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La Regenta
Leopoldo Alas, «Clarín» 1852-1901
Primera edición: 1884-1885
La Regenta es la
obra maestra de "Clarín" y quizá de todo el siglo XIX. Sigue el
naturalismo, pero, ante todo, canta la tragedia del Romanticismo
pisoteado. Según su autor, se inspira en las leyes de la realidad,
de la que la novela será mimesis. Su acción será sencilla y sus
personajes, carentes de valor simbólico, se expresarán en estilo
indirecto libre.
Relata la seducción de Ana Ozores, joven esposa del anciano y
distraído ex-regente Víctor Quintanar. Esta huérfana, educada por un
padre descuidado, siente un vacío afectivo y sexual, alterado por la
presencia del Magistral Fermín del Pas. Éste vive con una madre
avara y dominante. Ana reconoce su debilidad por Álvaro Mesía,
donjuán provinciano rodeado de personajes mediocres que alivian su
hastío en el Casino o en torno a la frívola tertulia de la Marquesa
de Vegallana, donde asiste la coqueta Obdulia.
La segunda parte
refleja los celos del Magistral y de Álvaro. Una representación de
Don Juan Tenorio el día de Difuntos enfrenta a Fermín con Ana, que
enferma de los nervios. Tras una breve ausencia, Mesía se reconcilia
con el ateo Pompeyo Guimarán. A la vez traba amistad con Quintanar
para aproximarse a su esposa. Ana reanuda su devoción, sometiéndose
al Magistral, mientras su marido la distrae. La Regenta se humilla
en la procesión de Viernes Santo, azotándose ante el pueblo que la
envidia y la desprecia. En el campo, Álvaro la convence para iniciar
relaciones en casa de ésta. Petra, criada de Ana, atrae al Magistral
para que su madre conozca la infidelidad de Ana. Víctor muere en
duelo con Mesía. Cuando, años después, Ana busque consuelo en la
Iglesia, el Magistral sólo le ofrecerá desprecio.

La acción se
centra en Vetusta, ciudad capital de provincia, muy identificable
con Oviedo, donde la protagonista de la obra, Ana Ozores, se casa
con el antiguo Regente de la Audiencia de la ciudad, Víctor
Quintanar, hombre bondadoso pero maniático y mucho mayor que ella.
Viéndose sentimentalmente abandonada, Ana Ozores empieza a ser
cortejada por Álvaro Mesía. Para completar el círculo, el canónigo
magistral D. Fermín de Pas (confesor de Ana) también se enamora de
la Regenta y se convierte en inconfesable rival de Mesía. Un gran
retablo de personajes secundarios, retratados por Clarín con
inmisericorde ironía, completa el paisaje humano de la novela.
El autor se
sirve de Vetusta como símbolo de la vulgaridad, la incultura y el
fariseísmo. Con estas fuerzas en tensión, el escritor zamorano,
afincado en Asturias, construyó un alegato cruel e inclemente de la
vida provinciana española, ceñida a sus clases dirigentes, en
tiempos de la Restauración, en el final del siglo XIX. Por otro
lado, Ana encarna la idealidad torturada que perece progresivamente
ante una sociedad hipócrita. "Clarín" admiraba a Gustave Flaubert, y
lo imitó sin reservas; pero, mientras Mme. Bovary condena la
frivolidad de su protagonista, Ana Ozores está pintada con ternura y
comprensión: es la víctima inadaptada de una sociedad estúpida y
mediocre. La primera mitad de La Regenta se desarrolla en tres días;
la segunda en tres años.
La Regenta -
Fragmento
La heroica
ciudad dormía la siesta. El viento Sur, caliente y perezoso,
empujaba las nubes blanquecinas que se rasgaban al correr hacia
el Norte. En las calles no había más ruido que el rumor
estridente de los remolinos de polvo, trapos, pajas y papeles
que iban de arroyo en arroyo, de acera en acera, de esquina en
esquina revolando y persiguiéndose, como mariposas que se buscan
y huyen y que el aire envuelve en sus pliegues invisibles. Cual
turbas de pilluelos, aquellas migajas de la basura, aquellas
sobras de todo se juntaban en un montón, parábanse como dormidas
un momento y brincaban de nuevo sobresaltadas, dispersándose,
trepando unas por las paredes hasta los cristales temblorosos de
los faroles, otras hasta los carteles de papel mal pegado a las
esquinas, y había pluma que llegaba a un tercer piso, y arenilla
que se incrustaba para días, o para años, en la vidriera de un
escaparate, agarrada a un plomo.
