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El Maestro y
Margarita
1929 y 1940
Mijail Bulgakov - 1891-1940
Título original: Master i Margarita
Fecha de publicación: 1966
El Maestro y
Margarita es la mejor obra de Mijail Bulgakov. Trata de los
problemas eternos del bien y el mal, utilizando narraciones en
paralelo, una de ellas situada en el Moscú contemporáneo y la otra
en la Judea de Poncio Pilatos, y oscila de la fantasía y la sátira
humorística a la tragedia.
Moscú, 1930.
Sobre la ciudad desciende Satán bajo la forma de un profesor de
ciencias ocultas. A partir de entonces, se suceden fenómenos
prodigiosos que trastornan la vida de los moscovitas. Entre los
afectados está Margarita, a la que Satán ofrece, a cambio de su
compañía en una fiesta, la liberación de su amante, el Maestro, que
se encuentra en un psiquiátrico después de la mala acogida de su
obra sobre Poncio Pilato (que esconde a la figura de Stalin) y
Yehosua. Margarita accede y Satán, conmovido por el amor de ambos,
los lleva al más allá, donde disfrutarán de la plenitud de su amor.
El Maestro y Margarita, escrita entre 1928 y 1940 y publicada en
1966, son tres novelas en una: la crónica del Moscú enloquecido por
Satán, la historia de los protagonistas, relacionada con el mito de
Fausto, y el desarrollo de la propia novela del Maestro. Por su gran
aliento poético e intención crítica es sin duda una de las obras
maestras de la literatura del siglo XX.
El planteamiento
es en apariencia ridículo. Satanás aparece en el Moscú ateo
acompañado de una troupe de demonios dispuestos a castigar con
crueldad la hipocresía y el oportunismo que la burocracia y la
miseria humana parecen hacer crecer del mismo asfalto. Al mismo
tiempo asistimos al desarrollo de otra línea argumental: Jerusalén,
año 33. Poncio Pilatos debe juzgar en la oscuridad. La trama es
llevada por unos personajes desquiciados y cincelados con delicadeza
y precisión que resumen las contradicciones del mundo en su
comportamiento. Las varias líneas argumentales crecen, se
entremezclan y complican con una seguridad y velocidad que parecen
querer aprovechar el corto verano antes que el invierno las hiele,
envolviendo la narración en magia, un humor satírico y terrible de
noche veraniega de brujas, aquelarres, magia en una sociedad
cientifista y burocratizada. Humor que podría haber hecho de El
maestro y Margarita una sátira despiadada -que lo es- pero que
enriquecido por la acción de un Poncio Pilatos muy alejado del
estándar y un maestro y una Margarita que solo saben oponer la
tristeza y la resignación a las fuerzas que los bambolean lejos de
sus deseos de felicidad, la convierten en algo más.

El Maestro y
Margarita - Fragmento
¡Adelante,
lector! ¿Quién te ha dicho que no puede haber amor verdadero,
fiel y eterno en el mundo, que no existe? ¡Que le corten la
lengua repugnante a ese mentiroso! ¡Sígueme, lector, a mí, y
sólo a mí, yo te mostraré ese amor! ¡No! Se equivocaba el
maestro cuando en el sanatorio a esa hora de la noche, pasadas
las doce, le decía a Ivánushka que ella le habría olvidado.
Imposible. Ella no le había olvidado, naturalmente.
Pero en
primer lugar vamos a descubrir el secreto que el maestro no
quiso contar a Iván. Su amada se llamaba Margarita Nikoláyevna.
Y todo lo que de ella contó el pobre maestro era la pura verdad.
Había hecho una descripción muy justa de su amada. Era
inteligente y hermosa y aún añadiríamos algo más: con toda
seguridad muchas mujeres lo hubieran dado todo con tal de
cambiar su vida por la de Margarita Nikoláyevna. Era una mujer
de treinta años, sin hijos, casada con un gran especialista que
había hecho un descubrimiento de importancia nacional. Su marido
era joven, apuesto, bueno y honrado y quería a su mujer con
locura. Margarita Nikoláyevna y su marido ocupaban toda la
planta alta de un precioso chalet con jardín en una bocacalle de
Arbat. ¡Qué sitio tan maravilloso! Cualquiera que lo desee,
puede comprobarlo visitando el jardín. Que se dirija a mí y le
daré las señas, le enseñaré el camino, porque el chalet existe
todavía...
