|
La espuma de los
días
Boris Vian 1920-1959
Título original: L`écume des jours
Año de publicación: 1947
A medio camino
entre la fantasía surreal y la novela, La espuma de los días es un
relato brillante y cargado de imaginación que narra la historia de
amor entre Colin y Chloé, de la historia de amor entre Chick, amigo
de Colin, y Alise, amiga de Chloé, la historia del coleccionismo
compulsivo de Chick con las obras de Jean-Paul Sartre, y la historia
de lealtad y abnegación para con Colin y Chloé del cocinero Nicolás.
Son todos ellos, excepto el maniático Chick, personajes que viven
una existencia plácida y sumergida en un encanto levemente
decadente, en la que el trabajo es una entelequia y todo marcha
apaciblemente y la existencia es un continuo ir y venir de fiestas y
cortos y entretenidos viajes.
La novela, una
desgarradora historia de amor que sigue teniendo actualidad, se
desarrolla en un mundo insólito, en el que conviven lo trágico y lo
cómico, la magia y la muerte, lo descabellado y lo desgraciadamente
real, y, por encima de todo, el jazz, siempre el jazz reinando a
través de las numerosas referencias al gran Duke Ellington. Este
universo mágico es el gran protagonista de la obra, más que los
propios personajes, dibujados siempre, con una excepcional
sensibilidad. Envueltos en las nubes irreales de su amor, los
protagonistas dan la espalda al mundo real, que no obstante, no
tardará en llegar a buscarles, pero las consecuencias de la
exposición a la frialdad de la realidad sobre su amor no tardarán en
salir a la luz. Pero la desgracia llega, Chloé enferma, la afición
coleccionista de Chick se convierte en obsesión y todo alrededor se
derrumba, llevando la desdicha a sus felices vidas.
En La espuma de
los días, Colin contempla el deterioro inexorable y la muerte de su
amada Chloë sin poder hacer nada. Poco a poco, las ventanas de su
casa se van haciendo pequeñas, cada vez entra menos luz y los
objetos van perdiendo su color... los espacios en los que se
desarrolla la novela se van haciendo lúgubres progresivamente hasta
la escena final que es una de las más bellas que se haya escrito
jamás en la literatura.
La novela fue
adaptada al cine en 1968 por Charles Belmont, con Jacques Perrin,
Marie-France Pisier, Sami Frey, Alexandra Stewart, Annie Buron y
Bernard Fresson.
La espuma de los
días - Fragmento
No habían
cogido más equipaje, porque pensaban comprarlo todo por el
camino.
- ¿Bajamos los cristales de colores? -añadió Colin.
- Sí -dijo Chloé-. Ahora la luz es menos maligna.
Bruscamente,
la carretera trazó una nueva curva y se encontraron en medio de
las minas de cobre. Se escalonaban a ambos lados varios metros
hacia abajo. Inmensas extensiones de cobre verdusco desplegaban
su aridez hasta el infinito. Centenares de hombres vestidos con
trajes herméticos se agitaban alrededor de las hogueras. Otros
apilaban en pirámides regulares el combustible que llegaba sin
cesar en vagoneta s eléctricas. El cobre, bajo el efecto del
calor, se fundía y corría en arroyuelos rojos, bordeados de
escorias esponjosas y duras como la piedra. De trecho en trecho
se recogía el cobre en grandes depósitos donde había máquinas
que lo bombeaban y lo trasvasaban a tuberías ovaladas.
- Qué trabajo más horrible!... -dijo Chloé.
- Está bastante bien pagado -repuso Nicolás.
Algunos de
los hombres dejaron de trabajar para ver pasar el coche. En sus
ojos tan sólo se veía una cierta compasión socarrona. Eran
anchos y fuertes, y parecían inalterables.
- No les caemos bien -dijo Chloé-. Vámonos de aquí.
- Es que ellos trabajan... -dijo Colin.
- Pero eso no es una razón -dijo Chloé.
Nicolás
aceleró un poco. El coche se deslizaba sobre la agrietada
carretera en medio del rumor de las máquinas y del cobre en
fusión.
- Pronto llegaremos a la antigua carretera -dijo Nicolás.
- ¿Por qué
miran con tanto desdén? -preguntó Chloé-. Al fin y al cabo,
trabajar no es para tanto.
