|
El tambor de
hojalata
Günter Grass 1927-
Primera edición: 1959
Título original: Die Blechtrommel

Oskar Matzerath
es encerrado en un hospital mental por un asesinato que no ha
cometido. Su guardián le vigila. Su guardián también le da el papel
en el que Oskar escribe su autobiografía. Oskar considera al
guardián su amigo, más que su enemigo, por la sencilla razón de que
el guardián tiene los ojos del tono marrón adecuado. Oskar Matzerath
es enano: asegura que dejó de crecer voluntariamente a los cuatro
años. No sólo es el día en que toma la decisión de dejar de crecer,
sino que recibe su primer tambor de hojalata, objeto que habrá de
convertirse en compañero inseparable para el resto de sus días.
Tiene una voz sonora que puede cortar agujeros en un cristal a
cincuenta pasos. Durante la Segunda Guerra Mundial, Oskar formó
parte de una banda itinerante de enanos que entretenían a las
tropas. También usa su tambor de hojalata para tocar la historia de
su vida. Esa historia vital es también la historia de Polonia y
Alemania de preguerra, del ascenso de Hitler, de la derrota polaca,
de la matanza nazi en Europa, de la derrota y la división de
Alemania.
Un libro
importante por la exploración de la identidad alemana de posguerra,
la novela de Grass es conmovedoramente bella. La voz de Oskar
Matzerath sigue obsesionando mucho tiempo después de acabar la
lectura. Es la voz de un «asocial», de los que los nazis
consideraban que pertenecían (junto con criminales, gays y
vagabundos) a «una vida indigna de ser vivida». Grass bebe de la
tradición picaresca para cartografiar el viaje de su enano
tamborilero a través de una época brutal y brutalizadora de la
historia europea, pero también reinventa las tradiciones de una
cultura popular desdeñada por los nazis como «arte degenerado».
Cuentos de hadas, lo carnavalesco, el arlequín, el embustero
mitológico, todos se abren camino y se combinan en El tambor de
hojalata para revelar la inhumanidad mortal de la racionalización de
«la higiene racial». El resultado no es un fetichismo de lo
irracional, sino una expansión y una transformación de lo normal,
hasta que la vida que lleva Oskar finalmente se hincha hasta
proporciones grotescas, y por eso más dolorosamente humanas. La
crítica mordaz, la ironía despiadada, el espectacular sentido del
humor y la libertad creadora con que Günter Grass construye esta
obra maestra convierten El Tambor de Hojalata en uno de los títulos
más destacados de la historia de la literatura.