Vetusta, la
muy noble y leal ciudad, corte en lejano siglo, hacía la
digestión del cocido y de la olla podrida, y descansaba oyendo
entre sueños el monótono y familiar -2- zumbido de la
campana de coro, que retumbaba allá en lo alto de la esbelta
torre en la Santa Basílica. La torre de la catedral, poema
romántico de piedra, delicado himno, de dulces líneas de belleza
muda y perenne, era obra del siglo diez y seis, aunque antes
comenzada, de estilo gótico, pero, cabe decir, moderado por un
instinto de prudencia y armonía que modificaba las vulgares
exageraciones de esta arquitectura. La vista no se fatigaba
contemplando horas y horas aquel índice de piedra que señalaba
al cielo; no era una de esas torres cuya aguja se quiebra de
sutil, más flacas que esbeltas, amaneradas, como señoritas
cursis que aprietan demasiado el corsé; era maciza sin perder
nada de su espiritual grandeza, y hasta sus segundos corredores,
elegante balaustrada, subía como fuerte castillo, lanzándose
desde allí en pirámide de ángulo gracioso, inimitable en sus
medidas y proporciones. Como haz de músculos y nervios la piedra
enroscándose en la piedra trepaba a la altura, haciendo
equilibrios de acróbata en el aire; y como prodigio de juegos
malabares, en una punta de caliza se mantenía, cual imantada,
una bola grande de bronce dorado, y encima otra más pequeña, y
sobre esta una cruz de hierro que acababa en pararrayos.
Cuando en
las grandes solemnidades el cabildo mandaba iluminar la torre
con faroles de papel y vasos de colores, parecía bien,
destacándose en las tinieblas, aquella romántica mole; pero
perdía con estas galas la inefable elegancia de su perfil y
tomaba los contornos de una enorme botella de champaña. -Mejor
era contemplarla en clara noche de luna, resaltando en un cielo
puro, rodeada de estrellas que parecían su aureola, doblándose
en pliegues de luz y sombra, fantasma -3- gigante que velaba
por la ciudad pequeña y negruzca que dormía a sus pies.
Bismarck, un
pillo ilustre de Vetusta, llamado con tal apodo entre los de su
clase, no se sabe por qué, empuñaba el sobado cordel atado al
badajo formidable de la Wamba, la gran campana que llamaba a
coro a los muy venerables canónigos, cabildo catedral de
preeminentes calidades y privilegios.
Bismarck era
de oficio delantero de diligencia, era de la tralla, según en
Vetusta se llamaba a los de su condición; pero sus aficiones le
llevaban a los campanarios; y por delegación de Celedonio,
hombre de iglesia, acólito en funciones de campanero, aunque
tampoco en propiedad, el ilustre diplomático de la tralla
disfrutaba algunos días la honra de despertar al venerando
cabildo de su beatífica siesta, convocándole a los rezos y
cánticos de su peculiar incumbencia.
El
delantero, ordinariamente bromista, alegre y revoltoso, manejaba
el badajo de la Wamba con una seriedad de arúspice de buena fe.
Cuando posaba para la hora del coro -así se decía- Bismarck
sentía en sí algo de la dignidad y la responsabilidad de un
reloj.
Celedonio
ceñida al cuerpo la sotana negra, sucia y raída, estaba asomado
a una ventana, caballero en ella, y escupía con desdén y por el
colmillo a la plazuela; y si se le antojaba disparaba chinitas
sobre algún raro transeúnte que le parecía del tamaño y de la
importancia de un ratoncillo. Aquella altura se les subía a la
cabeza a los pilluelos y les inspiraba un profundo desprecio de
las cosas terrenas.
-¡Mia tú,
Chiripa, que dice que pué más que yo! -dijo el monaguillo, casi
escupiendo las palabras; y disparó media patata asada y podrida
a la calle -4- apuntando a un canónigo, pero seguro de no
tocarle.
-¡Qué ha de
poder! -respondió Bismarck, que en el campanario adulaba a
Celedonio y en la calle le trataba a puntapiés y le arrancaba a
viva fuerza las llaves para subir a tocar las oraciones-. Tú
pués más que toos los delanteros, menos yo.
-Porque tú
echas la zancadilla, mainate, y eres más grande... Mia, chico,
¿quiés que l'atice al señor Magistral que entra ahora?
-¿Le conoces
tú desde ahí?
-Claro,
bobo; le conozco en el menear los manteos. Mia, ven acá. ¿No ves
cómo al andar le salen pa tras y pa lante? Es por la fachenda
que se me gasta. Ya lo decía el señor Custodio el beneficiao a
don Pedro el campanero el otro día: «Ese don Fermín tié más
orgullo que don Rodrigo en la horca», y don Pedro se reía; y
verás, el otro dijo después, cuando ya había pasao don Fermín:
«¡Anda, anda, buen mozo, que bien se te conoce el colorete!».
¿Qué te paece, chico? Se pinta la cara.
Bismarck
negó lo de la pintura. Era que don Custodio tenía envidia. Si
Bismarck fuera canónigo y dinidad (creía que lo era el
Magistral) en vez de ser delantero, con un mote sacao de las
cajas de cerillas, se daría más tono que un zagal. Pues, claro.
Y si fuese campanero, el de verdad, vamos don Pedro... ¡ay Dios!
entonces no se hablaba más que con el Obispo y el señor Roque el
mayoral del correo.
