|
El unicornio
se ambienta en la Edad Media francesa de los trovadores. Su
protagonista es el hada Melusina, víctima de una maldición que le
da, todos los sábados, cuerpo de serpiente y alas de murciélago, que
es testigo de los avatares de la época de las Cruzadas y sigue las
peripecias de su prole de Lusignan hasta la toma de Jerusalén por
Saladino. El unicornio representa una colosal recreación poética que
juega con la atmósfera del pasado para ofrecernos una historia de
sugestiva belleza, rara y absorbente. La historia y la magia, la
minuciosa reconstrucción de ambientes remotísimos y una
originalísima fantasía que anima todas y cada una de sus páginas, se
conjugan en un relato inolvidable que constituye sin lugar a dudas
una de las obras maestras del gran escritor argentino.


Manuel
Mujica Láinez nació en Buenos Aires en 1910 y murió en 1984.
Escribió más de veinte libros entre los que cabe mencionar:
Misteriosa Buenos Aires, Los ídolos, La casa, Invitados en el
paraíso, Bomarzo, El unicornio, El viaje de los siete demonios, El
brazalete y El escarabajo. Varias novelas y cuentos suyos fueron
llevadas al cine y a la televisión. Obtuvo múltiples premios por su
obra literaria, entre ellos el Premio Nacional de Literatura, en
1963, y La Legión de Honor del Gobierno de Francia en 1982. Sus
libros han sido traducidos a más de quince idiomas.
El Unicornio
- Las memorias de un hada
(Fragmento)
Esta es la historia de un hada, la vida de un hada; que quien no
crea en las hadas, cierre este libro y lo arroje a un canasto o lo
reduzca al papel suntuario de relleno de su biblioteca, lamentando
el precio seguramente substancioso que habrá pagado por su gruesa
estructura. Al proceder así y al no tener en cuenta que todo,
absolutamente todo, en este mundo inexplicable, funciona por razones
que se nos escapan, su escepticismo anticuado, que tacharía de
victoriano, de no mediar mi respeto por esa gran reina, lo privará
de enterarse de asuntos de interés trascendente. Lo siento de
antemano por él: hay dos modos de ser un pobre de espíritu; hay
distintos modos de andar por la Tierra tildándola de insípida,
aburriéndose, dejándose morir de monotonía y de tedio; y uno de
ellos -tal vez el más tonto- consiste en negarse a probar la sal y
la pimienta ocultas que la sazonan la magia.
En cuanto a
la idea de rechazar la existencia de las hadas, hadas malas y hadas
buenas.., es menester ser ciego para no verlas, para no
reconocerlas, pues su enjambre pulula doquier. Por obvias razones,
me unen a cada una de ellas lazos de afecto o de aversión. Las hay
ricas, extravagantes, que derrochan en Venecia, en Montecarlo. Son
esas fabulosas, inmemoriales mujeres, cuyas edades, rentas y
procedencias se ignoran, que les imponen a las ruletas malabarismos
estupendos, como la sospechosa complacencia de reincidir en el mismo
número más vueltas de lo previsible, mientras lo siguen cargando de
fichas con ademanes indolentes y expelen el humo de sus largas
boquillas.O esas otras que, de la noche a la mañana, decoran sus
departamentos de París y de Nueva York con tapices góticos
desconocidos, soberbios, asombro y desesperación de los marchands,
que ellas conservan de su propia belle epoque medioeval, en
subterráneos arcones de abandonados castillos y abadías. O las que,
fieles a su vocación primordial, se dedican a sacudir las mesas del
espiritismo y a organizar el trajín de las casas embrujadas. O
aquellas, caritativas, que ayudan a la gente, pero de una manera
fantástica, a menudo arbitraria o errónea. Y las zalameras que no
renuncian a sus características de sempiternas enamoradas sensuales
y, como cuando revolotean sobre el Valle Sin Regreso de la floresta
de Brocelandia, donde Morgana enclaustró al bello caballero Guyomar
y a muchos amantes perjuros, o sobre la isla de Avalon, a donde un
hada se llevó secuestrado al doncel Lanval (y fueron felices),
siguen dándose maña, a pesar de su ancianidad evidente, para raptar
jovencitos que ansían progresar económicamente, quienes luego
desfilan de su brazo, bien vestidos y enjoyados, por los halls de
los hoteles internacionales. O aquellas, más aplicadas, más
respetables, densas de generosa voluntad científica, que zumban y
soplan sobre las cabezas fatigadas de los inventores y les sugieren
ideas pasmosas, pero que ahora se van quedando atrás, sumergidas por
el alud de las cifras, de las fórmulas y de las máquinas
electrónicas, y miran multiplicarse en torno las expresiones que no
entienden y que convulsionan a un mundo que se les desliza entre las
manos aéreas y que no les pertenece ya. Y así sucesivamente.
Hay hadas y
hadas y hadas. Cuchichean, ronronean, como insectos impalpables,
por los caminos de la Tierra estúpida. Yo soy una de ellas. Hay
ángeles también. Que el sensible lector se convenza: hay, como en la
Edad Media, hadas y ángeles, que eso fue la Edad Media: el Hada y el
Angel y el Demonio.
|