que siempre tengo que
pensar que la chica a la que estoy besando es inteligente. Ya sé
que no tiene nada que ver una cosa con otra, pero no puedo
evitarlo. No hay manera.
Pero como les iba diciendo, al final me decidí a llamarla.
Primero contestó la criada. Luego su padre. Al final se puso
ella.
—¿Sally? —le
dije.
—Sí. ¿Quién es? —preguntó. ¡Qué falsa era la tía! Sabía
perfectamente que era yo porque acababa de decírselo su padre.
—Holden Caulfield. ¿Cómo estás?
—Hola, Holden. Muy bien, ¿y tú?
—Bien también. Pero, dime, ¿cómo te va? ¿Qué tal por el colegio?
—Muy bien —me dijo—. Como siempre, ya sabes...
—Estupendo. Oye, ¿tienes algo que hacer hoy? Es domingo, pero
siempre habrá alguna función de teatro por la tarde. De esas
benéficas, ya sabes. ¿Te gustaría que fuéramos?
—Muchísimo. Es una idea encantadora.
Encantadora.
Si hay una palabra que odio, es ésa. Suena de lo más hipócrita.
Se me pasó por la cabeza decirle que se olvidara del asunto,
pero seguimos hablando un poco. Mejor dicho, siguió hablando
ella. No había forma de encajar una palabra ni de canto. Primero
me habló de un tipo de Harvard que, según ella, no la dejaba ni
a sol ni a sombra. Seguro que era del primer curso, pero eso se
lo calló, claro. Me dijo que la llamaba día y noche. ¡Día y
noche! ¡Menuda cursilería! Luego me habló de otro, un cadete de
West Point, que también estaba loco por ella. ¡El rollazo que me
dio! Le dije que estaría debajo del reloj del Biltmore a las dos
en punto y que no llegara tarde porque la función empezaría
seguramente a las dos y media. Siempre llegaba con una hora de
retraso. Luego colgué. La tal Sally me daba cien patadas pero
había que reconocer que era muy guapa.
Después de
hablar por teléfono, me levanté, me vestí y cerré la maleta.
Antes de salir miré por la ventana a ver qué hacían los
pervertidos, pero tenían todas las persianas echadas. Se ve que
durante el día les daba por lo decente. Luego bajé al vestíbulo
en ascensor y pagué la cuenta. El Maurice de marras había
desaparecido el muy cerdo. Naturalmente tampoco me maté a
buscarle.
Al salir del hotel cogí un taxi, aunque no tenía ni la más
remota idea de adonde ir. La verdad es que no sabía qué hacer.
Era domingo y no podía volver a casa hasta el miércoles, o, por
lo menos, hasta el martes. No tenía ninguna gana de meterme en
otro hotel a que ' me machacaran los sesos, así que le dije al
taxista que me llevara a la estación Grand Central, que estaba
muy cerca del Biltmore, donde había quedado con Sally. Pensé que
lo mejor sería dejar las maletas en la consigna y después ir a
desayunar. Estaba hambriento. En el taxi saqué la cartera y
conté el dinero que me quedaba. No recuerdo cuánto era
exactamente, pero, desde luego, no una fortuna. En dos semanas
me había gastado un dineral. De verdad. Soy un manirroto
horrible. Y lo que no gasto, lo pierdo. Muchísimas veces hasta
me olvido de recoger el cambio en los restaurantes, y en las
salas de fiestas, y sitios así. A mis padres les saca de quicio
y con razón. Pero papá tiene mucho dinero. No sé cuánto gana
—nunca me lo ha dicho—, pero me imagino que mucho. Es abogado de
empresa y los tíos que se dedican a eso se forran. Además, debe
tener bastante pasta porque siempre está interviniendo en obras
de teatro de Broadway. Todas acaban en unos fracasos horribles y
mi madre se lleva unos disgustos de miedo. Desde que murió Allie
no anda muy bien de salud. Está siempre muy nerviosa. Por eso me
preocupaba que me hubieran echado otra vez.
Después de
dejar las maletas en la estación, entré en un bar a desayunar.
En comparación con lo que suelo tomar por las mañanas, aquel día
comí muchísimo: zumo de naranja, huevos con jamón, tostada y
café. Por lo general sólo tomo un zumo. Como muy poco. De
verdad. Por eso estoy tan delgado. El médico me había dicho que
tenía que hacer un régimen especial de mucho carbohidrato y
porquerías de esas para engordar, pero yo nunca le hacía caso.
Cuando no como en casa, generalmente tomo a mediodía un sandwich
de queso y un batido. No es mucho, ya sé, pero el batido tiene
un montón de vitaminas. H. V. Caulfield, así deberían llamarme.
Holden Vitaminas Caulfield.
