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Thomas Mann
1875-1955
La Muerte en Venecia
1912
Título original: Der Tod in Venedig

Un compositor
envejecido y fatigado descubre, en medio de la decadente belleza
veneciana, el espontáneo atractivo de un angelical adolescente. Tras
sufrir una crisis creativa, el compositor Gustav Von Aschenbach
llega al Lido de Venecia para pasar una temporada de vacaciones en
solitario, con el fin, no sólo de reflexionar, sino también de dar
descanso a un cuerpo extenuado y enfermo. En el Hotel Des Bains
llama su atención una familia de turistas polacos, especialmente el
joven Tadzio, un adolescente por el que siente una súbita e intensa
atracción. Contemplar a Tadzio se convierte enseguida para
Aschenbach en el momento central de la jornada; y luego de su
existencia. A bordo del barco que le lleva a Venecia, Aschenbach
observa horrorizado a un viejo maquillado que se arrima sonriendo
tontamente a un grupo de muchachos. Pero hacia el final de la
historia, cuando sigue extasiado a Tadzio por las callejuelas y los
canales de la ciudad, asolada por una epidemia de cólera, Aschenbach
se ha convertido en ese hombre.
La muerte en
Venecia, como el propio Mann sostenía, trata de la pérdida de la
dignidad del artista, pero Mann examina también la relación entre el
arte y la vida. Aschenbach cree que con trabajo y disciplina puede
dominar la vida y aun moldearla hasta convertirla en arte. Las
desordenadas emociones y la pasión indomable que Tadzio-Dionisos le
inspira, le obligarán a admitir que esa convicción es una falacia.
Los elementos míticos de la novela ofrecen el contexto necesario
para trazar un retrato de la homosexualidad. Escrita con sutileza y
con una profunda penetración psicológica, esta obra es un vivido
relato de lo que significa enamorarse.
La novela corta
era tal vez la forma artística ideal para Thomas Mann (La muerte en
Venecia apenas consta de setenta páginas); e indudablemente, desde
sus primeros presagios inquietantes hasta el patético climax final,
es una obra maestra en su género. Publicada en 1914, esta novela
cimentaría la fama de Mann, que en 1929 recibió el premio Nobel.
La Muerte en
Venecia - Fragmento
Los
sentimientos y observaciones del hombre solitario son al mismo
tiempo más confusos y más intensos que los de las gentes
sociables; sus pensamientos son más graves, más extraños y
siempre tienen un matiz de tristeza. Imágenes y sensaciones que
se esfumarían fácilmente con una mirada, con una risa, un cambio
de opiniones, se aferran fuertemente en el ánimo del solitario,
se ahondan en el silencio y se convierten en acontecimientos,
aventuras, sentimientos importantes. La soledad engendra lo
original, lo atrevido, y lo extraordinariamente bello; la
poesía. Pero engendra también lo desagradable, lo inoportuno,
absurdo e inadecuado.
De esta
manera, el ánimo del viajero sentíase todavía inquieto con las
impresiones de la travesía, el repulsivo viejo verde con sus
gestos equívocos, el gondolero brutal que se había quedado sin
su dinero. Todos estos hechos, sin ofrecer dificultades al
entendimiento ni construir materia de cavilación, le parecían de
naturaleza extraña. Las contradicciones que tales hechos
envolvían, le intranquilizaron. Sin embargo, saludó al mar con
los ojos, y su corazón se llenó de alegría al contemplarse tan
cerca de Venecia. Finalmente se apartó de la ventana, se aseó,
le dio a la doncella algunas órdenes relacionadas con su
instalación, y se fue al ascensor, donde un suizo, de uniforme
verde, le llevó al piso inferior.
Tomó el té
en la terraza, junto al mar; bajó luego, siguiendo a lo largo
del muelle un buen trecho en dirección al «Hotel Excelsior». Al
retornar, creyó que era ya hora de cambiarse de traje para
comer. Lo hizo con parsimonia, con esmero, como siempre, pues
estaba habituado a trabajar mientras se arreglaba. Después se
encontró un poco antes de la hora, en el hall, donde estaban
reunidos algunos huéspedes, desconocidos entre sí, pero en
espera común de la comida. Tomó un periódico de la mesa,
arrellanóse en un sillón de cuero y se puso a pensar en aquellas
personas, que se diferenciaban con ventaja de las de su
residencia anterior.
Había allí
un ambiente mucho más abierto y de mayor amplitud y tolerancia.