A Margarita
Níkoláyevna no le faltaba el dinero. Podía satisfacer todos sus
caprichos. Entre los amigos de su marido había personas
interesantes. Margarita Nikoláyevna no conocía los horrores de
la vida en un piso colectivo. En resumen... ¿era feliz? ¡Ni un
solo momento! Desde que se casó a los diecinueve años y se
encontró en el chalet, no tuvo un solo día feliz. ¡Dioses,
dioses míos! ¿Qué le hacía falta a esta mujer? ¿Qué necesitaba
esta mujer que siempre tenía en sus ojos un fuego extraño? ¿Qué
necesitaba esta bruja, un poco bizca, que un día de primavera se
puso unas mimosas de adorno? No lo sé. Seguramente, dijo la
verdad; le necesitaba a él, al maestro, ni el palacete gótico,
ni el jardín para ella sola ni el dinero. Le quería, era verdad
que le quería.
A mí, que
soy el narrador de esta verdad, pero ajeno a su historia al fin
y al cabo, a mí, incluso a mí, se me encoge el corazón cuando
pienso en lo que sufriría Margarita, al volver al día siguiente
a casa del maestro (afortunadamente sin haber hablado con su
marido, que no había vuelto el día prometido) y enterarse de que
el maestro no estaba allí. Hizo todo lo posible por indagar,
pero naturalmente, no pudo averiguar nada. Volvió al chalet y
continuó su vida en el lugar de antes. Pero cuando desapareció
la nieve sucia de las aceras y las calzadas, y entró por las
ventanas el viento inquieto y húmedo de la primavera, el
sufrimiento de Margarita Nikoláyevna fue más insoportable aún
que en el invierno. Lloraba muchas veces a escondidas, con
amargura; no sabía si amaba a un hombre vivo o muerto ya. Y
cuantos más días desesperados transcurrían, más se aferraba a la
idea de que estaba unida a un muerto.
Tenía que
olvidarle o morir ella también. No podía seguir viviendo así.
¡Era imposible! Olvidarle —costara lo que costara—, ¡olvidarle!
Pero lo peor era que no le olvidaba.
—¡Sí, sí, aquella equivocación! —decía Margarita, sentada junto
a la chimenea mirando al fuego, encendido como recuerdo de otro
fuego que ardía un día que él escribía sobre Poncio Pilatos—.
¿Por qué me iría aquella noche? ¿Para qué? ¡Qué locura hice!
Volví al día siguiente como le prometí, pero ya era tarde. Sí,
volví, como el pobre Leví Mateo, ¡demasiado tarde! —Estas
palabras eran inútiles, porque, en realidad, ¿qué habría
cambiado si se hubiera quedado con el maestro aquella noche? ¿Se
podría haber salvado acaso? ¡Qué absurdo! —diríamos nosotros,
pero no lo hacemos ante una mujer roída por la desesperación. El
mismo día en que una ola de escándalo, provocada por la
aparición del nigromante, sacudía Moscú, el viernes que el tío
de Berlioz fue enviado a Kíev, que detuvieron al contable y
pasaron tantas otras cosas más, absurdas e incomprensibles,
Margarita se despertó en su dormitorio casi al mediodía. La
habitación tenía una ventana que daba a la torre del palacete.
En contra de lo que solía sucederle, esta vez Margarita no se
echó a llorar al despertarse, porque tenía el presentimiento de
que, por fin, algo iba a ocurrir. Cuando se dio cuenta de su
corazonada, empezó a acariciar la idea, a fomentarla en su alma,
temiendo que, de otro modo, la abandonara.
