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Retrato del
artista adolescente
James Joyce 1882-1941
Primera edición: 1916
Título original: Portrait of the Artist as a Young Man
Publicada
inicialmente por entregas entre 1914 y 1915, Retrato del artista
adolescente es la historia de un muchacho llamado Stephen Dedalus,
el alter ego de Joyce. El nombre del personaje hace clara referencia
a Dédalo, el arquitecto y artesano de la mitología griega. El
narrador es Stephen, y hay cincos episodios que narran partes de su
vida. Está en forma de stream of consciousness, en la que el
narrador habla de sus pensamientos al azar, retratando las luchas de
un joven sensible en contra de las convenciones de la sociedad
burguesa. Stephen Dedalus es un niño al que le gusta escuchar los
cuentos de su padre, Simón Dedalus, disfruta de su aun corta vida y
desconoce mucha de las cosas que esta ávido por saber. Como era de
esperar, llego el momento de ir a la escuela y asiste a Clongowens
Wood un colegio jesuita para jóvenes de familias adineradas.
Su radical
cambio consistía en seguir todas las reglas a las que debía ceñirse
todo buen cristiano según la Biblia y su pago por los pecados
cometidos era privar a sus sentidos y a su cuerpo de los placeres
fundamentales pues le martirizaba el saber que nunca iba a poder
librarse del todo de los pecados que cometía. Stephen descubre la
infelicidad que conseguía al llevar esa vida llena de religiosidad
que termina por parecerle absurdo y se aleja de la religión. Pasado
el tiempo nos sitúa en su vida universitaria. El stephen
universitario es una persona mucho más instruida que comienza a
definir sus dotes literarias. En esta etapa, es considerado un
alumno “revolucionario” como le diría McCann, compañero de estudios
con quien no compartía opiniones. En este proceso, enamorado y no
correspondido, el protagonista decide escribir y culmina por
desarrollar sus facultades de escritor que al principio le
avergüenza mostrar, pero continúa con su literatura escribiendo en
su diario.
En el Retrato,
que sigue siendo una obra de una invención y una riqueza imaginativa
asombrosas, Joyce empezó a pulir su revolucionaria técnica del
«flujo de conciencia». Es aquí donde realmente quedan fijados los
rasgos característicos de la escritura de Joyce: su exuberante humor
sexual, la fantasía blasfema, el juego de palabras erudito, la
erradicación y la revelación simultánea de la personalidad del
autor, y la relación infinitamente compleja y contradictoria con
Irlanda y con todo lo irlandés. Joyce redefine en el Retrato su
propia personalidad y también los parámetros de la escritura
moderna. Retrato del artista adolescente es la novela que situó a
Joyce como uno de los talentos literarios más innovadores del siglo
XX.
Retrato del
artista adolescente - Fragmento
A menudo se
había visto a sí mismo en figura de sacerdote, provisto de aquel
tremendo poder ante el cual ángeles y santos se inclinan
reverentes. Su alma había cultivado secretamente aquel deseo. Se
había visto a sí mismo, sacerdote joven y de maneras
silenciosas, entrar rápidamente en el confesionario, subir las
gradas del altar, incensando, haciendo genuflexiones, ejecutando
todos aquellos vagos actos sacerdotales que le agradaban por su
parecido con la realidad y por lo apartados que al mismo tiempo
estaban de la realidad misma. En aquella borrosa vida que él
había vivido, en sus fantasías, se había arrogado las voces y
los gestos observados en algunos sacerdotes. Se había visto
doblar la rodilla de lado como hacía aquél, mover muy tenuemente
el incensario como tal otro, volverse de nuevo cara al altar
después de dar la bendición al pueblo, con la casulla
entreabierta y flotante, como había observado en el de más allá.
Pero, sobre todo, lo que le agradaba era el desempeñar un papel
secundario en estas escenas entrevistas en su imaginación. Se
sustraía de la dignidad de celebrante, pues le desagradaba el
pensar que toda aquella misteriosa pompa pudiera convergir hacia
su propia persona o que el ritual le hubiese de asegurar un
oficio tan claro y tan definido.
