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Eloísa está
debajo de un almendro
1940
Enrique Jardiel Poncela 1901-1952
Eloísa está
debajo de un almendro se estrenó en 1940 y alcanzó 230
representaciones. Cuando Enrique Jardiel Poncela escribió esta
comedia había madurado plenamente su nueva manera de entender el
género cómico que iniciara en 1927 con Una noche de primavera sin
sueño. En ese momento en que el autor ha encontrado una especie de
difícil equilibrio, de original compatibilidad entre lo increíble y
lo verosímil entre lo absurdo y lo lógico. La idea de Eloísa le nace
al pensar en la posibilidad paradójica de que una mujer pueda
enamorarse de. un asesino precisamente por sospechar o saber que es
un criminal. El proceso de lo que Jardiel llamaba "célula inicial" o
"corpúsculo originario" de la pieza, de las "ideas consecuentes" y
las "subídeas", de las "consecuentes generales" y las "subconsecuentes",
está minuciosamente explicado por el comediógrafo al hablar de las
circunstancias en que imaginó la obra.
Lo interesante
es comprobar qué dimensión alcanzan los medios expresivos del
lenguaje, los personajes, el tema, la trama y la técnica. Jardiel
presenta a los cuatro protagonistas esenciales: galán, dama, galán
cómico, dama cómica,en la última fila de un cine de barrio, pero en
compañía de otros dieciséis personajes, todos accesorios, que no van
a intervenir más en el resto de la acción. En ese prólogo del cine,
que vale por toda una obra, Jardiel hace alarde de observación
costumbrista, como en una nueva revitalización del paso, del
entremés, del saínete, pero con efectos, recursos y hallazgos
humorísticos que muy poco tienen que ver con el teatro cómico hasta
entonces en boga. Así, la réplica inesperada sobre la supuesta
gracia madrileña para el piropo; la hipérbole del que se ondula el
pelo tirándose de cabeza contra los cierres metálicos o la
referencia al redactor que llega al lugar del suceso tres minutos
antes de cometerse el crimen...
Eloísa está
debajo de un almendro - Fragmento
FERNANDO.—Siéntate,
Mariana. Es preciso que tengamos una explicación larga y
detallada. Pero comencemos por el principio. (Ella se
sienta al lado.)
MARIANA.—¿Y cuál es el principio?
FERNANDO.—Mi vida, antes de
conocerte.
MARIANA.—Entonces es un principio largo,
porque mi sensación íntima es la de conocerte desde siempre;
pero la realidad verdadera es que hace tres meses aún no te
conocía.
FERNANDO.—Yo te conocía desde mucho
antes...
MARIANA.—¿Tú?
FERNANDO.—(Acabando la frase.) ...
aunque no te había visto jamás.
MARIANA.—¿Eh?
FERNANDO.—Por eso el día que te vi
por vez primera creí no poder resistir la impresión. ¡Existías!
Existías en la Tierra: no eras una alucinación ni un sueño... Yo
llevaba mucho tiempo adorándote, y eso que no te suponía
existencia real; te adoraba como a una sombra y me preguntaba
mil veces cuál era tu misterio y tu secreto. Y he aquí que un
día cualquiera, del modo más simple, como ocurre siempre lo más
extraordinario, te encuentro y compruebo que existes de veras en
el mundo: que puedo adorarte en ti misma. ¡Y que puedo también
descifrar el secreto y el misterio que te envuelve! Cuando te
hablé la primera vez lo hice como un insensato... No sé lo que
te dije...
MARIANA.—(Sonriendo.) Yo tampoco...
FERNANDO.—Que hicieras, por Dios,
un esfuerzo para comprenderme. Que no me confundieses con un
galanteador vulgar.
MARIANA.—(Sonriendo.) Sí; algo así...
FERNANDO.—Debía de parecer un loco. No me
explico cómo no huiste de mí...
MARIANA.—(Acentuando su sonrisa.)
Precisamente por eso. (Poniéndose seria.)
Y porque en tu acento había sinceridad. Y
en tus ojos, una expresión que me subyugó ya para siempre...