—Tengo fe
—susurraba Margarita solemnemente—, ¡tengo fe! ¡Algo va a pasar!
No puede dejar de suceder, porque si no, ¿por qué tengo que
sufrir este dolor hasta el final de mis días? Confieso que he
vivido una doble vida oculta a los demás, pero el castigo no
puede ser tan cruel... Algo tiene que suceder inevitablemente,
porque es imposible que esto dure siempre. Además estoy segura
de que mi sueño ha sido profético, lo juraría...
Así hablaba
Margarita Nikoláyevna, mirando las cortinas rojas inundadas de
sol, mientras se vestía apresuradamente y peinaba su pelo rizado
delante de un espejo de tres caras. Aquella noche Margarita
había tenido un sueño extraordinario. Durante su invierno de
tortura no había soñado jamás con el maestro. De noche la
abandonaba y sufría sólo por el día. Y aquella noche lo había
visto. Había soñado con un lugar desconocido: triste,
desesperante, con un cielo oscuro de primavera temprana. Aquel
cielo gris, como despedazado, y bajo el cielo una bandada de
grajos silenciosos. Un puentecillo tortuoso cruzaba un río
turbio, primaveral. Unos árboles desnudos, tristes y pobres. Un
álamo solitario, y más lejos, entre los árboles, tras un huerto,
una choza de madera, que podía ser una cocina o un baño público,
¡quién sabe! Todo parecía muerto, helaba la sangre en las venas
y daban unas ganas tremendas de ahorcarse en ese mismo álamo
junto al puente. Ni una brisa, ni un movimiento de las nubes, ni
un alma. ¡Qué lugar más espantoso para un hombre vivo!
Y figúrense
que de pronto se abría la puerta de la choza y aparecía él.
Bastante lejos, pero se le distinguía bien. Andrajoso, vestido
de una manera muy extraña. Despeinado y sin afeitar. Con los
ojos enfermos, inquietos. Le hacía señas con la mano,
llamándola. Ahogándose en aquel aire inhabitable, Margarita
corría hacia él por la tierra desigual, cuando se despertó.
«Esto puede significar dos cosas —pensaba Margarita—: o está
muerto y me llama, entonces es que ha venido a buscarme y pronto
voy a morirme, o está vivo y el sueño es que quiere que le
recuerde. Dice que pronto nos veremos... Sí, sí, ¡nos vamos a
ver muy pronto!»
Margarita se
vistió, excitada todavía; trataba de convencerse de que en
realidad, todo se estaba arreglando muy bien y había que saber
aprovechar los momentos propicios. Su marido se había ido en
comisión de servicio por tres días. Durante tres días Margarita
estaría completamente sola, nadie podría impedirle pensar en lo
que quisiera y soñar con lo que le gustase. Las cinco
habitaciones de la planta alta del palacete, que causarían la
envidia a miles de personas de Moscú, estaban a su disposición.
Sin embargo, al sentirse libre por tres días en su precioso
piso, Margarita eligió un lugar, que no era el mejor, ni mucho
menos. Después de tomar el té, fue a una habitación oscura, sin
ventanas, donde, en dos grandes armarios, se guardaban las
maletas y toda clase de trastos. Se puso en cuclillas, abrió el
cajón de abajo de un armario y, levantando un montón de retales
de seda, sacó su único tesoro. Tenía en sus manos un viejo álbum
de piel marrón, en que había una fotografía del maestro, la
libreta de la caja de ahorros con el ingreso de diez mil rublos
a su nombre, unos pétalos secos de rosa colocados entre papel de
seda y una parte de un cuaderno in folio, escrito a máquina y
con el borde inferior quemado.
Regresó a su
dormitorio con el tesoro, colocó la foto en el espejo de tres
caras, se sentó delante y así permaneció cerca de una hora,
sosteniendo en las rodillas el quemado cuaderno, pasando las
páginas y releyendo aquello, que ahora, quemado, no tenía
principio ni fin: «...la oscuridad que llegaba del mar
Mediterráneo cubrió la ciudad, odiada por el procurador.
