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El lobo
estepario
Hermann Hesse 1877-1962
Primera edición: 1927
Título original: Der Steppenwolf

Harry Haller, el
protagonista de El lobo estepario, se siente terriblemente
desgarrado entre dos personalidades diametralmente opuestas. Una de
ellas está asociada con el intelecto y los nobles ideales a los que
aspira, mientras que la otra consiste en los bajos instintos y en
los deseos de la carne. El lobo estepario describe esa tensión que
domina la vida interior de Haller desde tres perspectivas distintas:
la del sobrino de su casera, un joven burgués, la de un panfleto
psicoanalítico y la del propio relato autobiográfico de Haller. Con
la ayuda de algunos de los demás personajes de la novela, Haller
descubre poco a poco que «cada yo, lejos de ser una unidad, es un
mundo de una extraordinaria multiplicidad, un cielo constelado, un
caos de formas diversas...». Decidido a explorar esos aspectos
múltiples de su ser, Haller experimenta con su sexualidad, frecuenta
clubs de jazz en los que aprende a bailar el fox-trot, y se
relaciona con grupos de personas a las que antes miraba de manera
burlona y condescendiente. Llega a darse cuenta así de que esos
movimientos de búsqueda son tan valiosos como la emoción de los
hallazgos intelectuales. El carácter extremadamente experimental de
la conclusión del libro puede inspirar perplejidad y explica hasta
cierto punto que El lobo estepario sea la obra más incomprendida de
Hesse.
Encrucijada de
todas las obsesiones e intuiciones de Hermann Hesse y exponente de
su singular talento para el relato, El lobo estepario se inscribe
dentro del empeño, patente a lo largo de toda su obra, por iluminar
la zona oscura de la condición humana a fin de poner al descubierto
su carga trágica y su incierto destino. Ser solitario e
incomunicado, extraño y extrañado, Harry Haller, protagonista de
esta emblemática novela, ha acabado convirtiéndose en un arquetipo
literario en el que se reconocen quienes padecen los devastadores
efectos deshumanizadores de una sociedad insolidaria y atomizada.
El lobo
estepario - Fragmento
Es algo
hermoso esto de la autosatisfacción, la falta de preocupaciones,
estos días llevaderos, a ras de tierra, en los que no se atreven
a gritar ni el dolor ni el placer, donde todo no hace sino
susurrar y andar de puntillas. Ahora bien, conmigo se da el
caso, por desgracia, de que yo no soporto con facilidad
precisamente esta semisatisfacción, que al poco tiempo me
resulta intolerablemente odiosa y repugnante, y tengo que
refugiarme desesperado en otras temperaturas, a ser posible por
la senda de los placeres y también por necesidad por el camino
de los dolores. Cuando he estado una temporada sin placer y sin
dolor y he respirado la tibia e insípida soportabilidad de los
llamados días buenos, entonces se llena mi alma infantil de un
sentimiento tan doloroso y de miseria, que al dormecino dios de
la semisatisfacción le tiraría a la cara satisfecha la mohosa
lira de la gratitud, y más me gusta sentir dentro de mí arder un
dolor verdadero y endemoniado que esta confortable temperatura
de estufa. Entonces se inflama en mi interior un fiero afán de
sensaciones, de impresiones fuertes, una rabia de esta vida
degradada, superficial, esterilizada y sujeta a normas, un deseo
frenético de hacer polvo alguna cosa, por ejemplo, unos grandes
almacenes o una catedral, o a mí mismo, de cometer temerarias
idioteces, de arrancar la peluca a un par de ídolos generalmente
respetados, de equipar a un par de muchachos rebeldes con el
soñado billete para Hamburgo, de seducir a una jovencita o
retorcer el pescuezo a varios representantes del orden social
burgués. Porque esto es lo que yo más odiaba, detestaba y
maldecía principalmente en mi fuero interno: esta
autosatisfacción, esta salud y comodidad, este cuidado optimismo
del burgués, esta bien alimentada y próspera disciplina de todo
lo mediocre, normal y corriente.