FERNANDO.—En aquel momento todo
estaba más que justificado en mí. Además, soy igual que era mi
padre. Los dos, inclinados a la melancolía, apasionados,
románticos, amando una sola vez y para toda la vida. Los dos,
impresionables y con los nervios a flor de piel. Pero mi
carácter, reflejo del suyo, todavía está agravado por una niñez
sin risas. No conocí a mi madre, que murió al nacer yo. Me
eduqué interno en un Liceo de Bruselas, adonde de tarde en tarde
iba a verme el tío Ezequiel; mi padre, casi nunca. Allí hice el
bachillerato y empecé a estudiar Ciencias. Un día, cuando
acababa de cumplir los dieciocho años, el tío Ezequiel se me
presentó vestido de luto.
MARIANA.—Había muerto tu padre...
FERNANDO.—Se había suicidado.
MARIANA.— ¡Suicidado!
FERNANDO.—En circunstancias raras, a raíz
de una historia de amor confusa, de la que nunca he logrado
conocer bien los pormenores. Parece que ella se murió de repente
y que él se encontró sin fuerzas para sobrevivirla. No sé... El
hecho es que se dio un tiro una noche, después de escribir dos
cartas, una para mí, que yo no debía abrir hasta mi mayoría de
edad; otra para el tío Ezequiel, en la que le nombraba tutor, le
especificaba los detalles de mi herencia y le ordenaba que en
adelante viviese siempre conmigo.
(En este instante el armario del foro comienza a abrirse
lentamente como las otras veces. Mariana, que está sentada de
cara a Fernando y al armario, lo ve y se levanta dando un grito
terrible.)
MARIANA.—¡Aay!
(El armario se cierra inmediatamente.)
FERNANDO.—¿Qué
es eso? ¿Qué te pasa? (Se levanta también.)
MARIANA.—¡Aquel armario, Fernando! ¡Se ha
abierto solo! ¡Y acaba de cerrarse solo también!
FERNANDO.—¡Qué
tontería! No es posible... (Fernando va hacia el armario
y manipula en él.)
MARIANA.—¡Te
digo que sí! ¡Te digo que sí!
FERNANDO.—Está cerrado con llave, Mariana.
MARIANA.—¿Cerrado con llave?
FERNANDO.—(Tirando de las hojas del armario, que no ceden.)
Míralo...
MARIANA.—Y la llave, ¿dónde está?
FERNANDO.—La tiene Dimas, el
criado, como todas las llaves de la casa... Y no tengas cuidado
de que se deje nada abierto... (Ha vuelto
al lado de ella.) Vamos, tranquilízate. Si mis palabras
te impresionan no sigo...
MARIANA.—(Sentándose de nuevo.) No.
No... Sigue, sigue... Tienes aún mucho que explicarme...
FERNANDO.—(Sentándose también otra vez.)
Sí. Mucho... ¡Y lo esencial! Ezequiel se
instaló aquí conmigo, y desde entonces todas las melancolías de
mi carácter no hicieron sino aumentar. Debí salir, viajar,
divertirme, como corresponde a un hombre joven; pero dejé la
carrera, perdí el contacto con amigos y compañeros y salir de
aquí me significaba un esfuerzo invencible. Por otra parte, el
romanticismo, el idealismo excesivo, es como una dolencia que
conduce a la soledad. ¿No lo sientes tú así?
MARIANA.—Completamente. Porque se
cree y se espera tanto del amor, que, a fuerza de creer en él y
de esperar de él, falta decisión para personificarlo en nadie...
FERNANDO.—¡Justo!
MARIANA.— ... por miedo a que la
persona elegida esté demasiado por debajo de la soñada.
FERNANDO.—Exactamente. Ésa es una
de las razones que me aislaron y me sujetaron aquí durante diez
años. Pero vivir aislado en una casa es como hacer una larga
travesía en barco, que la mayor parte de las horas se consume en
visitarlo y en escudriñar sus más ocultos rincones. Así he
recorrido yo una y otra vez esta finca, mirándolo y
registrándolo todo... Y cierta noche, hace cinco años, en una de
las habitaciones de arriba, descubrí una alacena.
MARIANA.—¿Eh?
FERNANDO.—La registré y en ella encontré
la causa de mis obsesiones.
MARIANA.—Pues ¿qué encontraste?
FERNANDO.—Un vestido de mujer.