En los coloquios a media voz se notaban los acentos de los
grandes idiomas. El traje de etiqueta, uniforme de la cortesía,
reunía en armoniosa unidad aparente todas las variedades de
gentes allí congregadas. Veíanse los secos y largos semblantes
de los americanos, numerosas familias rusas, señoras inglesas,
niños alemanes con institutrices francesas. La raza eslava
parecía dominar. Cerca de él hablaban en polaco.
Se trataba
de un grupo de muchachos reunidos alrededor de una mesilla de
paja, bajo la vigilancia de una maestra o señorita de compañía.
Tres chicas de quince a diecisiete años, quizás, un muchacho de
cabellos largos que parecía tener unos catorce. Aschenbach
advirtió con asombro que el muchacho tenía una cabeza perfecta.
Su rostro, pálido y preciosamente austero, encuadrado de cabello
color de miel; su nariz, recta; su boca, fina, y una expresión
de deliciosa serenidad divina, le recordaron los bustos griegos
de la época más noble. Y siendo su forma de clásica perfección,
había en él un encanto personal tan extraordinario, que el
observador podía aceptar la imposibilidad de hallar nada más
acabado. Lo que inmediatamente saltaba a la vista era el
contraste entre el aspecto educacional a que obedecía el vestido
y el trato que se daba a sus hermanas. El atavío de las tres
hermanas, la mayor de las cuales era ya una mujercita formada,
no podía ser más sencillo y casto, hasta el extremo de que casi
las afeaba. Un traje claustral, uniforme de color gris, bastante
largo, mal cortado a propósito, con un cuello blanco planchado
como única nota clara, hacía que no fuera posible encontrar nada
agradable en sus cuerpos. El cabello, liso y pegado a la cabeza,
daba a los rostros una expresión monjil e insustancial.
Aquel atavío
era sin duda la obra de una madre que no aplicaba al chico la
severidad pedagógica que creía aplicable a las muchachas. Se
veía que la existencia del muchacho era presidida por la
blandura y el trato delicado. Nadie se había atrevido a poner
las tijeras en sus hermosos cabellos, que caían en rizos
abundantes sobre la frente, sobre las orejas y sobre la espalda.
El traje de marinero inglés, cuyas mangas abombadas se ajustaban
hacia abajo oprimiendo las finas muñecas de sus manos
infantiles, prestaba, con sus cordones, botones y bordados, algo
de rico y mimado a su delicada figura. Aschenbach lo veía de
medio perfil, sentado, con las piernas extendidas y uno de los
pies, con su zapato de charol, sobre el otro; tenía un codo
apoyado en el brazo de su asiento de mimbre, la mejilla caída
sobre la mano cerrada, en una actitud de elegante indolencia,
sin asomo alguno de la rigidez a que parecían habituadas sus
hermanas. ¿Estaría enfermo? La piel de su cara era blanca como
el marfil sobre el dorado oscuro de los rizos que le servían de
marco. ¿O era simplemente un hijo único, mimado, en quien un
cariño excesivo y caprichoso había producido aquel enervamiento?
Aschenbach se inclinaba a creer en lo último. Casi todas las
naturalezas artísticas tienen esa innata tendencia malévola que
aprueba las injusticias engendradoras de belleza y que rinde
homenaje y acatamiento a esas preferencias aristocráticas.

Thomas Mann es
una de las figuras más importantes de la literatura de la primera
mitad del siglo XX; sus novelas exploran la relación entre el
artista y el burgués o entre una vida de contemplación y otra de
acción. Mann, hermano menor del novelista y dramaturgo Heinrich
Mann, nació en una antigua familia de comerciantes en Lübeck el 6 de
junio de 1875. Después de la muerte de su padre, la familia se
trasladó a Munich, donde se educó Mann. Fue oficinista en una
compañía de seguros y miembro del comité de dirección de la revista
satírica Simplicissimus antes de dedicarse a la escritura como
profesión. Estuvo influido por dos filósofos alemanes, Arthur
Schopenhauer y Friedrich Nietzsche, aunque rechazaba las ideas de
este último. Sus novelas se caracterizan por una reproducción
precisa de los detalles de la vida moderna y antigua, por un
profundo y sutil análisis intelectual de las ideas y los personajes,
por un punto de vista distanciado e irónico, combinado con un
profundo sentido trágico. Sus héroes son con frecuencia personajes
burgueses que sobrellevan un conflicto espiritual. Desde 1933 se
exilió de Alemania, con la llegada de Adolf Hitler. Mann se refugió
primero en Suiza y después en los Estados Unidos (1938), de donde se
hizo ciudadano en 1944. En 1953 se estableció cerca de Zurich
(Suiza), donde murió el 12 de agosto de 1955.
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