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Gustave
Flaubert - Madame Bovary
Madame Bovary,
subtitulada Costumbres provincianas, es, en apariencia, una
convencional historia de adulterio, pero logra convertirse en un
profundo análisis de la humanidad y, en concreto, un ataque a la
monotonía y a las desilusiones de la vida burguesa. Flaubert
refleja con gran acierto la tragedia de este personaje, y Madame
Bovary ha resultado ser una obra de referencia constante, hasta
el punto de estar considerada como una obra maestra del
realismo.
Basado en el adulterio de la esposa de Charles Bovary, un joven
médico de provincias, lejos de París, describe la sórdida
corrupción del alma de un mujer, quien busca en la realidad un
amor que colme sus frívolos deseos, nacidos de la lectura de
diversas novelas románticas de la época. Emma Bovary, con la
imaginación repleta de románticas ilusiones sobre el amor y la
pasión, se topa con la realidad de un insípido matrimonio que la
ahoga, y busca las sensaciones sobre las que ha leído en los
libros, a través de una serie de aventuras amorosas, que ella
desea ver como grandes pasiones, pero que no son en realidad más
interesantes que su vida matrimonial. Su esposo no sabe nada de
sus aventuras amorosas. Tampoco sabe que el derroche y los
caprichos de Emma le han llevado a la bancarrota.
Emma Bovary llegará al suicidio tras haber intentado en vano
aplacar sus anhelos en la entrega desenfrenada a los dos
adulterios que no hicieron sino acentuar su malestar e
incapacitarla para llevar las riendas de su vida. Charles queda
deshecho por la noticia. Encuentra las cartas de Emma y muere
poco después, dejando huérfana a la hija.
Madame
Bovary (fragmento)
" Emma,
que le daba el brazo, se apoyaba un poco sobre su hombro, y
miraba el disco del sol que irradiaba a lo lejos, en la bruma,
su palidez deslumbrante; pero volvió la cabeza: Carlos estaba
allí. Llevaba la gorra hundida hasta las cejas, y sus gruesos
labios temblequeaban, lo cual añadía a su cara algo de estúpido;
su espalda incluso, su espalda tranquila resultaba irritante a
la vista, y Emma veía aparecer sobre la levita toda la simpleza
del personaje. Mientras que ella lo contemplaba, gozando así en
su irritación de una especie de voluptuosidad depravada, León se
adelantó un paso. El frío que le palidecía parecía depositar
sobre su cara una languidez más suave; el cuello de la camisa,
un poco flojo, dejaba ver la piel; un pedazo de oreja asomaba
entre un mechón de cabellos y sus grandes ojos azules,
levantados hacia las nubes, le parecieron a Emma más límpidos y
más bellos que esos lagos de las montañas en los que se refleja
el cielo.
(...)
Tantas veces le había oído decir estas cosas, que no tenían
ninguna novedad para él. Emma se parecía a las amantes; y el
encanto de la novedad, cayendo poco a poco como un vestido,
dejaba al desnudo la eterna monotonía de la pasión que tiene
siempre las mismas formas y el mismo lenguaje. Aquel hombre con
tanta práctica no distinguía la diferencia de los sentimientos
bajo la igualdad de las expresiones. Porque labios libertinos o
venales le habían murmurado frases semejantes, no creía sino
débilmente en el candor de las mismas; había que rebajar,
pensaba él, los discursos exagerados que ocultan afectos
mediocres; como si la plenitud del alma no se desbordara a veces
por las metáforas más vacías, puesto que nadie puede jamás dar
la exacta medida de sus necesidades, ni de sus conceptos, ni de
sus dolores, y la palabra humana es como un caldero cascado en
el que tocamos melodías para hacer bailar a los osos, cuando
quisiéramos conmover a las estrellas. "
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