Desaparecieron los puentes colgantes que unían el templo y la
terrible torre Antonia bajó del cielo el abismo, sumergiendo a
los dioses alados del circo, el palacio Hasmoneo con sus
aspilleras, bazares, caravanas, bocacalles, estanques.
Desapareció Jershalaím, la gran ciudad, como si nunca hubiera
existido...». Margarita quería seguir leyendo, pero no había
nada más, sólo unos flecos desiguales ennegrecidos.
Enjugándose las lágrimas, apartó el cuaderno, apoyó los codos en
la mesa del espejo y se quedó mirando la foto, reflejada en el
cristal. Poco a poco se le fueron secando las lágrimas.
Margarita recogió cuidadosamente su tesoro y a los pocos minutos
ya estaba todo enterrado bajo los trapos de seda. Sonó el
candado en la habitación oscura.
Margarita
Nikoláyevna estaba ya en el vestíbulo, poniéndose el abrigo para
ir a dar un paseo. Natasha, su bella criada, preguntó qué tenía
que hacer de segundo plato, y al oír que lo que quisiera, para
distraerse, entabló conversación con su dueña, diciendo Dios
sabe qué: que si el día anterior un prestidigitador había estado
haciendo trucos en el teatro, que todos se quedaron con la boca
abierta, que repartía gratis perfumes extranjeros y medias, y
después, cuando terminó la sesión y el público salió a la calle,
¡zas!: todos estaban desnudos. Margarita Nikoláyevna se derrumbó
en una silla, que había debajo del espejo, y se echó a reír.

Mijaíl
Afanásievich Bulgakov, nació el 15 de mayo de 1891 en Kiev, Ucrania,
primogénito de un profesor de teología. Los hermanos Bulgakov se
alistaron en el Ejército Blanco, y tras la guerra civil, acabaron en
París, excepto Mijaíl que acabó en el Cáucaso, donde empezó a
trabajar como periodista. A pesar de su situación, relativamente
privilegiada durante el régimen de Stalin, le impidieron emigrar o
visitar a sus hermanos en Occidente. En 1913 se casó con Tatiana
Lappa. En 1916, se licencio en la Facultad de Medicina de la
Universidad de Kiev. En 1921, se trasladó junto con Tatiana a Moscú.
Tres años después, se divorciaron y Mijail se volvió a casar con
Liubov Belozérskaya. En 1932, se casó por tercera vez con Yelena
Shilovskaya. Durante la última década de su vida continuó su labor
literaria escribiendo novelas, obras de teatro, críticas y relatos y
haciendo traducciones.
Bulgákov comenzó a escribir prosa a principios
de la década de 1920. A mediados de la década sintió admiración por
la obra de H.G. Wells y escribió varias historias con elementos de
ciencia ficción. Bulgákov nunca apoyó al régimen soviético y se
burló de él en varias de sus obras. La mayor parte de ellas
permaneció en los cajones de su escritorio durante varias décadas.
En 1938 escribió una carta a Stalin solicitando permiso para
emigrar. Como respuesta recibió una llamada personal del propio
Stalin, pidiéndole explicaciones acerca de su petición. El escritor
cuenta después cómo fue uno de los momentos más dramáticos de su
vida pues, conmocionado, no se atrevió a reiterar su petición en
aquél momento, por lo que perdió la oportunidad de salir del país.
Dadas sus públicas discrepancias con el régimen, su notoriedad la
llevó a ser aparentemente premiado con un puesto en el teatro de
Moscú, llegando a estrenar allí algunas de sus obras, pero a la vez
tuvo que soportar un constante acoso por parte de la KGB, que llegó
a registrar su domicilio y a detenerle en más de una ocasión, siendo
boicoteada la publicación de sus obras. Su fama no llegó hasta años
después de su muerte, cuando sus obras empezaron a publicarse a
partir de 1962. Bulgakov murió a causa de un problema renal
hereditario el 10 de marzo de 1940 y fue enterrado en el cementerio
moscovita de Novodévichy.

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