- Se les ha inculcado la idea de que trabajar es algo bueno
-dijo Colin-. En general, se considera así. Pero, de hecho, no
hay nadie que lo piense. Se hace por costumbre y para no pensar
en ello precisamente.
- De todas maneras, es una tontería hacer un trabajo que podrían
hacer máquinas.
- Pero las máquinas habría que construirlas -dijo Colin-. ¿Y
quién va a hacerlo?
- ¡Bueno, por supuesto! -dijo Chloé-. Para hacer un huevo, hace
falta una gallina, y una vez que se tiene la gallina se pueden
tener montones de huevos. Así que vale más empezar por la
gallina.
- Habría que saber quién impide fabricar las máquinas -dijo
Colin-. Lo que falta, por lo visto, es tiempo. La gente pierde
el tiempo en vivir y entonces ya no le queda tiempo para
trabajar.
- ¿No será más bien lo contrario? -dijo Chloé.
- No -dijo Colin-. Si tuvieran tiempo para construir máquinas,
luego ya no tendrían necesidad de hacer nada. Lo que yo quiero
decir es que la gente trabaja para vivir en lugar de trabajar
para hacer máquinas que les permitan vivir sin trabajar.
- El asunto es complicado -consideró Chloé.
- No -dijo Colin-. Es muy sencillo. Por supuesto, habría que ir
poco a poco. Pero se pierde tanto tiempo en hacer cosas que
acaban gastándose...
- Pero ¿no crees tú que les gustaría más quedarse en casa y
besar a su mujer, ir a la piscina y a divertirse?
- No -dijo Colin-, porque no piensan en ello.
- Pero ¿acaso es culpa suya si creen que está bien trabajar?
- No -dijo Colin-, ellos no tienen la culpa. Es que se les ha
venido diciendo: «El trabajo es sagrado, el trabajo es bueno, el
trabajo es hermoso, el trabajo es lo que cuenta antes que nada y
sólo los que trabajan son quienes tienen derecho a todo». Lo que
pasa es que se organizan las cosas para hacerles trabajar
constantemente y entonces no pueden aprovecharse de ello.
- Entonces, ¿es que son tontos?
- Sí, son tontos -dijo Colin-. Por eso están de acuerdo con
quienes les hacen creer que el trabajo es lo mejor que hay. Eso
les impide reflexionar y tratar de progresar y dejar de
trabajar.
- Vamos a hablar de otra cosa -dijo Chloé-, estos temas me dejan
agotada. Dime si te gusta mi pelo...
- Te lo he dicho ya...
Se la puso
en las rodillas. De nuevo se sentía completamente feliz.
- Te he dicho ya que me gustas mucho, al por mayor y al detalle.
- Detalla, entonces -dijo Chloé, dejándose caer en brazos de
Colin, mimosa como una culebra.

Boris Vian,
nació el 10 de marzo de 1920 en Ville D’Avray, suburbio de París, en
el año 1920. En su entorno familiar el arte era una cuestión
importante, su madre, amante de la ópera, pianista e intérprete de
arpa, se llamaba Yvonne Revenez; su padre Paul Vian, vivía de las
rentas pero hacía de todo, era poeta aficionado, traductor de inglés
y alemán, aparte de interesarse por la mecánica y la electrónica.
También de su padre viene su tendencia anti-militarista y atea. En
su adolescencia comenzó a sufrir problemas de salud: tuvo un ataque
de reumatismo cardíaco y luego fiebre tifoidea. Fue un estudiante
excepcional, aunque sus intereses más serios en esos momentos
giraban en torno al Jazz y las fiestas. Ya a los 20 años participó
en una orquesta amateur de Jazz junto a sus hermanos, donde sobre
todo interpretaban obras de autores norteamericanos. Obtuvo el
título de ingeniero en 1942, y un año después escribiría sus
primeras novelas.
Vian, había
iniciado una estrecha amistad con Simone de Beuvoir y Jean-Paul
Sartre a comienzos de los años 40, en 1941 había contraído
matrimonino con Michelle Léglise, pero por la infidelidad de ella
con su amigo Sartre, se divorció en 1952 para casarse dos años más
tarde con la actriz y bailarina Ursula Kubler. Con Michelle tuvo a
sus hijos Patrick y Carole. Murió el 23 de junio de 1959 de un
ataque al corazón a los 39 años.
|