Anhelaba en
cambio los oficios de los ordenados de menores, el estar vestido
en la misa mayor con la túnica de subdiácono, apartado del
altar, olvidado por la gente, con los hombros cubiertos por el
velo humeral y sosteniendo la patena entre sus pliegues, o bien,
acabado el sacrificio, estar actuando de diácono, de pie sobre
la grada siguiente a la del celebrante, con las manos juntas y
el rostro dirigido hacia el pueblo, entonando el Ite, missa est.
Si alguna vez se había visto de celebrante, había sido, como en
los dibujos de su libro de misa de cuando niño, en una iglesia
sin más fieles que el ángel del sacrificio, oficiando ante un
altar desnudo, y ayudado por un acólito apenas un poco más niño
que él mismo. Sólo en vagos ensueños sacerdotales parecía que su
voluntad quería salir al encuentro de la realidad. Y la ausencia
de un rito determinado era lo que había hecho que su alma se
hubiera conservado en la inacción, lo mismo cuando había dejado
que el silencio cubriera sus movimientos de cólera o de orgullo
que cuando se había limitado a recibir un beso que hubiera
querido dar.
Y ahora
escuchaba reverentemente y en silencio el llamamiento del
director, a través de cuyas palabras oía, cada vez más
distintamente, una voz que le estaba invitando a aproximarse,
ofreciéndole una ciencia misteriosa, un misterioso poder.
Entonces podría saber cuál fue el pecado de Simón Mago, y cuál
era el pecado contra el Espíritu Santo para el cual no hay
perdón. Sabría cosas obscuras, ocultas para otros, para todos
los concebidos y nacidos como hijos de ira. Conocería los
pecados de los otros, los pensamientos y actos pecaminosos que
le serían murmurados en sus oídos, en el confesionario, bajo el
cobijo vergonzoso de una capilla sombría, por labios de mujeres
y de muchachas. Pero, inmunizado misteriosamente en la
ordenación por la imposición de manos, su alma volvería
incontaminada a la paz blanca del altar. Ni huella de pecado
quedaría en las manos con que había de alzar y partir la hostia,
ni huella de pecado quedaría en sus labios en oración, ni huella
de pecado que le pudiera hacer comer y beber su propia condena y
negar el cuerpo del Señor. Y conservaría su misterioso poder y
su ciencia misteriosa, puro como un pequeñuelo, y sería
sacerdote para siempre según la orden de Melquisedec.
- Ofreceré
la misa de mañana para que el Omnipotente te revele su santa
voluntad. Haz, tú, una novena a tu santo patrón, el protomártir,
que tiene gran poder para con Dios, a fin de que Dios ilumine tu
mente. Pero tienes que estar bien seguro de que sientes vocación
porque sería después terrible, si encontraras que te habías
equivocado. Una vez sacerdote, sacerdote para siempre, acuérdate
bien. El catecismo te dice que el sacramento de las Sagradas
Ordenes sólo puede ser recibido una vez porque imprime en el
alma una huella indeleble, que nunca puede ser borrada. Por eso
lo tienes que pensar bien primero, no después. Es ésta una
cuestión solemne, Stephen; como que de ella depende la salvación
de tu alma inmortal. Pero los dos rogaremos a Dios para que te
ilumine.
Tenía
abierta la puerta del vestíbulo y le daba la mano como si se
tratase ya de un compañero de vida espiritual. Stephen salió al
amplio rellano que conducía a la escalinata y sintió la caricia
del tibio aire del anochecer. En dirección a la iglesia de
Findlater marchaban a grandes zancadas cuatro mozalbetes,
cogidos del brazo, llevando con la cabeza el compás de la ágil
melodía que el que hacía de jefe tocaba al acordeón. La música
pasó en un instante, como siempre ocurre con los primeros
compases de una música repentina, pasó sobre las fantásticas
construcciones de su imaginación, disolviéndolas sin dolor y sin
ruido, como una ola inesperada disuelve en la playa los
castillos de arena de los niños. Stephen sonrió al escuchar la
musiquilla y levantó los ojos hacia el rostro del sacerdote; y
viendo en ellos un reflejo triste del día muerto, libertó
despacio la mano que ya había consentido débilmente en la
alianza.