Mientras me
comía los huevos, entraron dos monjas y se sentaron en la barra
a mi lado. Supongo que se mudaban de un convento a otro y
estaban esperando el tren. No sabían dónde dejar sus maletas que
eran de esas baratas como de cartón. Ya sé que no hay que dar
importancia a esas cosas, pero no aguanto las maletas baratas.
Reconozco que es horrible, pero puedo llegar a odiar a una
persona sólo porque lleve una maleta de ésas. Una vez, cuando
estaba en Elkton Hills, tuve por compañero de cuarto una
temporada a un tal Dick Slagle. Tenía unas maletas horribles y
las escondía debajo de la cama en vez de ponerlas encima de la
red para que nadie las comparara con las mías. Aquello me
deprimía tanto que hubiera preferido tirar mis maletas o hasta
cambiarlas por las suyas. Me las había comprado mi madre en Mark
Cross; eran de piel auténtica y supongo que le habían costado
una fortuna. Pero la cosa tuvo gracia. No se imaginan lo que
ocurrió. Un día las metí debajo de la cama para que no le dieran
a Slagle complejo de inferioridad. Pues verán lo que hizo él. Al
día siguiente las sacó y volvió a ponerlas en la red. Al final
caí en la cuenta de que lo había hecho para que todos creyeran
que eran las suyas. De verdad. Para todo ese tipo de cosas
Slagle era un tipo rarísimo. Por ejemplo, siempre se estaba
metiendo conmigo y diciéndome que tenía unas maletas muy
burguesas.
Esa era su palabra favorita. Se ve que la había oído o leído en
algún sitio. Todo lo que yo tenía era burgués. Hasta la pluma
estilográfica. Me la pedía prestada todo el tiempo, pero decía
que era burguesa. Sólo fuimos compañeros de cuarto dos meses.
Los dos pedimos que nos cambiaran. Y lo más gracioso es que
cuando lo hicieron me arrepentí, porque Slagle tenía un sentido
del humor estupendo y a veces lo pasábamos muy bien. Y no me
sorprendería saber que él también me echó de menos. Al principio
cuando me llamaba burgués y todas esas cosas se notaba que lo
decía en broma y no me molestaba. Hasta lo encontraba gracioso.
Pero después me di cuenta de que empezaba a decirlo en serio. Lo
cierto es que resulta muy difícil compartir la habitación con un
tío que tiene unas maletas mucho peores que las tuyas. Lo
natural sería que a una persona inteligente y con sentido del
humor le importaran un rábano ese tipo de cosas, pero resulta
que no es así. Resulta que sí importa. Por eso prefería
compartir el cuarto con un cabrón como Stradlater que al menos
tenía unas maletas tan caras como las mías.
Pero, como
les iba diciendo, las dos monjas se sentaron a desayunar en la
barra y charlamos un rato....

Jerome David
Salinger nació en Nueva York el 1 de enero de 1919, hijo de Marie
Jilich, una mujer católica de origen irlandés, y de Sol Salinger, un
polaco de religión judía emigrado a los Estados Unidos. Estudiante
poco brillante, no finalizó sus estudios en el colegio aunque
estudió brevemente en la Universidad de Columbia materias
relacionadas con la literatura. En cambio, se graduó en la Academia
Militar Valley Forge. Siendo sargento de infantería participó en el
desembarco de Normandía durante la Segunda Guerra Mundial. Empezó a
escribir cuentos en 1938, siendo algunos de ellos publicados en
diferentes periódicos sin demasiado éxito. En 1945 se casó con una
doctora francesa llamada Sylvia. Un año después la pareja se
divorciaría. En 1951 publicó El guardián entre el centeno, de gran
repercusión social. Salinger, un hombre tímido y solitario, poco
amigo de la fama, rechazaba conceder entrevistas, ser fotografiado y
permaneció recluido gran parte de su existencia en Cornish, New
Hampshire. En 1955 se casaría con Claire Douglas, hija del crítico
de arte Robert Langdon Douglas, con quien tuvo dos hijos A mitad de
la década se divorció de Claire y se retiró definitivamente de la
vida pública dedicando su tiempo al budismo zen, al vegetarianismo,
a la homeopatía y a contemplar películas clásicas y programas y
series de televisión, ya que Salinger es un adicto a la pequeña
pantalla. También pasó fugazmente por la Iglesia de la Cienciología.
Su tercera esposa es una enfermera llamada Colleen. En 1965 se
retiró de manera definitiva (aunque ya vivía allí desde la década de
los 50) al campo, a Cornish, New Hamshire, y desde entonces vive
como un ermitaño. Se divorció dos años después. La leyenda dice que
tiene 15 obras escritas que se niega a publicar; probablemente por
su excesiva sensibilidad a la hora de recibir críticas por parte del
publico.
|