-Pues chico,
no sabes lo que te pescas, porque decía el beneficiao que en la
iglesia hay que ser humilde, como si dijéramos, rebajarse con la
gente, vamos achantarse, y aguantar una bofetá si a mano viene;
y si no, ahí está el Papa, que es... no sé cómo dijo... así...
una cosa como... el criao de toos los criaos.
-Eso será de
boquirris -replicó Bismarck-. ¡Mia tú el Papa, que manda más que
el rey! Y que le vi yo pintao, en un santo mu grande, sentao en
su coche, que era como una butaca, y lo llevaban en vez de mulas
un tiro de carcas (curas según Bismarck), y lo cual que le iban
espantando las moscas con un paraguas, que parecía cosa del
teatro... hombre... ¡si sabré yo!
Se acaloró
el debate. Celedonio defendía las costumbres de la Iglesia
primitiva; Bismarck estaba por todos los esplendores del culto.
Celedonio amenazó al campanero interino con pedirle la dimisión.
El de la tralla aludió embozadamente a ciertas bofetadas
probables pa en bajando. Pero una campana que sonó en un tejado
de la catedral les llamó al orden.
-¡El Laudes!
-gritó Celedonio-, toca, que avisan.
Y Bismarck
empuñó el cordel y azotó el metal con la porra del formidable
badajo.
Tembló el
aire y el delantero cerró los ojos, mientras Celedonio hacía
alarde de su imperturbable serenidad oyendo, como si estuviera a
dos leguas, las campanadas graves, poderosas, que el viento
arrebataba de la torre para llevar sus vibraciones por encima de
Vetusta a la sierra vecina y a los extensos campos, que
brillaban a lo lejos, verdes todos, con cien matices.
Empezaba el
Otoño. Los prados renacían, la yerba había crecido fresca y
vigorosa con las últimas lluvias de Septiembre. Los castañedos,
robledales y pomares que en hondonadas y laderas se extendían
sembrados por el ancho valle, se destacaban sobre prados y
maizales con tonos obscuros; la paja del trigo, escaso,
amarilleaba entre tanta verdura. Las casas de labranza y algunas
quintas de recreo, blancas todas, esparcidas por sierra y valle
reflejaban la luz como espejos. Aquel verde -6- esplendoroso
con tornasoles dorados y de plata, se apagaba en la sierra, como
si cubriera su falda y su cumbre la sombra de una nube
invisible, y un tinte rojizo aparecía entre las calvicies de la
vegetación, menos vigorosa y variada que en el valle. La sierra
estaba al Noroeste y por el Sur que dejaba libre a la vista se
alejaba el horizonte, señalado por siluetas de montañas
desvanecidas en la niebla que deslumbraba como polvareda
luminosa. Al Norte se adivinaba el mar detrás del arco perfecto
del horizonte, bajo un cielo despejado, que surcaban como naves,
ligeras nubecillas de un dorado pálido. Un jirón de la más leve
parecía la luna, apagada, flotando entre ellas en el azul
blanquecino.
Cerca de la
ciudad, en los ruedos, el cultivo más intenso, de mejor abono,
de mucha variedad y esmerado, producía en la tierra tonos de
colores, sin nombre, exacto, dibujándose sobre el fondo pardo
obscuro de la tierra constantemente removida y bien regada.

Leopoldo Alas,
conocido por el seudónimo de «Clarín», forma con Pérez Galdós la
pareja de grandes novelistas españoles del siglo XIX.
Aunque
nació en Zamora, donde su padre había sido nombrado gobernador
civil, era de familia asturiana y a partir de los siete años vivió
en Oviedo, ciudad a la que le uniría una estrecha relación y que se
convertiría, de alguna manera, en la protagonista de su obra
maestra, La Regenta. Estudió en Oviedo, con brillantes
calificaciones, tanto en el colegio como en la universidad. Muy
joven manifestó una exaltada afición por la literatura y una notable
aptitud para el teatro y el periodismo satírico. La revolución de
1868 despertó sus simpatías por la causa republicana y liberal, y
sus años en Madrid (1871-1882), donde estudió filosofía y letras y
se doctoró en leyes, le permitieron tener contacto con el círculo
intelectual krausista, cuya influencia, muy en especial de su
profesor Francisco Giner de los Ríos, fue decisiva en su formación.
Con el seudónimo de Clarín, se convirtió, a partir de 1875, en uno
de los colaboradores más activos de la prensa «democrática». En 1883
contrajo matrimonio y obtuvo la cátedra de economía y estadística en
la Universidad de Zaragoza. Al año siguiente logró su traslado a la
Universidad de Oviedo, donde enseñó derecho romano, actividad que
alternó con las de articulista y escritor. Sus artículos literarios
y satíricos, alcanzaron gran popularidad, pero su mordacidad le
valió numerosas enemistades e incluso algún duelo. A su llegada a la
capital asturiana, emprendió la redacción de La Regenta, cuyo primer
volumen aparecería en 1884. Murió en Oviedo en 1901.
Biografía de
Clarín..
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