Al bajar los
escalones, la impresión que acabó de borrar el turbado
recogimiento de su mente fue la de que una máscara triste estaba
reflejando el día ido, desde el umbral del colegio. Y entonces
la sombra de la vida en el colegio pasó gravemente por su
cerebro. Lo que le esperaba allí era una vida grave, ordenada e
impasible, una vida sin cuidados materiales. Se imaginaba cómo
pasaría la primera noche en el noviciado y con qué decaimiento
se había de levantar la primera mañana en el dormitorio. Volvió
a sentir el extraño olor de los largos tránsitos de Clongowes y
a oír el discreto murmullo de los mecheros de gas. De pronto,
una difusa intranquilidad comenzó a propagarse por todos sus
miembros. Siguió a esto un latir febril de sus arterias y un
zumbido de palabras incoherentes llevó de acá para allá la línea
constructiva de sus pensamientos. Los pulmones se le dilataban y
se le contraían como si estuviera respirando un aire tibio,
húmedo y enrarecido y volvió a sentir otra vez el olor del aire
tibio y húmedo que dormía en Clongowes sobre el agua muerta y
rojiza del baño.
Con estos
recuerdos, se le despertó un instinto más fuerte que la
educación y la piedad, un instinto que se vivificaba en su
interior ante la proximidad de aquella existencia, un instinto
agudo y hostil que le prohibía dar su consentimiento. La
frialdad y el orden de aquella existencia le repelían. Se veía a
la hora de levantarse en el frío del alba, y bajar luego en fila
con los otros para asistir a la misa primera y cómo procuraría
en vano adormecer por medio de oraciones la debilidad y el
malestar de su estómago. Se vio en la comida sentado con los
otros de la comunidad. ¿Qué se había hecho, entonces, de aquella
esquivez que le hacía aborrecer la comida y la bebida bajo un
techo extraño? ¿Qué había sido del orgullo de su espíritu que le
había hecho siempre imaginarse a sí propio como un ser aparte en
todos los órdenes de la vida?

James Joyce
nació en Dublín el 2 de febrero de 1882 en en el seno de una familia
de arraigada tradición católica. Hijo de un funcionario acosado por
la pobreza, estudió con los jesuitas, y en la Universidad de Dublin,
en la que comenzó a aprender varias lenguas y a interesarse por la
gramática comparada. Su formación jesuítica, que siempre reivindicó,
le inculcó un espíritu riguroso y metódico que se refleja incluso en
sus composiciones literarias más innovadoras y experimentales.
Manifestó cierto rechazo por la búsqueda nacionalista de los
orígenes de la identidad irlandesa, y su voluntad de preservar su
propia experiencia lingüística, que guiaría todo su trabajo
literario, le condujo a reivindicar su lengua materna, el inglés, en
detrimento de una lengua gaélica que estimaba readoptada y promovida
artificialmente.
En 1902 se
instaló en París, con la intención de estudiar literatura, pero en
1903 regresó a Irlanda, donde se dedicó a la enseñanza. En 1904
abandonó Dublín con Nora Barnacle, una camarera con la que acabaría
casándose. Vivieron con sus dos hijos en Trieste, París y Zürich con
los escasos recursos proporcionados por su trabajo como profesor
particular de inglés y con los préstamos de algunos conocidos. En
1907 Joyce sufrió su primer ataque de iritis, grave enfermedad de
los ojos que casi le llevó a la ceguera. Su consagración literaria
completa le llegó con la publicación en 1922 de su obra maestra,
Ulises. Tras vivir veinte años en París, cuando los alemanes
invadieron Francia al principio de la II Guerra Mundial, Joyce se
trasladó a Zürich, donde murió el 13 de enero de 1941.
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