El tambor de
hojalata - Fragmento
Nací bajo
bombillas, interrumpí deliberadamente el crecimiento a los tres
años, recibí un tambor, rompí vidrio con la voz, olfateé
vainilla, tosí en iglesias, nutrí a Lucía, observé hormigas,
decidí crecer, enterré el tambor, huí a Occidente, perdí el
Oriente, aprendí el oficio de marmolista, posé como modelo,
volví al tambor e inspeccioné cemento, gané dinero y guardé un
dedo, regalé el dedo y huí riendo; ascendí, fui detenido,
condenado, internado, saldré absuelto; y hoy celebro mi
trigésimo aniversario y me sigue asustando la Bruja Negra.
—Amén.
Dejé caer el
cigarrillo apagado. Fue a parar a las planchas de la escalera
eléctrica. Después de haber ascendido por algún tiempo en
dirección del cielo en un ángulo de pendiente de cuarenta y
cinco grados, Óscar fue llevado todavía, en sentido horizontal,
cosa de unos tres pasitos más allá y, después de la desenvuelta
pareja amorosa policíaca y antes de la abuela—policía, se dejó
empujar de la parrilla de madera de la escalera ascendente a una
parrilla fija de hierro, y, cuando los agentes de policía
criminal se hubieron identificado y le hubieron llamado
Matzerath, dijo, siguiendo aquella ocurrencia de la escalera
mecánica, primero en alemán: «Ich bin Jesús!». Luego, como se
hallaba en presencia de la policía internacional, lo repitió en
francés y, finalmente, en inglés: «I am Jesús!»
A pesar de ello, me arrestaron en calidad de Óscar Matzerath.
Sin oponer resistencia me confié a la custodia y, comoquiera que
afuera, en la Avenida de Italia, llovía, a los paraguas de la
policía criminal, sin por ello dejar de mirar intranquilo a mi
alrededor, buscando a la Bruja Negra, a la que inclusive vi
varias veces —esto entra en sus tácticas— entre la muchedumbre
de la avenida y, con su mirada terriblemente tranquila, en el
apiñamiento del coche de la policía.
Ahora ya no
me quedan palabras y, sin embargo, he de reflexionar todavía
acerca de lo que Óscar piensa hacer una vez que lo hayan dado de
alta del sanatorio, lo que parece inevitable. ¿Casarse? ¿Seguir
soltero? ¿Emigrar? ¿Comprar una cantera? ¿Buscar discípulos?
¿Fundar una secta?
Todas estas
posibilidades, que son las que hoy en día se le ofrecen a uno a
los treinta años, merecen ser examinadas. Pero, ¿examinadas con
qué, si no con mi tambor? Así pues, voy a ejecutar con mi tambor
esa cancioncilla que se me va haciendo cada vez más viva y
angustiosa y voy a invocar y consultar a la Bruja Negra, para
poder anunciarle mañana a mi enfermero Bruno la clase de
existencia que Óscar piensa llevar en adelante, a la sombra de
su miedo infantil que se le va haciendo cada vez más negro.
Porque lo que antaño me asustaba en las escaleras, lo que en la
bodega al ir a buscar el carbón hacía ¡buh! —¡me daba risa!—,
había estado siempre presente: hablando con los dedos, tosiendo
a través del ojo de la cerradura, suspirando en la estufa,
chirriando con la puerta, saliendo en nubes por las chimeneas;
cuando los barcos hacían sonar la sirena en la niebla o cuando
una mosca se iba muriendo por espacio de varias horas entre los
vidrios dobles de la ventana, o también cuando las anguilas
tenían ganas de mi mamá y mi pobre mamá de las anguilas, cuando
el sol desaparecía tras el cerro de la torre y vivía para sí
—¡ámbar! ¿En quién pensaba Heriberto cuando asaltó la madera? Y
también tras el altar mayor— ¿qué sería, en efecto, el
catolicismo sin la bruja que ennegrece todos los confesonarios?
Ella es la que proyectaba su sombra cuando se rompía el juguete
de Segismundo Markus; y los rapaces del patio del edificio de
alquiler, Axel Mischke y Nuchy Eyke, Susi Kater y el pequeño
Hans Kollin, ellos lo decían y lo contaban, al cocer su sopa de
ladrillos: «¿Está la Bruja Negra ahí? ¡Sí, sí, sí!» La culpa es
tuya y nada más que tuya. ¿Está la Bruja Negra ahí?...
Desde
siempre había estado ahí, inclusive en el polvo efervescente
Waldmeister, por muy inocente que fuera su verde espuma; en
todos los armarios en que entonces me acurrucaba, acurrucábase
ella también, y más adelante tomó prestada la cara triangular de
raposa de Lucía Rennwand y devoraba emparedados de salchicha y
llevó a los Curtidores al trampolín —no quedó más que Óscar, que
contemplaba las hormigas y sabía: ésta es su sombra, que se ha
multiplicado y busca el azúcar. Y todas aquellas palabras:
bendita, dolorosa, bienaventurada, virgen entre vírgenes... y
todas aquellas piedras: basalto, toba, diabasa, nidos en la
caliza conchífera, alabastro, tan blando... y todo el vidrio
roto con la voz, vidrio transparente, vidrio fino como el
aliento... y los comestibles: harina y azúcar en cucuruchos de a
libra y media libra. Más adelante, cuatro gatos, uno de los
cuales se llamaba Bismarck, el muro que hubo que enjalbegar de
nuevo, los polacos empeñados en morir, así como los comunicados
especiales, quién hundía y qué, las patatas que caían rodando de
la báscula, lo que se afina hacia el pie, los cementerios en los
que estuve, las baldosas sobre las que me arrodillé, las fibras
de coco sobre las que me tendí... todo lo vertido en el cemento,
el jugo de las cebollas que arranca lágrimas, el anillo en el
dedo y la vaca que me lamió... ¡No preguntéis a Óscar quién es!
Ya no le quedan palabras. Porque lo que antaño se sentaba en mi
espalda y besó mi joroba, ahora se me aparece por delante y para
siempre:
Negra, la
Bruja Negra estuvo siempre detrás de mí.
Ahora también se me aparece por delante ¡negra!
Vuelve al revés el manto y la palabra ¡negra!
Me paga con dinero negro ¡negra!
Mientras los niños cantan y no cantan:
¿Está la Bruja Negra ahí? ¡Sí, sí, sí!

Günter Grass, figura capital en la literatura
alemana después de la II Guerra Mundial, nació en la ciudad libre de
Danzig, ahora Gdansk, Polonia, el 16 de octubre de 1927, Después de
servir en la fuerza aérea alemana durante la II Guerra Mundial,
estudió en la Academia de Artes de Düsseldorf y en la Academia de
Bellas Artes de Berlín. Empezó escribiendo teatro pero sus obras
teatrales de Grass no fueron tan bien acogidas como las novelas que
las siguieron. Su primera novela, El tambor de hojalata (1959)
obtuvo un enorme éxito, y más tarde fue llevada al cine. En sus
novelas se mezclan de una forma nada convencional el realismo, lo
macabro, la fantasía y el simbolismo, todo al servicio del tema de
la culpabilidad colectiva. Sus obras presentan habitualmente la
lucha de un hombre, a menudo él mismo grotesco en su morfología o en
sus percepciones, por preservar su individualidad en medio de lo que
Grass concibe como la pesadilla materialista de la vida
contemporánea. Político comprometido, Grass ha ofrecido algunas
veces su apoyo al Partido Socialdemócrata. Fue galardonado con el
Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 1999 y el Premio Nobel
de Literatura en el mismo año.

|