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Memorias de
Adriano
Marguerite Yourcenar 1903-1987
Primera edición: 1951
Titulo original: Mémoires d'Hadrien

Marguerite
Yourcenar siempre se distinguirá por convertirse, en 1980, en la
primera mujer elegida como miembro de la Académie Francaise.Y son,
en gran medida, obras como Memorias de Adriano las que han forjado
su fama. El libro está construido en forma de larga carta del
emperador moribundo a Marco Aurelio, que entonces era un adolescente
y que llegó a ser soberano de Roma, después del intervalo del
gobierno de su padre adoptivo Antonino Pío. El relato narra los
aspectos profesionales e históricos de las dos décadas de Adriano
como emperador, mientras extrae de su experiencia del mundo lo que
puede transmitir al joven respecto al juicio y conocimiento que ha
logrado. Sus reflexiones sobre los fundamentos de la vida (los
misterios del amor, las exigencias del cuerpo, la cuestión del
destino humano) compartidos por todos nosotros, hacen que esta
novela sea mucho más accesible para un lector contemporáneo de lo
que podría esperarse de las ideas de un titán del siglo II.
El éxito de
Yourcenar es lo exhaustivo de su investigación; es fácil olvidar que
se trata de una novela escrita con un estilo filosófico y que su
tono es el de un hombre de acción que examina y evalúa su
existencia. Memorias de Adriano se ha ganado, por igual, la
admiración de los estudiosos de la antigüedad clásica y de los
arbitros del arte literario y aseguró la fama internacional de la
autora.
Memorias de
Adriano - Fragmento
En cuanto a
la observación de mí mismo, me obligo a ella aunque sólo sea
para llegar a un acuerdo con ese individuo con quien me veré
forzado a vivir hasta el fin, pero una familiaridad de casi
sesenta años guarda todavía muchas posibilidades de error. En lo
más profundo, mi autoconocimiento es oscuro, interior,
informulado, secreto como una complicidad. En lo más impersonal,
es tan glacial como las teorías que puedo elaborar sobre los
números: empleo mi inteligencia para ver de lejos y desde lo
alto mi propia vida, que se convierte así en la vida de otro.
Pero estos dos medios de conocimiento son difíciles; el uno
exige un descenso, y el otro una salida de uno mismo. Llevado
por la inercia, tiendo como todos a reemplazarlos por una mera
rutina, una idea de mi vida parcialmente modificada por la
imagen que de ella se hace el público, por juicios en bloque, es
decir falsos, como un patrón ya preparado al cual un sastre
inepto adapta penosamente nuestra tela propia. Equipo de valor
desigual; instrumentos más o menos embotados. Pero no tengo
otros, y con ellos me fabrico lo mejor que puedo una idea de mi
destino de hombre.
Cuando
considero mi vida, me espanta encontrarla informe. La existencia
de los héroes, según nos la cuentan, es simple; como una flecha,
va en línea recta a su fin. Y la mayoría de los hombres gusta
resumir su vida en una fórmula, a veces jactanciosa o
quejumbrosa, casi siempre recriminatoria; el recuerdo les
fabrica, complaciente, una existencia explicable y clara. Mi
vida tiene contornos menos definidos. Como suele suceder, lo que
no fui es quizá lo que más ajustadamente la define: buen soldado
pero en modo alguno hombre de guerra; aficionado al arte, pero
no ese artista que Nerón creyó ser al morir; capaz de cometer
crímenes, pero no abrumado por ellos. Pienso a veces que los
grandes hombres se caracterizan precisamente por su posición
extrema; su heroísmo está en mantenerse en ella toda la vida.
Son nuestros polos o nuestros antípodas. Yo ocupé sucesivamente
todas las posiciones extremas, pero no me mantuve en ellas; la
vida me hizo resbalar siempre. Y sin embargo no puedo jactarme,
como un agricultor o un mozo de cordel virtuosos, de una
existencia situada en el justo medio.
El paisaje
de mis días parece estar compuesto, como las regiones
montañosas, de materiales diversos amontonados sin orden alguno.
Veo allí mi naturaleza, ya compleja, formada por partes iguales
de instinto y de cultura. Aquí y allá afloran los granitos de lo
inevitable: por doquier, los desmoronamientos del azar. Trato de
recorrer nuevamente mi vida en busca de su plan, seguir una vena
de plomo o de oro, o el fluir de un río subterráneo, pero este
plan ficticio no es más que una ilusión óptica del recuerdo. De
tiempo en tiempo, en un encuentro, un presagio, una serie
definida de sucesos, me parece reconocer una fatalidad; pero
demasiados caminos no llevan a ninguna parte, y demasiadas sumas
no se adicionan. En esta diversidad y este desorden, percibo la
presencia de una persona, pero su forma está casi siempre
configurada por la presión de las circunstancias; sus rasgos se
confunden como una imagen reflejada en el agua. No soy de los
que afirman que sus acciones no se les parecen. Muy al
contrario, pues ellas son mi única medida, el único medio de
grabarme en la memoria de los hombres y aun en la mía propia;
quizá sea la imposibilidad de seguir expresándose y
modificándose por la acción lo que constituye la diferencia
entre un muerto y un ser viviente. Pero entre yo y los actos que
me constituyen existe un hiato indefinible. La prueba está en
que sin cesar siento la necesidad de pensarlos, explicarlos,
justificarlos ante mí mismo. Ciertos trabajos que duraron poco
son despreciables, pero otras ocupaciones que abarcaron toda mi
vida no me parecen más significativas. En el momento de escribir
esto, por ejemplo, no me parece esencial haber sido emperador.