Enrique Jardiel
Poncela nació en Madrid el 15 de octubre de 1901. Hijo de Enrique
Jardiel Agustín, periodista, y Marcelina Poncela Hontoria, pintora.
En 1905 inicia sus estudios en la Institución Libre de Enseñanza que
continúa a partir de 1908 en el Liceo Francés de Madrid.
Acostumbraba a acompañar a su padre a la Tribuna de Prensa del
Congreso de los Diputados, donde presenció numerosos debates
políticos. En 1912 se traslada al Colegio de los Padres Escolapios
donde estudia el Bachillerato. En 1917 comenzó la carrera de
Filosofía y Letras Jardiel pero la abandonó para dedicarse al
periodismo y la literatura. En 1919 inicia sus primeras
colaboraciones -artículos y cuentos- en distintos periódicos. Ese
mismo año comienza a publicar en la revista Buen Humor, referencia
fundamental del nuevo humorismo literario español. A comienzos de la
década de los 20 hace amistad con Ramón Gómez de la Serna, quien
cambiará su forma de entender la literatura, convirtiéndose en su
principal influencia. Otros importantes nombres que comparten
publicación con Jardiel Poncela son Miguel Mihura, Tono y Edgar
Neville.
A partir de 1923
abandona el periodismo para dedicarse por entero a la literatura. En
1926 da inicio a una relación sentimental con una mujer separada
llamada Josefina Peñalver, con quien, sin casarse, tendrá a su hija
Evangelina, nacida dos años después del comienzo de la relación.
Poco tiempo más tarde la pareja se rompería. El 28 de mayo de 1927
se estrena su primera comedia en el teatro Lara de Madrid, Una noche
de primavera sin sueño, representativa de su forma de hacer teatro y
humor. En 1932 se traslada a Hollywood, contratado por la Fox, para
trabajar en las versiones españolas de sus películas permaneciendo
en Estados Unidos hasta marzo de 1933. A su regreso a España estrena
en Madrid Usted tiene ojos de mujer fatal e inicia una relación con
la actriz Carmen Sánchez Labajos, con quien tendría a su hija Mari
Luz. En julio viaja nuevamente a Hollywood, donde permanecerá hasta
marzo del año siguiente. En 1943 crea la Compañía de Comedias
Cómicas. El fracaso comercial de sus últimas producciones teatrales
le lleva a la ruina económica y la muerte de su padre en 1944, el
fracaso de la gira americana y un desengaño amoroso sufrido dejan
huella en el escritor; su salud se resienten paulatinamente.
Hubo en la
personalidad de Jardiel Poncela un gran defecto trágico, el tomarse
la crítica de sus obras muy seriamente. Sus amargas reacciones
contra una serie continua de críticos ásperos llegó a enloquecer a
Jardiel Poncela, muriendo en Madrid el 18 de febrero de 1952 a causa
de una neurastenia, aunque sus amigos indicaron que había sido una
pulmonía, tuberculosis, cáncer, el corazón o un suicidio. Los
médicos nunca supieron qué fue de qué sufría y el hecho de que
Jardiel odiara a los médicos posiblemente no le ayudó mucho. Sufría
de paranoia y de una gran rabia pública contra la crítica. Tuvo
múltiples amoríos secretos que terminaron atrozmente para él. Tenía
gran temor a la muerte y estaba obsesionado por su madre, cuya tumba
visitaba a menudo.
Infravalorado en su tiempo se mostró contrario
a la escena cómica previa y desarrolló con ingenio un teatro basado
en la lógica de lo inverosímil, con gusto por el absurdo, el
sarcasmo y la ironía, y la creación de situaciones y personajes
disparatados. Incomprendido y atacado por casi toda la crítica de su
tiempo, Jardiel conoce ahora, un creciente reconocimiento. Su
propósito era romper con las formas tradicionales de lo cómico,
atadas a lo real y a lo verosímil. Frente a ello, busca que en su
teatro fluya de continuo lo inverosímil: `en el patio de butacas
-decía- la vida cotidiana con su aburrimiento, en la escena, la
fantasía renovada. Por ese camino logró superar el naturalismo
estrecho del teatro español y su casticismo, liberó el lenguaje,
casi siempre ligado a actores tipificados, y aportó a la escena un
humor, de raíz intelectual, que sirve de conductor al absurdo
lógico.
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