En tal
disposición de ánimo terminaba yo, al oscurecer, aquel día
adocenado y llevadero. No lo terminaba de la manera normal y
conveniente para un hombre algo enfermo, entregándome a la cama
preparada y provista de una botella de agua caliente a modo de
imán; sino que insatisfecho y asqueado por mi poquito de trabajo
y descorazonado, me calcé los zapatos, me embutí en el abrigo,
dirigiéndome a la calle rodeado de niebla y oscuridad, para
beber en la hostería del Casco de Acero lo que los hombres que
beben llaman «un vaso de vino«, según un convencionalismo
antiguo.
Así bajaba
yo, pues, la escalera de mi sotabanco, estas penosas escaleras
de la tierra extraña, estas escaleras burguesas, cepilladas y
limpias, de una decentísima casa de alquiler para tres familias,
junto a cuyo tejado tenía yo mi celda. No sé cómo es esto, pero
yo, el lobo estepario sin hogar, el enemigo solitario del mundo
de la pequeña burguesía, yo vivo siempre en verdaderas casas
burguesas. Esto debe ser un viejo sentimentalismo por mi parte.
No vivo en palacios ni en casas de proletarios, sino siempre
exclusivamente en estos nidos de la pequeña burguesía,
decentísimos, aburridísimos e impecablemente cuidados, donde
huele a un poco de trementina y a un poco de jabón y donde uno
se asusta, si alguna vez se da un golpazo al cerrar la puerta de
la casa o si se entra con los zapatos sucios. Me gusta sin duda
esta atmósfera desde los años de mi infancia, y mi secreta
nostalgia hacia algo así como un hogar me lleva, sin esperanza,
una y otra vez, por estos necios caminos.
Así es, y me
gusta también el contraste en el que está mi vida, mi vida
solitaria, ajetreada y sin afectos, completamente desordenada,
con este ambiente familiar y burgués. Me complace respirar en la
escalera este olor de quietud, orden, limpieza, decencia y
domesticidad, que a pesar de mi odio a la burguesía tiene
siempre algo emotivo para mí, y me complace luego atravesar la
puerta de mi cuarto, donde todo esto termina, donde entre los
montones de libros me encuentro las colillas de los cigarros y
las botellas de vino, donde todo es desorden, abandono e
incuria, y donde todo, libros, manuscritos, ideas, está sellado
e impregnado por la miseria del solitario, por la problemática
de la naturaleza humana, por el vehemente afán de dotar de un
nuevo sentido a la vida del hombre que ha perdido el que tenía.

Hermann Hesse
nació el 2 de julio de 1877 en Calw, Alemania. Hijo de un antiguo
misionero, ingresó en un seminario, pero pronto abandonó la escuela.
En consecuencia, se educó él mismo a base de lecturas. De joven
trabajó en una librería y se dedicó al periodismo por libre. Durante
la I Guerra Mundial, Hesse, que era pacifista, se trasladó a
Montagnola, Suiza; se hizo ciudadano suizo en 1923. La desesperanza
y la desilusión que le produjeron la guerra y una serie de tragedias
domésticas, y sus intentos por encontrar soluciones, se convirtieron
en el asunto de su posterior obra novelística. Sus escritos se
fueron enfocando hacia la búsqueda espiritual de nuevos objetivos y
valores que sustituyeran a los tradicionales, que ya no eran
válidos. Influenciado por la obra del psiquiatra suizo Carl Jung, al
que Hesse descubrió en el curso de su propio psicoanálisis, las
novelas de Hesse se fueron haciendo cada vez más simbólicas y
acercándose más al psicoanálisis.
El lobo
estepario es quizás la novela más innovadora de Hesse. La doble
naturaleza del artista-héroe —humana y licantrópica— le lleva a un
laberinto de experiencias llenas de pesadillas; así, la obra
simboliza la escisión entre la individualidad rebelde y las
convenciones burguesas. También se han publicado varios volúmenes de
su poesía nostálgica y lúgubre. Hesse, ganador del Nóbel de
Literatura en 1946, murió el 9 de agosto de 1962 en Suiza.
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