De todas
maneras, tres cuartos de mi vida escapan a esta definición por
los actos; la masa de mis veleidades, mis deseos, hasta de mis
proyectos, sigue siendo tan nebulosa y huidiza como un fantasma.
El resto, la parte palpable, más o menos autentificada por los
hechos, apenas si es más distinta, y la sucesión de los
acaecimientos se presenta tan confusa como la de los sueños.
Poseo mi cronología propia, imposible de acordar con la que se
basa en la fundación de Roma o la era de las olimpiadas. Quince
años en el ejército duraron menos que una mañana de Atenas; sé
de gentes a quienes he frecuentado toda mi vida y que no
reconoceré en los infiernos. También los planos del espacio se
superponen: Egipto y el valle de Tempe se hallan muy próximos, y
no siempre estoy en Tíbur cuando estoy ahí. De pronto mi vida me
parece trivial, no sólo indigna de ser escrita, sino aun de ser
contemplada con cierto detalle, y tan poco importante, hasta
para mis propios ojos, como la del primero que pasa. De pronto
me parece única, y por eso mismo sin valor, inútil —por
irreductible a la experiencia del común de los hombres. Nada me
explica: mis vicios y mis virtudes no bastan; mi felicidad vale
algo más, pero a intervalos, sin continuidad, y sobre todo sin
causa aceptable. Pero el espíritu humano siente repugnancia a
aceptarse de las manos del azar, a no ser más que el producto
pasajero de posibilidades que no están presididas por ningún
dios, y sobre todo por él mismo. Una parte de cada vida, y aun
de cada vida insignificante, transcurre en buscar las razones de
ser, los puntos de partida, las fuentes. Mi impotencia para
descubrirlos me llevó a veces a las explicaciones mágicas, a
buscar en los delirios de lo oculto lo que el sentido común no
alcanzaba a darme. Cuando los cálculos complicados resultan
falsos, cuando los mismos filósofos no tienen ya nada que
decirnos, es excusable volverse hacia el parloteo fortuito de
las aves, o hacia el lejano contrapeso de los astros.

Marguerite de
Crayencour nació en Bruselas en 1903. Su madre murió a los 10 días
de su nacimiento por complicaciones en el parto. Fue llevada muy
pronto a Francia por el padre, natural de Lille, que, tras
impartirle una educación bastante esmerada -leía a Racine y a
Aristófanes a la edad de ocho años y su padre le enseñó latín a los
10 y griego clásico a los 12- la llevó siempre con él, en el curso
de su cosmopolita existencia, comunicándole su amor por los viajes.
Cursó estudios universitarios, especializándose en cultura clásica,
y empezó a publicar diez años antes del comienzo de la Segunda
Guerra Mundial, aunque con escaso éxito. A partir de 1919, abandona
su nombre de pila y empieza a firmar como Marguerite Yourcenar, un
anagrama de su apellido.
En 1939 la
guerra la sorprendió en los Estados Unidos y allí fijó su
residencia, en Maine, dedicándose en un principio a la enseñanza y
adquiriendo la nacionalidad norteamericana en 1948. Llevó a cabo
también en este período una serie de traducciones de textos de
diversa naturaleza: obras de Virginia Wolf, Henry James y K. Kavafis
y una antología de poesía griega antigua.
Su fama como novelista la debe a dos grandes novelas históricas que
han tenido gran resonancia: Memorias de Adriano, reconstrucción
histórica realizada con gran celo documental de la vida del más
ilustrado de los emperadores romanos. Escrita a modo de carta
dirigida como testamento espiritual a su sucesor designado, es una
meditación del hombre sobre sí mismo, e ilustra el único remedio
posible a la angustia de la muerte: la voluntad de vivir
conscientemente, asumiendo el deber principal del hombre que es el
perfeccionamiento interior. La otra fue Opus nigrum, obra fruto de
cuidadosas investigaciones, que gira en torno a la figura del médico
alquimista y filósofo Zenón, intelectual enfrentado a los problemas
del conocimiento.
Fue la primera mujer en ser elegida miembro de la Academia Francesa
en 1980. Falleció en 1987 en Mount Desert Island en el estado de
Maine.
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